Gastronomía

El roscón de Reyes, epílogo dulce de la Navidad

Sin miedo alguno, no importan los excesos cometidos, participamos en el último acontecimiento de este contexto goloso

Tradición. El horno de las Comedias, en la calle del mismo nombre de Valencia, mantiene año tras año la tradición.
Tradición. El horno de las Comedias, en la calle del mismo nombre de Valencia, mantiene año tras año la tradición.larazon

Sin miedo alguno, no importan los excesos cometidos, participamos en el último acontecimiento de este contexto goloso

Todavía presos de la movilidad reducida que provoca la olimpiada de celebraciones gastronómicas navideñas nos disponemos a protagonizar el último capítulo. Sin miedo alguno, no importa los excesos cometidos, participamos en el último acontecimiento de este contexto goloso, dando la bienvenida al roscón de Reyes.

Mostramos una adhesión ciega al líder de los dulces navideños en el último tramo de las fiestas. Sus adulaciones rellenas, en forma de nata, chocolate, crema pastelera y cabello de ángel, lo han encumbrado. Aunque tiene que conformarse con un consumo efímero como destino final. Nos dirigimos a su encuentro en nuestra pastelería favorita. La seguridad inicial mostrada ante el escaparate desaparece al llegar al mostrador. Las dudas afloran. Ocurre a veces, pero esta vez es total. Lejos de sentirnos incómodos. Nos hacemos machaconamente la misma pregunta.. ¿Clásico o con relleno?

Dicen los maestros confiteros que saben tanto de lo que es dulcemente correcto o incorrecto que no hay que experimentar. Son muchas las ocasiones en que escarbando en nuestros gustos hemos encontrado soluciones que en la vigilia golosa se ocultaban. Una vez que atinamos, mantenemos la serenidad. Nuestro cerebro gustativo pone orden ante todos los sabores que hemos dejado desparramados durante la elección. Entonces el paladar escoge, procesa y extrae finalmente sus consecuencias. «Ehh pues, con y sin, de nata, chocolate». No tenemos solución.

Es cuestión de tiempo que los iconos tradicionales se actualicen. Cada año se postula una mayor asimilación de sabores mientras se abandona el rigor primitivo del clásico roscón. Un misterioso enjambre de gustos guían las predicciones de los expertos pasteleros. «No hay relleno imposible, lo acepta todo».

Pese al culto a las costumbres transoceánicas navideñas que imperan actualmente nuestro Roscón se alza con suprema majestuosidad. Es el último «celebrity» del panorama festivo. Brillante, inmortalizado con perlas de fruta confitada, glamuroso en sabores y muy real.

Aunque pasen los años parece que ningún postre logra arrebatarle el título.

La sobremesa con varios roscones requiere un mínimo esfuerzo de asimilación. La conversación familiar se ve torpedeada por la polémica de sabores tras la intromisión incontenible de cremas, natas o chocolate. El brillo de roscón clásico se desvanece. Una vez iniciada la degustación emergen los arrebolados deseos de (no) conseguir el haba. Todos vibran durante el corte del roscón. El nerviosismo es insoslayable al reparto del postre. Incluso los que no sintonizan con el dulce tradicional prueban el roscón al (des)encuentro de la mítica faba. «Otra vez será», Algunos llevan décadas huyendo con denuedo de la legendaria legumbre, mientras crean una coartada para extender su consumo más allá de las fiestas. «Sobra para mañana».

No hay nada como tener un poco de perspectiva histórica para no errar. De origen discutido a tradición indiscutible. De las cocinas reales a los obradores de las plazas mayores.

Aunque a veces, necesitamos que nos recuerden lo que ya sabemos: costumbre pagana asumida por el cristianismo. Torta redonda plebeya, compuesta de dátiles, higos y miel, que endulzaba por un día la vida de los esclavos romanos. Al degustarla buscaban con devoción el haba seca en su interior, que representaba la futura prosperidad y la libertad deseada.

Tradición perdida durante siglos que recuperan en Francia: («Le Roi de la Fave» y «Gâteau des Rois»). Comercializado y distribuido por la aristocracia francesa, con una moneda en su interior, por expreso deseo del joven rey Luis XV, tras declararlo como su postre favorito, llega a España de manos de su tío Felipe V.

Con los años, La tradición ha ido cambiando algunos detalles, el haba que originalmente simbolizaba la prosperidad fue adquiriendo un valor negativo. De hecho, actualmente quien tiene la mala suerte de encontrar el haba... «A pagar».

Aunque la interpretación universal de la Navidad haya desenfocado algunas costumbres locales debemos mantener algunas fronteras gastronómicas.

Preservar esas costumbres constituye un último ratio. Por el momento los servicios de información gustativos no señalan la posible llegada de más modas. «Menos mal».

Al parecer la España del consumo obsequia con indiferencia la llegada de otras propuestas mientras mantiene su fidelidad al tradicional Roscón. Larga vida al Rey de Reyes.

La pedagogía dulce se enfrenta a la caducidad navideña. Una experiencia cuya eficacia gustativa tiene una duración contrastada desde hace más de doce siglos. Tras comer el roscón celebramos los deberes cumplidos, sin tareas pendientes, damos paso al epílogo dulce navideño.

El verdadero Rey de Reyes

El fin de la Navidad vuelve a ser el escenario dulce donde la historia y la tradición cobran sentido. El Roscón de Reyes y su masa aromatizada con agua de azahar, decorada con gemas y esmeraldas frutales escarchadas, convocan golosamente a miles de admiradores. Horneado a través del tiempo el roscón congrega a públicos procedentes de los cinco continentes. Un público totalmente entregado a la causa dulce. Por fortuna la tradición eleva a un bollo humilde a la categoría de postre gourmet. Los confiteros miran al pasado con los exclusivos ojos del presente. El Roscón de Reyes despide la Navidad por todo lo alto. Parafraseando una canción «Con relleno o sin relleno, como siempre lo que quiero... y mi roscón es el Rey»