La Ministra ‘Jolines’

Un pequeño “Jolín” tiene el poder aniquilante de devaluar toda nuestra política y denigrar a todos los españoles en una décima de segundo...

Definitivamente este gobierno es inclusivo, tanto es así que nuestra Ministra de Igualdad contra argumenta pública e impunemente empleando el “jolines”, sin que nadie parezca escandalizarse por ello. Sin embargo, ¡es un escándalo! (aunque ellos sólo se alarmen cuando los españoles no decimos “monomarental” o “portavoza”) porque un pequeño “Jolín”, amigos, tiene el poder aniquilante de devaluar toda nuestra política y denigrar a todos los españoles en una décima de segundo...

En mi opinión, de las muchas formas de horterada posibles, la más perturbadora es la lingüística, la verbal, porque es la que peor solución ofrece y la que más resistencias opone a su modificación.

Como decía Bernard Shaw, es muy difícil “llenar el abismo que separa un alma de otra con el lenguaje”.

Nuestro gobierno es escandaloso por su inmadurez, y su falta de formación queda patente en cada una de sus manifestaciones, pero ahí están, legislando, como cantantes de operación triunfo que hubieran llegado donde están por ser un producto de marketing impuesto a la sociedad, más que por haber ganado ese estatus desde el trabajo y el talento.

Y en la cima de este pastel de amargo sabor, que todos los españoles nos estamos merendando, tenemos tan orondo como encarnada guinda a Pedro Sánchez, el presidente por descarte, pero sin ápice de ilusión ni esperanza, por muchos baños de aplausos que se procure en RTVE, bajo luminosos carteles y eslóganes que bien podría firmar Mr. Wondeful. Las expresiones Jo, jope, jopelas, jopelines, jolín y jolines, están aceptadas en el diccionario de la RAE como eufemismos para suavizar la interjección “¡joder!”, empleada para expresar disgusto o fastidio. Normalmente, las usan los niños, y más creciditos, son patrimonio, al igual que otras perífrasis, de los cursis y los horteras (que para este caso y otros, son los mismos).

Como ya todos sabemos, el paso por la Universidad no garantiza ni cultura, ni de educación, ni, muchas veces, conocimiento. ¡Ay lo que les pega decir “Jolines” a ciertos notabilísimos agentes de nuestra vida pública!; apuesto una de mis preciosas manos, con las que me gano la vida, a que la reina Letizia es de “jolines” (lo supe el primer día en que la vi luciendo gafas de espejos de colores, las mismas que David Bustamante y Paula Echevarría…); Pablo Iglesias dice “jolines” (dos que duermen en un colchón…); Arrimadas también, y eso está fuera de toda controversia (¿han visto los pantalones de pitillo del marido de la líder de Ciudadanos?). Con respecto a nuestro presidente, me juego el cuello a que dice “Jolines” (¿existe acaso alguna expresión de enfado más pacata y buenista?). Y sin entrar en habilidades o aptitudes políticas, esto es Estética, ¿lo han visto en vaqueros? ¡Yo sí! Y opino que no se puede confiar una nación (ni nada) a un varón mayor de cinco años que se pone unos vaqueros con “desgastados” artificiales (signo inequívoco de debilidad moral e intelectual). ¡¡no!! Los tejanos de Pedro Sanchez, junto con los “jolines” de Irene Montero son indignos de representar a los españoles en el Congreso…

Pero… no estamos aquí para juzgar, sino para comprender y para actualizarnos, ya que, no se lo tomen a broma, el fin del refinamiento y el buen gusto es un hecho, al menos en el gobierno español. Atrás quedaron los tiempos en los que para ser político había que ser culto, ejemplar y tener cierta clase, o al menos aparentarlo, que no está nada mal…

En España, no podemos presumir de un ejecutivo muy elegante, ni propio, ni elocuente, la buena noticia es que, en cambio, podemos presumir de tener el gobierno más inclusivo jamás imaginado por una mente perversa.

Y llegados a este punto “súper fuerte” en el que los españoles ya no alcanzamos a entendernos con nuestros gobernantes, porque son más ordinarios que nosotros, considero necesario, ofrecerles algunas aclaraciones en cuanto al maravilloso argot de Irene “Jolines”. Sepan que yo manejo perfectamente la jerigonza pre adolescente, porque tengo varios niños en casa y porque hace no demasiados años también fui niña, aunque pronto me enseñaron que una dama podrá soltar un “coño” (bien feminista) o un “joder”, con desprendimiento, si ha de alzar la voz y acentuar su discrepancia, pero nunca, bajo ningún concepto, esos ridículos circunloquios tan del gusto de nuestro gobierno.

Acostumbrémonos pues, amigos, al incombustible “tía” del que ya se abusaba en mi colegio de monjitas, de uniforme y segregación. Por lo visto, es la palabra favorita de la número dos de la formación morada y la que más utiliza. Para los que nunca la han utilizado, sepan que, en su novena acepción, la Real Academia de la lengua considera que este vocablo, además de designar al hermano de uno de los padres de la persona puede utilizarse como apelativo cariñoso para un amigo o compañero.

Y acostumbrémonos de paso, al hecho divertidísimo de que nuestros políticos social-pretenciosos-comunistas, son nuevos ricos (una de las mayores amenazas al buen gusto y al saber estar) y actuarán como tales.

No lo olviden, si quieren descubrir quién ha tenido una esmerada educación y quién es un zafio, atención a estos dos indicadores: los pantalones vaqueros y las interjecciones que prefieren.