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¿Dónde empieza la infidelidad?¿Se puede (y se debe) perdonar?

Estoy que no vivo con esta canción de Pimpinela interpretada por Diego Matamoros, Estela Grande, Sofía Suescun y Kiko Jiménez

Cuenta el anecdotario histórico que el Cardenal Cisneros censuraba las infidelidades del Rey Fernando el Católico y que un día, cansado de tanto virtuosismo, este le preguntó cuál era su comida favorita, una que realmente amase con pasión.

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¡¡Las perdices!!, exclamó el Cardenal sin dudarlo, ¡Adoro las perdices!

A lo que el monarca respondió con un reto para Cisneros: que se mantuviera todo el tiempo que pudiera tomando sólo perdices en el desayuno, la comida, la merienda y la cena, y que anotase con sinceridad, ante Dios, cuánto tiempo pasaba sin desear una comida diferente.

En mi opinión el deseo, que puede ser involuntario, casi accidental no constituye delito. La deslealtad empezaría, en todo caso, al fomentarlo o en el hecho de no sofocarlo. La persona fiel pondrá los medios psíquicos para frenar la atracción, en el momento en el que se sienta atraído por alguien distinto a su pareja; si es necesario pondrá distancia física.

En el s.XXI la infidelidad es un fenómeno relativo, queridos amigos, lo único objetivable aquí es el acuerdo entre las partes, la normativa de cada pareja, que por supuesto es variable. Para muchos, la simple fantasía ya es infidelidad, pero ¿qué culpa tiene uno si un tercero le hace estremecer?

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Analicemos todo lo relativo al poner o recibir los cuernos con más o menos deportividad y estilo. Para ello les propongo echar mano de este Case Study maravillosamente gráfico que nos ha regalado Tele5, esa fuente inagotable de diversión y aprendizaje.

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Aunque en Guadalix de la Sierra es común la total exposición de historias de amor, adulterio, perdón y cambio de pareja, este otoño estoy que no vivo con esta canción de Pimpinela interpretada por Diego Matamoros, Estela Grande, Sofía Suescun y Kiko Jiménez. Y entre los muchos sentimientos que alberga al respecto mi magnánimo corazón, señalaré la compasión como el primero de todos.

La verdad, me dan muchísima pena, especialmente Diego y Estela (también Jiménez) y no porque estén casados sino porque tanto en el caso del hijo de Kiko Matamoros como en de la delgadísima modelo, ambos me parecen víctimas. El primero porque es un polluelo enamorado que aún no ha podido asimilar ni analizar los golpes que le han venido por todos lados. La segunda por no tener la madurez suficiente para comprender el daño que causa “sin querer”. Esto en el caso de que sea una ingenua libertina como la de Colette.

En fin, ¿llegados a este punto qué hacemos?

¿Qué haría yo si Diego fuera hijo mío?

Por lo pronto sé lo que no haría: como Kiko Matamoros, presionar en directo a un hijo obligándole a abandonar a su pareja para no “quedar en ridículo”.

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El caso es interesante, porque el joven Diego, enamorado como una zapatilla, no cedió a la coerción que supone para un chico la opinión que su padre tiene de él; mantuvo el tipo y afirmó que seguiría con su mujer hasta que ella, tras una conversación le hiciera pensar que no era lo más conveniente. Así pasa Diego Matamoros de los consejos de su padre, o así ama a su mujer, o las dos cosas. Y están muy bien.

Muchas personas opinan que perdonar es una muestra de debilidad, pero el perdón, hechas las cuentas es entereza y amor. El perdón puede ser la mayor de las muestras de fortaleza y sabiduría. ¿Han leído Proverbios? Se lo recomiendo encarecidamente sean o no creyentes (son como los tweets de la Biblia), los preceptos cristianos en general son de un sentido común aplastante: “Cuando viene la soberbia viene también la deshonra, pero la sabiduría está en los humildes”. Pr. 11:2.

No me negarán, queridos amigos, que los sentimientos de orgullo y rencor a quienes despedazan a fin de cuentas es a los que los sienten, no a los demás.

Otro aspecto muy simpático de la infidelidad es que para la mayoría de los hombres mientras no haya penetración, no existe como tal, sin embargo, las mujeres en general consideran más grave la infidelidad emocional.

En cualquier caso, la falta se puede y se debe perdonar cuando hay amor y compromiso por las dos partes, es decir cuando los dos miembros de la pareja afirman que les une la voluntad de reconstruir. Fuera de este escenario no tiene sentido ni plantearse el contemporizar puesto que no es conveniente tener relaciones amorosas con personas que no nos quieren o no nos respetan.

El problema viene cuando las circunstancias no son tan legibles, o cuando el supuesto traidor va un poco justito, tardo, “lerdi”, como ustedes quieran denominarlo, queridos amigos, ¿es Estela Grande una inconsciente?

Díganme, lectores míos, que vieron “La hija de Ryan”, esa muchacha pizpireta casada con hombre mayor que no la atiende como es debido aunque la quiere con el debido respeto que acaba por sentirse atraída por un villano, sexi y sucumbe carnalmente. Todo el pueblo, pueblo primitivo y ultraconservador se entera de la falta, la linchan, le cortan el pelo con las tijeras del pescado y la echan a patadas. Azaroso y cruento drama puritano que no trata de la infidelidad sino de las personas sin compasión. Lo extraordinario, el milagro poético de la caridad humana es que su marido (Robert Mitchum), la perdona y se va con ella protegiéndola con ternura infinita para empezar de nuevo en otro lado. (Eso sí, espero que esta vez, dándole duro).

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