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¿Quién maneja mejor el poder?

Los electores otorgan al hombre mayor capacidad de mando y reservan a la mujer el reconocimiento de una mejor administración de la economía. Sin embargo, los científicos y expertos en campañas electorales confiesan que las diferencias en el manejo del poder en función del género son muy escasas. Aun así, los puestos de responsabilidad siguen respondiendo al arquetipo tradicionalmente masculino

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Tiempo de lectura 8 min.

02 de diciembre de 2018. 08:48h

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Marian Benito.  2/12/2018

No es necesario poseer el cromosoma Y ni bombear testosterona para ganar. Eso dictaminan científicos de la Universidad de Amberes (Bélgica) que acaban de descubrir que las mujeres que acceden al poder presentan los mismos rasgos en su personalidad que sus homólogos masculinos. En Andalucía, que afronta hoy elecciones autonómicas, Susana Díaz y Teresa Rodríguez compartirían más cualidades con Juan Manuel Moreno o Juan Marín que con otras mujeres que ocupan puestos inferiores. Igual ocurriría con Theresa May y Angela Merkel con respecto a Emmanuel Macron o Vladímir Putin, por ejemplo. Si pudiésemos escanear sus cerebros mientras ejercen su mandato, veríamos que los procesos mentales de ellas y ellos discurren de forma similar y que usan los mismos circuitos para la lucha, la autoridad, la fortaleza o el riesgo social. Son atributos que hacen a las mujeres líderes sentirse tan motivadas como ellos para ascender en la escala política.

La investigación, liderada por el profesor Bart Wille, comparó los rasgos de personalidad de dirigentes masculinos y femeninos y lo que halló fue que la maquinaria mental para competir por el poder está programada casi igual. Esto, y no su condición sexual, es precisamente lo que separa a los líderes de los no líderes. Tomando una muestra de 577 directivos europeos y 52.139 empleados sin cargo, a los que se sometió a un cuestionario de actitudes profesionales, los investigadores encontraron que los ejecutivos, tanto varones como mujeres, tienden a demostrar una personalidad líder arquetípica centrada en la asertividad, el pensamiento estratégico de alto nivel, el control emocional o la capacidad de decisión. En cambio, en los empleados sin puesto de responsabilidad, sí hubo diferencias. Ellas se mostraron más amables, cooperativas y emocionalmente algo más inestables que sus congéneres masculinos.

Llama la atención que esos rasgos que comparten mujeres y hombres con puestos de responsabilidad responden al arquetipo tradicionalmente masculino y a sus leyes tácitas. El estudio no esclarece si estas personalidades estaban ya presentes antes del ascenso o si el tiempo que llevan en el poder ha trastocado su carácter. Lo que sí sugieren sus autores es que podríamos estar ante una nueva realidad biológica del liderazgo femenino y en LA RAZÓN hemos querido cotejar esta evidencia con diferentes asesores y profesionales de la política.

Antonio Sola, consultor de estrategia política, con casi 500 campañas electorales en su haber, comparte los resultados de esta investigación. «Todo líder, hombre o mujer, reúne, con más o menos fuerza, cuatro elementos: ideas, valores, determinación y energía. Un líder no solo tiene voluntad de querer ser alguien, sino que se empeña en demostrar. Y aquí entra el juego el carácter. Olvidémonos de la soberbia de Trump o la exigencia de May. Ambos tienen en común un claro carácter que les permite ser fuertes y les hace ganadores», sostiene. Después de trabajar codo con codo con políticas como Hillary Clinton, con quien ha compartido mesa y reuniones en numerosas ocasiones, afirma que la mujer es un extraordinario animal político. «Es clara en la consecución de sus objetivos, tiene mayor capacidad de asumir responsabilidades y es más consciente de cómo va a lograr sus metas, cumpliendo un patrón que siempre habíamos considerado masculino. Sus diferencias en el manejo del poder con respecto al hombre son muy escasas».

¿Falta de dureza?

Pero una cosa es la realidad y otra la percepción ciudadana. Aquí sí observa Sola una gran disonancia: «En general, los electores siguen otorgando al hombre mayor capacidad de mando y depositan en él el ejercicio de la seguridad pública, mientras que reservan a la mujer el reconocimiento de una mejor administración de la economía. Esto explica por qué en un país conflictivo como Colombia la candidata Piedad Córdoba quedó tan lejos en las últimas elecciones». Son reflexiones que reafirma Gaspard Estrada, director del Observatorio Político de América Latina y el Caribe (OPALC), quien asegura: «Las conclusiones de Amberes deberían ayudar a erradicar ese machismo que impera cuando una mujer llega a un cargo y también a frenar esta involución que vive la política, no solo en cuanto a personas electas, sino también en las candidaturas. En América Latina es más que evidente. No hay mujeres que hayan tomado el testigo de Laura Chinchilla, en Costa Rica; Michelle Bachelet, en Chile; Cristina Fernández de Kirchner, en Argentina; o Dilma Rousseff, en Brasil». Todas ellas despertaron, según observó Estrada, el entusiasmo de la mujer por llegar a las presidencias. Niñas y adolescentes expresaban su deseo de gobernar sus respectivos países, confiando en su capacidad y en esos rasgos de personalidad que confluyen en todo líder más allá de su condición sexual. Tanto Sola como Estrada tienen claro que en liderazgo no se debe hablar de género, sino de capacidades que tienen que ver más con la individualidad. Los resultados de la Universidad de Amberes tumbarían esos estereotipos que pretenden hacer creer que la mujer está menos preparada para dirigir, que le falta dureza para desenvolverse en un ambiente altamente exigente, que es menos dominante y competitiva, que ejerce menos influencia o que emocionalmente es más inestable. Sin embargo, son creencias que aún se constatan en algunas culturas, colectivos y franjas de edad.

También lo entiende así Isaac Hernández Álvarez, consultor de comunicación y marketing político. Su idea es que son ciertos atributos, capacidades, aptitudes y experiencia lo que se impone en alguien que aspira al éxito por encima de cualquier sesgo de género. «El líder es líder y es una condición que no entiende de sexo. Las últimas décadas han abierto un justo y nuevo paradigma donde la mujer ha podido acceder al poder, ha derribado la puerta. Angela Merkel y Theresa May tienen en común con otros responsables de la vida pública unos rasgos, que, a mi modo de ver, se han perdido en muchas facetas de la vida ciudadana: constancia, capacidad de adaptación y poder de seducción».

El éxito en política es, para él, una cuestión de carácter y el gran desafío de los políticos de este siglo es emocionar y persuadir al ciudadano, medir bien y explotar aquellos recursos en los que destaca y eliminar, o al menos minimizar, todo aquello que no suma. De cómo hacerlo da abundantes pautas en su último libro «Ganadores». Más allá del género, él habla de esa singularidad que le ayuda a auparse al poder. «Si hablamos de carisma, quizás no lo veamos en muchas dirigentes o gobernantas, pero no nos equivoquemos, puede presentarse en forma de ideas, perseverancia y habilidad para adaptarse a cualquier circunstancia. Ellas son más astutas y tienen en la capacidad de persuasión una de sus grandes virtudes». Como ejemplo, aquella frase de Michelle Obama en uno de los últimos discursos de la campaña electoral de Hillary Clinton: «Es cruel. Es aterrador. Y la verdad es que me duele. Nos duele». No ganaron las elecciones, pero el impacto de estas palabras fue extraordinario. Como concluyen Wille y su equipo en su trabajo, si se cumpliese la hipótesis de que esos patrones similares al hombre son cultivados y no innatos, tal vez una adecuada formación aumentaría el número de mujeres que acceden al poder con firmeza, pero sin perder sus destrezas más humanas. Antes, según indica el profesor de Amberes, sería necesario un cambio cultural que pusiese fin a tanto prejuicio.

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