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11 cosas que hacen parecer pobre

Existen determinadas actitudes, estilos o maneras que nos hacen parecer zafios, insensibles, groseros, paletillos y, ¡hay que decirlo! ¡pobres!.

Existen determinadas actitudes, estilos o maneras que nos hacen parecer zafios, insensibles, groseros, paletillos y, ¡hay que decirlo! ¡pobres!.

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Sigo con extraña pasión y fidelidad una revista online de moda y streetstyle (la mejor de todos los tiempos) de cuyo nombre, no quiero acordarme, no vaya a ser que se vulgaricen sus sabios consejos.

En esta atinada publicación, les doy una pista, una sección recurrente es: Looking Expensive isn’t about Expensive Things but These Clothes make you look Richer. ¿Adivinan cuál es?

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Siempre que lo leo me hace mucha gracia que la gente quiera parecer más rica, y me pongo a suponer con cierto imperialismo moral que a lo que se refiere la autora es a parecer más elegante, quién sabe.

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Lo que está claro, es que independientemente de los trapitos existen determinadas actitudes, estilos o maneras que nos hacen parecer zafios, insensibles, groseros, paletillos y, ¡hay que decirlo! ¡pobres!. Son las siguientes:

1. Las mechas californianas: españolas, no se asusten, aunque un color natural siempre es más elegante y sostenible, podemos pintarnos el pelo de una manera grácil, por favor, armoniosa ¿han visto qué monada de mechas les han puesto a las Infantas Leonor y Sofía? Lo que no se debe hacer bajo ningún concepto es llenarse la cabeza de rayas (queda tan pobrecito) y muchísimo menos las mechas california y sus homónimos. Antes el crimen, la apostasía... Piénsenlo bien, amigos.

2. Beber con la cuchara dentro: a ver, estas pautas no son caprichosas, tienen un sentido práctico (además de estético): beber con la cuchara golpeándole las narices es incomodísimo, feo y peligroso. Un tema muy turbio, este.

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3. Perilla: Sólo les digo una cosa, mejor una mujer con perilla, que un hombre con perilla. Antes me subiría en la furgoneta de un desconocido babeante de Minnesota, en gabardina (sin nada debajo) con gafas de culo de vaso, malformaciones menores, manchas de tierra en una mano, en la otra una pala y el cadáver de una joven brillando en el interior de sus pupilas... Todo antes que relacionarnos con un hombre de perilla.

4. ¿Me entiendes? Una elemental interpretación de la amabilidad (que es la etiqueta) nos impedirá emplear está agresiva coletilla que no sólo irrita al receptor, insinuando que no “alcanza” sino que pone en evidencia al emisor. En cualquier conversación sólo hay una premisa civilizada: el que no es capaz de hacerse entender tiene un problema, jamás los receptores.

5. Mostrar desprecio: desairar o desatender a los que uno considera menos exitosos o a aquellos de los que simplemente no se puede obtener ganancia alguna material, física o social. Las personas elegantes manifiestan en todo momento gentileza, caridad y filantropía (independientemente de lo que sientan).

6. Ser foodie: La gente que habla mucho de su comida_pienso que se habla desmesuradamente de comida, amigos_ de su cesta de la compra, de su tipo de pan, de sus semillas ¡de su manduca! me parece de una superficialidad aborrecible y me da un poco de grima, como Julio Iglesias cuando habla de todas las mujeres con las que se ha acostado..

¿No os parece ridícula y grotesca esta fiebre culinaria en que vivimos? Yo la encuentro un disparate: la furia gourmet me parece hortera, primitiva... como de los pueblos donde se pasaba hambre tradicionalmente y de repente se mataba un cerdo...

7. ¿Puedo probar?: Y luego está el zampón que lo quiere chupar todo, que se siente con derecho a meter su tenedor en todo plato. Parece que ahora la etiqueta obliga a ofrecer una cata del plato propio a cualquier majadero que tengamos enfrente... ¡Tragones! Felipe dice que el que necesita paladear_porque lo necesitan, o ponen cara de necesitarlo_ el plato de otro es un zafio. Y de ahí no lo sacas.

8. Ser mal anfitrión: Le pese a quien le pese, no saber recibir es sinónimo de no haber vivido de manera muy boyante. Una persona que ha crecido en una economía desahogada está acostumbrada a gestionar visitas en casa, lo cual no es fácil, yo diría que es todo un Arte, donde entran en juego al mismo nivel dos variables contradictorias: ocuparnos de la comodidad de esas personas en todo momento al tiempo que las dejamos en paz. La labor de un buen anfitrión es conseguir que su invitado se marche lo antes posible con la idea de haber disfrutado lo más posible. ¡Casi nada!

9. Ser mal invitado: Del mismo modo, una persona con mundo y cultura, nunca será pesada en casa ajena, ni gravosa, ni destructiva, ni inoportuna; será comedida y agradecida en lo tocante a las viandas; silenciosa, limpia y ordenada, en las áreas comunes (y en las que le asignen). Vestirá correctamente desde primera hora, nada de vagar por los pasillos y salones como un espantajo; ayudará en lo posible a mejorar el entorno (comprará flores, si es necesario limpiará) y cuidará del mobiliario y cada uno de los objetos de la casa donde se hospede. No hay nada más desagradable que recibir a un ignorante.

10. Dejar la tapa del excusado abierta: esto es elemental pero... nunca, bajo ningún concepto; nunca olvidaré los gritos de mi madre una vez hace muchos años resonando por toda la casa: “¡Quien ha sido el rufián que ha dejado la tapa del excusado subida!”. Rufián, qué hermosura...

11. Interjecciones eufemísticas en general, a saber... jolín, y sus derivados, jolines, jo: Un señor o una señora enfáticos y/o contrariados dirá en tal caso JODER, con todas sus letras. No hay nada más pobre (pero pobre de espíritu) que la cursilería.