Carolina Miró: La primera dama que quiso ser misionera

«Les une la fe, la república y la independencia», aseguran amigos de la pareja. No hay fisuras en ese sentido entre el recién llegado Torra y su mujer

  • Carola Miró i Bedós, junto a su marido Quim Torra durante la sesión del parlament en la que se eligió a Puigdemont
    Carola Miró i Bedós, junto a su marido Quim Torra durante la sesión del parlament en la que se eligió a Puigdemont

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19 de mayo de 2018. 00:02h

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Pilar Ferrer 18/5/2018

Una profesional de la mística. Así definen familiares y amigos a Carola Miró i Bedós, la nueva primera dama de Cataluña, como prueba de su gran espiritualidad, arraigado catolicismo y creencias profundas en el más allá. A punto de cumplir cincuenta y tres años, «Caro», profesora de pedagogía en excedencia, madre de tres hijos, conjuga su fe cristiana con un acervado sentimiento independentista que nunca ha ocultado. Antes al contrario, fue una joven estudiante soberanista y entró en las listas de Reagrupament, la facción díscola de Esquerra Republicana montada por Joan Carretero, en las elecciones autonómicas de 2010. Iba en un puesto testimonial, el setenta y siete de la lista por Barcelona, simplemente por su compromiso ideológico. Si hay tres pilares que marcan su personalidad son estos: religión, familia e independencia. Lo demás, es accesorio.

Pero, ¿quién es esta mujer delgada, hasta ahora bastante desconocida, ataviada con su lazo amarillo secesionista, que aplaudió la investidura de su marido en el Parlament? Carola Miró i Bedós nació en una familia de raíces cristianas, republicana e independentista. En su etapa como profesora en el colegio Thau de Barcelona, dedicado al fomento de la cultura y lengua catalanas, dirigió una ONG solidaria a la que conocían en el centro como «la otra Cáritas». Su afán proselitista la llevó en su día a viajar por varios países como El Salvador, Honduras, Guatemala, India, Nepal y Camboya. Fue en este último periplo, siendo aún una joven estudiante, cuando quiso ser misionera, vocación que quedó frustrada al verse obligada a regresar a Cataluña por problemas familiares.

La niña Carola se educó en un colegio de monjas en Sarriá, lindante con los Jesuitas donde estudiaba su futuro marido, Joaquim Torra Pla. Eran tiempos en que no existían todavía los centros mixtos, por lo que los niños y niñas se encontraban a la hora del recreo o a la salida de clase. Fue la primera vez que vio a Quim, hasta que ya en la adolescencia un amigo les presentó en un guateque tras la misa dominical, tal como era la costumbre de la época. «Caro» es de misa y comunión diarias, con una fe católica profundamente arraigada, tanto como su fervor independentista, según sus amigos cercanos. Algo que también ha inculcado a sus tres hijos, Carola, Guillen y Helena. Curiosamente, pese a su pasión republicana, viven en un espacioso piso en la calle Príncipe de Asturias, entre el barrio de Grácia y San Gervasi. Son muy conocidos en la Iglesia parroquial y otros lugares de reflexión espiritual.

«Les une la fe, la república y la independencia», aseguran sin dudarlo familiares de la pareja. Carola ayudó a su marido en la creación de sus sellos literarios, como la editorial A contra vent, y le acompañó en sus viajes al extranjero. Juntos han recorrido medio planeta apasionados por las religiones, el mundo ecuménico y la trascendencia, algo que comparten con el matrimonio de Puigdemont y Marcela Topor. Pero si estos últimos son amantes de la magia y las ciencias ocultas, los Torra son profundamente católicos. En su etapa como directivo de una empresa de seguros en Suiza, Carola visitó las más importantes catedrales del país helvético y plasmó sus experiencias en la página web que su familia le regaló por su cincuenta cumpleaños. Unos textos plenos de contenido poético, que su propio marido le recordó con estas palabras: «Mi amada Caro, eres buena, tierna, sensible y mi gran apoyo». Todos cuantos les conocen destacan su armonía conyugal, su fervor religioso y su activismo secesionista: «Una pareja unida hasta el final».

Una mujer minuciosa

Miró pidió la excedencia del colegio Thau cuando marcharon a Suiza y no piensa de momento volver. Desde entonces, la esposa del 131 president de La Generalitat dedicó sus esfuerzos a su faceta espiritual. Apasionada de los textos místicos de San Juan de la Cruz, publicó algunos de ellos traducidos al catalán en la editorial de su marido. Le encanta la música sacra de Juan Sebastian Bach y la costura. Maneja como nadie el punto de cruz y el «patchwork», o sea, el arte de tejer poco a poco, pieza a pieza, que le relaja. «Es una mujer minuciosa y jamás se queja de nada», dicen algunas compañeras de un taller que frecuenta próximo a su domicilio. Por supuesto, no piensa mudarse al Palau de La Generalitat y seguirá viviendo en su piso de Gracia, en esa calle de nombre monárquico.

Compañeras de su etapa visitando las misiones católicas en América y Asia recuerdan que «enseñaba el Evangelio y la historia de Cataluña», dicen como prueba de sus dos grandes pasiones. En la Iglesia de su barrio es habitual verla en la petición dominical de donativos, igual que en las parroquias de Cabrils, Tarragona, lugar en que su familia tiene una casa de verano, o en Santa Coloma de Farners, donde los Torra poseen una masía solariega que también visitan a menudo. Ella misma ha escrito en su página web varias reflexiones sobre la Misa de las doce, las homilías en catalán y la historia del monasterio de Montserrat, donde su abuelo era visitante y lector asiduo, amigo del anterior Abad. La imagen de la Moreneta, la Virgen montserratina patrona de Cataluña, preside el salón de su casa.

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