Internacional

Sin memoria de la injusticia no hay justicia

Los nazis contaron con juristas de primera para que todo, hasta el exterminio del pueblo judío, fuera legal. Un decreto promulgado el día 10 de marzo de 1943 ordenaba que todos los judíos «deberían ser privados de su ciudadanía antes del día de la deportación». El judío, mediante un decreto, era desposeído de todos sus derechos, expulsado de la ley y expuesto, por tanto, al libre arbitrio del poder. Esta situación de abandono (que rima con bando y bandido) era conocida en la antigüedad bajo la figura del homo sacer que no hay que traducir por «sacerdote», sino por hombre apartado de los demás y, por tanto, segregado o marginado. Era alguien a quien cualquiera podía matar sin que eso fuera un crimen.

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Mediante esta decisión jurídica el judío era prácticamente animalizado. A partir de ese momento el trato que se le daba era el propio de una bestia. El transporte desde su ciudad al campo de destino era en vagones de animales y al llegar al campo se le hacía saber que «hier ist kein Warum» (aquí no hay que pedir razones). Y mejor que entendiera el alemán porque el único traductor del campo era el látigo.

Entre esos dos momentos –el mortal trasporte en vagones de ganado y la experiencia de que se les trataba como expulsados de la condición humana– mediaba el momento de entrada en el campo. Si el destino era Auschwitz les recibía un gran portón con la leyenda «El trabajo hace libre»; el de Buchenwald, sin embargo, rezaba «A cada cual lo suyo». Dos saludos que inducían al error porque eran lemas antiguos, cargados de significaciones nobles, pero que ahora eran instrumentalizados sarcásticamente para significar su fatal destino. La liberación a través del trabajo formaba y forma parte de la cultura alemana.

Inhumanidad a nivel industrial

Pero no era la libertad lo que les esperaba, sino un universo concentracionario convertido en producción industrial de muerte. El trabajo de los deportados no estaba destinado a la libertad, sólo al mantenimiento de una gigantesca maquinaria que no producía bienes ni servicios sino inhumanidad en cantidades industriales. El letrero de Buchenwald, el campo cercano Weimar, la ilustre ciudad de Goethe, traducida el dictum latino «suum cuique» que ha animado secularmente la reflexión sobre la justicia. Sobre la justicia, sin embargo, los nazis tenían ideas muy personales. Lo consideraban un concepto maldito –junto a otros como humanidad o culpa– que Hitler en su libro «Mein kampf» ponía entre comillas o corchetes porque había que vigilarlas por peligrosas. No había mejor manera de atacar a la justicia que no dejando rastro del asesinato, por eso el campo de Buchenwald estaba presidido, como recuerda Jorge Semprún, por una enorme chimenea que convertía el crimen en humo.

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El diseño nazi de los campos de exterminio obedecía a un proyecto de olvido: nada físico debía de quedar del pueblo judío para que nadie tuviera la tentación de especular sobre su dimensión metafísica. Por eso la memoria es un gesto profundamente reivindicativo. La memoria de la injusticia cometida es la prueba de que Hitler no ha triunfado. Es también una forma de ley porque sin memoria de la injusticia no hay justicia que valga. Por eso Primo Levi tenía tanto interés en ir por los colegios para dar testimonio del infierno que vivió: quería que sus oyentes «cogieran el testigo» cuando ellos, los supervivientes, hubieran desaparecido. Sólo así, recordando lo ocurrido, seguiría vigente la demanda de justicia porque sin memoria es como si aquello nunca hubiera tenido lugar, como si ellos nunca hubieran sufrido, ni existido.

Recordando en estas fechas el Holocausto del pueblo judío por el nacionalsocialismo hacemos un acto de justicia al reconocer que se cometió una injusticia que sigue pendiente porque no ha sido saldada, porque no puede ser reparada. También nos hacemos un gran servicio a nosotros mismos: al recordar lo que el ser humano hizo, nos damos cuenta del mal que podemos hacer. Somos capaces de hacer lo que ni siquiera somos capaces de pensar o de imaginar. Lo que ocurrió en Auschwitz, Sobibor, Belzec o Treblinca no constaba ni en las más extremas pesadilla de la humanidad, pero tuvo lugar. Recordarlo es la manera más eficaz de tomar medidas para evitar su repetición. Esta idea de que la memoria de la barbarie es la condición para evitar su repetición, no se la han inventado los filósofos o los historiadores, sino que es el legado o mandato de los supervivientes. Cuando por estas fechas se abrieron de nuevos los portones de los campos para que salieran los pocos sobrevivientes que quedaban, lo primero que dijeron fue esto: «Escuchad lo que ocurrió para que lo guardéis en la memoria y así no tengáis que pasar por éstas». Puede parecer excesivo cargar sobre la frágil memoria tanta responsabilidad. Muchos de hecho piensan, creyendo tener buenas razones, que la memoria es, además de impotente, peligrosa. Creo que una forma de honrar a las víctimas de la barbarie es haciéndoles caso, esto es, confiando en el poder de la memoria.

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* Profesor de investigación del CSIC y autor de «Memoria de Auschwitz»