El lado siniestro del Bilbao burgués

Los brutales asesinatos de dos mujeres en un barrio «de toda la vida» ha dejado al descubierto la sórdida vida de la prostitución y los bajos fondos

La calle Iturriza en el que vivía solo

Juan Carlos Aguilar se sumergía cada noche en el barrio de prostitutas de Bilbao, del que regresaba a casa a primeras horas de la madrugada, según nos relata un vecino. Pero, sin embargo, a él le resultaba molesto cuando el ruido de los locales de juego le despertaba por la noche. Quien predicaba el control del cuerpo y de la mente no tenía los recursos suficientes para evadirse de esos ruidos, ni la paciencia para soportarlos, y llegaba a arrojar cosas por la ventana a quienes se reunían en el exterior de los locales. Una de esas madrugadas había vuelto después de una larga jornada de tortura y destripamiento.

«Huang», como se hacía llamar tras su viaje a China en 1994, no sonreía, ni saludaba a sus vecinos. A ellos les parecía un hombre solitario. Por su casa no aparecían sus discípulos, ni las personas que le consideraban su guía espiritual, pero ése era su mundo, no el de la calle Máximo Aguirre y donde tenía su próspero negocio, bautizado como Zen4. Allí había algo que no cuadraba con el entorno burgués del barrio: una pequeña y tétrica habitación con cama y bañera, donde torturó a Mauren Ada Ortuya y probablemente asesinó y descuartizó a Jenny Sofía Rebolledo, colombiana de 40 años –tuvo que ser identificada por las huellas dactilares– y con un drama vital terrible: no se recuperó de la muerte de su hijo y acabó prostituyéndose por falta de medios. Y puede que a alguna otra prostituta antes, porque el director general de la Ertzaintza, Gervasio Gabirondo, considera que la habilidad con la que hizo sufrir a la joven nigeriana, que falleció el pasado miércoles en el hospital de Basurto, denotaba mucha práctica.

Él conocía desde niño el sufrimiento, le gustaba decir. En su página web contaba que para convertirse en el primer monje saholín occidental vivió un infierno, desde su iniciación en las artes marciales de la mano de su maestro y hermano, que lo sometió a un verdadero martirio, «a base de golpes, frialdad y presión psicológica extrema, un trato que hoy no permitiría la sociedad, un trato casi inhumano». Ahora, la Ertzaintza investiga si la muerte del hermano en 1997, supuestamente aplastado por un montacargas en el mismo gimnasio que se ha descubierto ahora como una cámara de los horrores, en el número 12 de Máximo Aguirrre, fue accidental o está su mano detrás.

E inhumano fue lo que hizo con Mauren Ada Ortuya, a pesar de que un monje shaolín tiene que ser una persona con buenos sentimientos, que tenga por bandera los valores propios del budismo, como la tolerancia o el respeto. Y no lo hizo a consecuencia de un brote psicótico o de un estado de enajenación mental transitoria, según consideró el titular del Juzgado de Instrucción número tres de Bilbao, que lo envió a prisión y no a un centro psiquiátrico.

«Mi camino me separa de toda organización, estilo o familia», decía en sus vídeos promocionales este místico capaz de torturar. A sus 48 años, muerto su hermano y maestro –después de todo, había viajado a Estados Unidos para aprender las técnicas orientalistas–, se encontraba solo y apenas se relacionaba con su otro hermano, que también vive en Bilbao y que ha sido quien le ha buscado el abogado de prestigio que le defiende, Javier Beramendi. Había dejado atrás una mujer, algún discípulo aventajado al que decepcionó y hasta a sus alumnos de artes marciales, a los que ya no daba clase, centrado en sus crímenes, porque no se sabe aún cuándo inició la serie que fue interrumpida en la víctima que, por ahora, puede considerarse la número dos. Sin embargo, fue a partir de la muerte del hermano –o liberación si aceptamos el maltrato que sufrió por su parte– cuando su negocio empezó a remontar.

Considerado un ser superior por sus discípulos, Juan Carlos Aguilar se había ganado una reputación en Bilbao como experto en artes marciales. Los profesores que enviaba a prestigiosos gimnasios vizcaínos se referían a él como el «maestro» y anunciaban su presencia esporádica, que muchas veces no llegaba a concretarse, como un gran privilegio para los alumnos. Hace ocho años, uno de esos alumnos, que acudía a clases de tai-chí en el gimnasio Hydra de Artea, se sorprendió al ver cómo los discípulos de Juan Carlos Aguilar captaban a quienes se habían acercado a esta disciplina como una forma de mantenerse en forma y los atraían a su círculo.

«Eran personas cultas –entre ellas, algún abogado– y empezaron a asistir a sus seminarios en Bilbao e incluso se habló de organizar un viaje a China para visitar un monasterio», nos explica uno de esos alumnos, quien recuerda cómo un matrimonio de Algorta –ella era psicóloga– entraba en esa especie de secta que tenía a Juan Carlos Aguilar como director espiritual, cortándose el pelo y vistiendo como monjes.

De forma paralela a ese montaje espiritual, que giraba en torno al budismo, Aguilar mantenía su gimnasio de artes marciales, al que él y sus discípulos llamaban «templo». Allí acudían alumnos de gimnasios de Vizcaya que habían contratado las clases de sus discípulos para que el «maestro» les examinara. «Me sorprendió que no vinieran a examinarnos donde nos daban las clases y que tuviéramos que ir a un lugar extraño, pero Juan Carlos Aguilar me hizo unas preguntas y me fui de allí con mi carné, que acreditaba el nivel de cinturón amarillo de Tai-chi». A este alumno, el asesino confeso de una prostituta y que fue sorprendido por la Ertzaintza torturando a otra, no le llamó especialmente la atención, «a pesar de que te inculcaban que era un ser superior, casi divino» y «sus discípulos le tenían auténtica veneración». Decía que era el primer occidental ordenado monje shaolín en el monasterio chino de Songshan, que había sido campeón del mundo de formas y armas de kung-fu con el KO más rápido hasta entonces de la historia de este deporte en España. Un año antes, intentó hacerse con una franquicia en Berlín junto con el profesor Thomas Beyse.

Nadie le consideró entonces un impostor, aunque él entregaba en su gimnasio unos carnés que no eran oficiales. «Allí te explicaban que ellos estaban al margen de la federación, que lo que te enseñaban era más genuino y que lo oficial era propaganda del Gobierno chino». El alumno de tai-chí con el que hemos hablado se examinó en el primer gimnasio de Aguilar –denominado Monasterio Budista Chan/Zen Océano de la Tranquilidad–, situado en la calle Particular de Costa, un polígono de garajes a unos pasos del cual pueden verse prostitutas en la calle.

Sin embargo, la secta que envolvía a Aguilar le aupó a otra dimensión y en el año 2004 compró un gimnasio en la calle Máximo Aguirre, en una de las mejores zonas de Bilbao. Allí, acomodadas madres de familia llevaban a sus hijos a clases de kun-fu y ejecutivos estresados acudían a relajarse en sesiones de yoga. «Estuve en varios centros, pero me decidí por éste porque la enseñanza de las artes marciales estaba enfocada con una mentalidad no violenta», nos explicó una vecina de un portal próximo al gimnasio, incapaz de asimilar que el guía espiritual del centro donde su hijo recibía clases de kung-fu, decorado como un templo, fuera alguien capaz de torturar, matar y trocear los restos de sus víctimas.

Pero Aguilar no abandonó totalmente las calles ligadas a la prostitución en las que montó su primer gimnasio, porque siguió viviendo en Iturriza, a unos pasos de San Francisco, donde de día y de noche pueden verse mujeres apoyadas en esquinas. El color de los vestidos de las prostitutas africanas, los locales de juego, las sedes de empresas de envío de dinero al extranjero, los locutorios, los ultramarinos de productos latinos, las mil y una tiendas de móviles –que anuncian la venta de teléfonos usados–, constituyen un mundo aparte que está, sin embargo, pegado al Bilbao donde todavía se viste mayoritariamente de beige y de gris.

No hay mezcla, sino una raya muy clara que separa ambos mundos y una calle pertenece a uno y la siguiente al otro. La casa de Juan Carlos Aguilar está en el mundo al que dan color las mujeres africanas, a las que es muy difícil ver más allá de esas calles. Bilbao es una ciudad pequeña, donde aún es fácil localizar a las familias de toda la vida, pero en el barrio donde vive Juan Carlos Aguilar nadie sabe nada de su ex mujer, aunque él sea de la ciudad y no haya salido de ella más que durante la época que estuvo en China. No hay una frutería, ni ninguna otra tienda de alimentación como las que abundan en las calles del otro mundo, el cotidiano, donde la ex mujer de Juan Carlos Aguilar, que se dice que es médico, licenciada en China, pudiera hacer sus compras cada día. Hay que llegar a la esquina, la que separa ambos mundos, para encontrar una farmacia donde pudieran conocerla, aunque tampoco allí, donde el asesino de prostitutas era considerado un cliente absolutamente normal, saben nada de ella. Fuentes jurídicas aseguraron a esta periodista que se ha instalado en Tarragona, con sus dos hijos, menores de edad, y que en estos momentos el monje shaolín tenía una relación con otra mujer.

En la calle donde vive Juan Carlos Aguilar se habla africano, inglés y francés, y no hay turistas. A tres portales de distancia de su casa, en una tienda de alimentación latina, con un cartel que dice «Felicidad17net» en la puerta, a quien sí conocen es a Mauren Ada Ortuya, la joven nigeriana a la que Juan Carlos Aguilar tenía atada con cinta adhesiva en su gimnasio cuando le detuvo la Ertzaintza. De hecho, antes del último y fatal encuentro, ambos se habrían cruzado en ese mismo comercio. Ella no hablaba castellano y señalaba los productos que quería comprar con la mano. «La mayoría de ellas ni siquiera habla inglés o francés», nos dijo la encargada de la tienda. Prostitutas vulnerables elegidas por alguien que, aunque el juez haya considerado que no padece un trastorno psiquiátrico y ni siquiera su abogado lo haya alegado como eximente de culpa, parece ser que se desequilibró hace un par de años, coincidiendo con la aparición de un tumor en la cabeza que se está tratando en Navarra.

La saga Millenium, entre víctima y torturador

La calle Iturriza de Bilbao –en la frontera entre el barrio en el que se ejerce la prostitución y las prósperas calles de una ciudad que en los últimos años se ha transformado de tal manera que el pasado enero Iñaki Azkuna fue considerado el «mejor alcalde del mundo»– es el vínculo entre Juan Carlos Aguilar y su última víctima, la joven nigeriana Mauren Ada Ortuya. Ella no se movía de la zona que conocía, en la que ejercía la prostitución, acudía a la Iglesia evangélica y compraba algo para comer entre cliente y cliente en una tienda latina en la que la recuerdan con claridad, a pesar de que son muchas las mujeres africanas, jóvenes y vestidas de alegres colores que entran en el local, situado a escasos cien metros de la calle San Francisco y a sólo unos portales de distancia de donde vive el monje shaolín que la llevó, tirándola de los pelos, al gimnasio de la calle Máximo Aguirre. Allí le esperaba la habitación del horror, con cama y bañera llena de agua, al estilo de los lugares donde martirizaban a las prostitutas de ficción en las novelas de la saga Millenium.