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El futuro político de Trump, en manos de su ex abogado

El mandatario desmiente la acusación de Michael Cohen de que compró el silencio de dos mujeres con las que tuvo relaciones sexuales, lo que supondría un delito federal

  • Donald Trump, ayer el Charleston/Foto: Ap
    Donald Trump, ayer el Charleston/Foto: Ap

Tiempo de lectura 4 min.

23 de agosto de 2018. 04:58h

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Julio Valdeón 22/8/2018

El martes no fue un día cualquiera en Washington. Ni siquiera en la Casa Blanca de Trump. Primero fue Michael Cohen, ex abogado del presidente y consejero muy cercano, el que reconocía ante el juez que había pagado a dos mujeres para evitar que hicieran públicos sus respectivos romances con el entonces candidato a la Presidencia. Cohen también se declaró culpable de haber cometido varios delitos de fraude bancario y fiscal relacionados con la campaña electoral de 2016. El letrado se arriesga a una condena de hasta 65 años de cárcel. Instantes después, el que fuera jefe de esa misma campaña, Paul Manafort, era declarado culpable de ocho delitos de fraude fiscal por un jurado.

A resultas de los dos seísmos parece inevitable preguntarse si estamos ante el enésimo y a la postre inofensivo escándalo de una peripecia política adicta al sobresalto o los nuevos sucesos podrían colocar al presidente al borde del «impeachment» (proceso de destitución). Respecto a éste, a la posible destitución del presidente, cabe recordar que Trump debe incurrir en traición, soborno y/u otros delitos federales, y que los pagos a actrices porno podrían encajar perfectamente, así como el intento de influir en el resultado de las elecciones y el fraude electoral.

Pero para que saliera adelante es necesaria una mayoría simple en la Cámara de Representantes y dos tercios de los votos Senado. De ahí que resulten clave las elecciones legislativas del próximo mes de noviembre, que podrían alterar los equilibrios de las cámaras y hasta otorgar una mayoría a los demócratas. Aunque difícilmente alcanzaría los votos suficientes, cabe también la posibilidad de que una parte de la bancada republicana resuelva que el «impeachment» es la mejor terapia y apueste por sustituir a Trump por el vicepresidente, Mike Pence. Una vez fuera del escenario y con el vicepresidente en el Despacho Oval, habría que aguardar a la próxima convocatoria de elecciones en 2020.

El otro escenario es el de la activar la XXV Enmienda, que permite que el vicepresidente asuma el poder siempre que él y una mayoría de los altos cargos del Ejecutivo o de otros órganos como el Congreso comuniquen a los presidentes del Senado y la Cámara Baja que el presidente está incapacitado para cumplir con sus obligaciones. Posteriormente, y de aprobarse la destitución de Trump, habría que esperar de nuevo a las elecciones presidenciales de 2020.

Parece obvio que ahora mismo el gran problema para la Casa Blanca tiene que ver con los posibles beneficios que ofrezca la Fiscalía. Que tanto Cohen como Manafort pacten con el fiscal que investiga el «Rusiagate», Robert S. Mueller, y que el señuelo consista en la hipotética reducción de sus condenas. El precio del trueque no podría consistir en contar solo qué saben de su antiguo jefe, ni en revelar la posible colusión con los servicios secretos rusos. Convendría que aporten pruebas. Documentos. Grabaciones. Imprescindible si no quieren evitar que sean tachados de traidores. Ayer, el abogado de Cohen aseguró que «este tiene información tanto del conocimiento de una conspiración rusa para corromper la democracia americana como del fallo de no informar sobre ellos al FBI».

El primero en disparar, a través de Twitter, fue el propio Trump: «Si alguien busca un buen abogado, le recomendaría encarecidamente que no se haga con los servicios de Michael Cohen». A Manafort, en cambio, Trump le reservaba todo su apoyo: «Me siento muy mal por Paul Manafort y su maravillosa familia. La 'justicia' ha necesitado un caso de tributos de 12 años, entre otras cosas, y aplicar una presión tremenda sobre él. Pero a diferencia de Michael Cohen, se negó a 'romperse': a inventar historias para obtener un 'trato'. Mi respeto por un ¡hombre! valiente». Tras calificar de «caza de brujas» lo ocurrido con su antiguo jefe de campaña, volvió a Cohen, que, a su entender, se «declaró culpable de dos cargos de financiación ilegal de la campaña que no constituyen ningún delito». Además, afirmó, «¡El presidente Obama violó de forma grave las cuentas de la campaña y aquello se resolvió fácilmente!».

En palabras de Mark Landler, Michael D. Shear and Maggie Haberman, que especulan sobre el futuro del presidente en las páginas de «The New York Times», Trump, «que ha trabajado bajo los nubarrones de las investigaciones desde casi el momento en que asumió el cargo, se enfrenta a un panorama legal y político cada vez más sombrío».

En cualquier caso, resulta muy interesante recordar de nuevo lo que escribió hace un año el profesor Brendan Nyhan en el mismo diario. Sus reflexiones sobre la dificultad de que los escándalos perjudiquen a un hombre especializado en anular un escándalo con el siguiente. Capaz de hacerse fuerte en la multiplicación de noticias en contra. No en vano, escribió Nyham, «la competencia con otras noticias puede evitar que los escándalos potenciales alcancen la necesaria masa crítica. En este sentido, el continuo 'reality show' del presidente Trump ayudaría a protegerlo de un daño profundo por un escándalo en particular. Igual que durante la campaña, Trump genera a diario tantas noticias que pocas crean una controversia sostenida».

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