Carmen Lomana: «En la isla estaba atormentada por el resultado electoral»

Carmen Lomana paseando por la Gran Vía a su regreso a Madrid después de estar en
Carmen Lomana paseando por la Gran Vía a su regreso a Madrid después de estar en

Tras el «reality» regresa a la jungla urbana estusiasmada por el triunfo de Cristina Cifuentes.

Un «selfie», dos y hasta diez que podrían haber sido mil si Carmen Lomana hubiera permanecido en la Gran Vía de Madrid una hora más. Si ha soportado las picaduras de los mosquitos, Lomana aguanta con una educación exquisita y la mejor de sus sonrisas el runrún a su alrededor de los «moscones» –eso lo dice quien esto escribe, no ella–, aunque reconoce que su regreso está siendo estresante, hasta el punto de que tiene un poquito de síndrome de Estocolmo de la isla.

–Ya está en la civilización después de vivir como Robinson Crusoe.

–Sí porque estar en «Supervivientes» es volver a la edad piedra: sin comida, durmiendo en el suelo... Me sentía Wilma Picapiedra. Te tiran en un islote y ahí te las apañes: sin fuego, sin comida, los bichos que te pican. Me acuerdo que por la noche te tirabas a la playa a dormir y te sobrevolaban unos pájaros que parecían cuervos y hacían «cacún» siempre encima de nosotros.

–Pero viene satisfecha, ¿no?

–Por supuesto, es una aventura que nunca podrías comprar por mucho dinero que se tenga. ¿Quién puede comprar o alquilar tres islas y pasar allí unos días con los amigos? ¡Es que te fundes con la naturaleza! Me hubiese encantado estar desnuda todo el día.

–Pero había las cámaras.

–Esa es una de las situaciones más desquiciantes porque no podía hablar tranquila y decir espontáneamente: «Este tío es un imbécil» porque sabía que lo iban a emitir. O despertarte tirada en arena después de una noche horrible y lo primero que ves es una cámara que a saber si te ha grabado durmiendo con la boca abierta o roncando. Es estresante, pero luego te acostumbras.

–Acabamos de estar en la Gran Vía y la gente se volcaba con usted, pero sabe que una de las cosas que más les gusta a los espectadores es ver a los famosos sufrir. ¿Era consciente?

–Pero no lo dudes. Es morbo, en mi caso, estaba en «vamos a ver a la Lomana lo que aguanta, a ver cómo está sin maquillaje, si está gorda»... Y luego te ven ahí tirada en el barro. ¿Cómo no va a dar morbo?

–¿Y usted cómo vuelve?

–Con la sensación de que he cerrado un ciclo vital. Yo he sufrido muchísimo en la vida. Una cosa es que haya tenido siempre una situación económica confortable. Nunca me ha faltado de nada pero otra cosa es que la vida me haya dado muchos palos.

–¿Por ejemplo?

–Mi mayor sufrimiento es no poder haber sido madre, por una serie de problemas que tuve, y perder uno. Y la muerte de mi esposo, Guillermo, que fue devastadora para mí. Yo sabía que podía aguantar un dolor psicológico bestial, pero me faltaba comprobar que también soportaría el sufrimiento el dolor de vivir en precario. Ahora estoy preparada para una guerra de trincheras.

–Y sin enterarse de lo que sucedía en España.

–Intentaba que no me atormentase. Pero estaba muy preocupada por la política, quién ganaba las elecciones, qué resultado tendrían los partidos emergentes, si serían decisivos para los pactos... Eso me atormentaba. Me dijeron los resultados pero todavía no los tengo muy claros: ¿El PP y el PSOE se han pegado un batacazo, no?

–¿Pero ya sabe que la próxima alcaldesa de Madrid será Manuela Carmena?

–Con lo que estoy muy contenta es con el hecho de que Cristina Cifuentes sea la presidenta de la Comunidad de Madrid. Es una mujer que tiene una gran valía, honrada, con una gran apertura de mente que no tienen muchos de sus compañeros de partido. Es una mujer progresista y feminista, pero sin panfletos. Los ciudadanos han votado honradez. Cuando cubrí la manifestación de Podemos vi que la gente estaba muy harta y rabiosa. Estaban hartos de que les robaran y de que les exprimiesen a impuestos y doy por hecho que eso se ha reflejado en el resultado electoral.

–Le preguntaba por Carmena.

–Pues no tengo ni idea de cómo lo hará. Sé que tiene un discurso y que es una mujer con cabeza. Debe tenerla porque ha sido una jueza importante. Tiene todos mis respetos, pero eso sí, que también nos respete a nosotros, a los que le han votado y a los que no. Y que no nos presione tanto con los impuestos y con las multas. La política no es sólo recaudar, sobre todo es buena gestión.

–Imagino que ya sabrá que Juan Carlos Monedero ha abandonado la política.

–Todo el mundo dice que es mi amigo, pero sólo es un conocido. No me extraña en absoluto. Él es un hombre de estudios, de la universidad. Es el ideólogo de Podemos, y cuando ha visto que todo estaba encauzado ha decidido marcharse. Es la izquierda pura y dura y muy radical en su pensamiento. A lo mejor no aguantó muchos cambios en la organización que ha visto. Pero no creo que tuviese demasiadas ambiciones políticas, porque en el caso de sí, hubiera desplazado a Pablo Iglesias. No sé porque habrá tomado la decisión. Todavía no he hablado con él. Cuando me fui le llame y le dije: «Juan Carlos, me voy y no sé cuándo te volveré a ver». Además, le hicieron una campaña en su contra que fue una vergüenza.

–Supongo que tampoco sabrá que durante la final de la Copa del Rey entre el Atletic de Bilbao y el Barcelona se pitó al himno nacional y al Monarca.

–¿Qué quieres que te diga? Me parece un espanto. Es el colmo. Hay que tener un respeto por las instituciones y por el Rey.

–¿Le gusta Felipe VI?

–Ni me gusta ni me deja de gustar. A ver cómo digo esto para que se me entienda bien. Con la situación política y económica que estamos viviendo, creo que la institución está jugando un papel muy bueno porque está por encima del bien y del mal. No soy monárquica, pero es uno de los mayores patrimonios que tenemos siempre que las cosas se hagan bien. Existen una serie de códigos y obligaciones que hay que cumplir. Si no sucede así, como ha pasado recientemente pierde todo su sentido.

–¿Y Doña Letizia?

–Don Felipe tendría que aconsejarla en su forma de vestir. Mira que a mí me gustan las minifaldas, pero que ella las lleve... No lo veo apropiado para una institución tan seria, si se quiere tan antigua, con unas leyes no escritas pero que conviene no perder de vista.