Alfonso Díez, el duque viudo de Alba ya no quiere vivir aquí

Hace quince días, el Duque de Alba firmó la última letra del piso de Sanlúcar de Barrameda que su madre regaló a Alfonso Díez.

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11 de junio de 2016. 18:29h

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11/6/2016

Desde hace quince días el duque viudo de Alba ya tiene su casa de Sanlúcar de Barrameda, regalo de su fallecida esposa, completamente pagada. El primogénito de Cayetana de Alba, Carlos Fitz-James Stuart, efectuaba el pago de la última letra que quedaba para finiquitar la hipoteca suscrita en 2012 con el Banco de Sabadell, que fue la entidad en la que pidieron un crédito de 145.000 euros para abonar parte del importe total, que ascendió a 290.000. Y ahora esa casa de dos alturas con azotea podría ponerla a la venta porque Sanlúcar no es el lugar favorito de Alfonso Díez.

Cayetana Fitz-James Stuart quería hacerle un buen regalo a su último marido y qué mejor presente que una a su nombre. La fecha de la compra, 2012, coincide con el primer aniversario de bodas, aunque también pudo ser entonces porque quisieron esperar un tiempo a que las aguas se calmasen con los seis hijos de la Duquesa. Recordemos que los vástagos de Cayetana recibieron el grueso de su herencia cuando su madre aún vivía, hecho que facilitó el enlace nupcial con un hombre 24 años más joven que ella. El reparto se hizo unos meses antes de que la pareja contrajese matrimonio el 5 de octubre de 2011 en Sevilla, con la ausencia de Eugenia, que tenía varicela, y de Jacobo, por desavenencias. Era la primera boda para Alfonso y la tercera para la duquesa, que con ese reparto en vida quiso alejar las dudas sobre el «interés económico» de su nuevo marido. Pero ese desprendimiento forzado de propiedades no le impedía tener un detalle con él. Fuera cual fuera la razón, Cayetana y Alfonso se pusieron en manos de una agencia inmobiliaria de Sanlúcar de Barrameda con el encargo de que les buscasen una casa allí. Fue el lugar escogido por Cayetana, según me contaba el propio Díez: «Yo la hubiera comprado en Tarifa, que es donde he ido muchos años a veranear, pero Cayetana me dijo que no me fuera tan lejos». Por cierto, que en Tarifa, en su época de funcionario en el Ministerio de Sanidad, Díez surfeó mucho e incluso se atrevía con el «kitesurf». A sus 66 años, es un hombre plenamente en forma, sus abdominales pueden pasar revista. Tanto es así que en vida de Cayetana se compró por internet un kit de gimnasia que instaló en el garaje: «Buena es ella como para hacer un gimnasio en una habitación del palacio», me dijo, ante mi extrañeza por el lugar escogido. Para la Duquesa, Sanlúcar guardaba el recuerdo de sus estancias en el Coto de Doñana, que fue propiedad de los Medinasidonia, parientes de los Alba, al que ella iba con frecuencia y era un coto de caza muy codiciado entre la aristocracia. Ese apego inclinó la balanza hacia Sanlúcar.

Pago mes a mes

Así que decidida la ciudad y después de ver unas cuantas propiedades, la de la calle Santa Ana número 13 les gustó. A Cayetana le hacía gracia tener una casita en la que pasar unos días y que era muy diferente a las que estaba acostumbrada. La vivienda la compró Díez por un total de 290.000 euros y así figura en las escrituras. Dolores Reinosa era la propietaria y establecieron como forma de pago que la Duquesa le donara a su marido en metálico el cincuenta por ciento del valor del inmueble, lo que suponía 145.000, y por la mitad restante suscribirían una hipoteca con el Banco de Sabadell. Desde el momento de la compra, esas letras las pagaba religiosamente, mes a mes, Cayetana. Antes de morir, le pidió a su primogénito que se hiciera cargo de los pagos que restaban. Carlos aceptó el deseo de su madre y de su patrimonio personal ha estado pagando desde que falleciera la Duquesa, hace más de año y medio. Hace apenas quince días, el XIX Duque de Alba firmaba la última y con ello liquidaba la hipoteca, convirtiéndose Díez en dueño de su residencia sanluqueña, como así consta en el Registro de la Propiedad de Sanlúcar de Barrameda, Cádiz. La casa, en el centro urbano de la localidad, tiene un terreno total de 150 metros cuadrados y una superficie construida de 228 metros cuadrados, de los cuales 190 son útiles. Consta de planta baja a nivel de calle con patio interior, lo que proporciona luz natural a todas las estancias de la vivienda, y un primer piso con una generosa azotea. El edificio, sin ser muy antiguo, se encontraba en buen estado, pero Díez quiso hacerle una reforma que llevó a cabo el arquitecto Diego Noguera, amigo de la familia, que también pagó íntegramente Cayetana y les llevó varios meses. Coincidió con el verano en el que hubo rumores de supuestos problemas entre la pareja porque Cayetana iba de vacaciones a Ibiza y él estaba solo en Cádiz. Falsos rumores, pues precisamente Díez estaba supervisando las obras de su casa de Sanlúcar.

No es muy grande para lo que Cayetana acostumbraba, y se adecuaba a lo que él quería, algo pequeño, muy cerca de la calle de la Bolsa, que es la principal de la ciudad, y en el barrio bajo, que está más cerca del mar. El alto es donde se encuentran las casas buenas y los palacios como el de Medinasidonia. En la planta baja hicieron un dormitorio con baño y un saloncito para que Cayetana no tuviera que subir escaleras. Arriba hay otros con sus baños, otro salón, la cocina y el comedor. Necesitaban dormitorios porque la Duquesa requería los servicios de su doncella. Además, Alfonso cuenta con una asistenta de confianza que, cuando era necesario, ella y su marido se desplazaban hasta Sanlúcar para asistirles porque allí nunca han tenido personal de servicio. La casa, aunque no tenga garaje, se encuentre en una calle pequeña y no tenga vistas, es muy agradable y él supo decorarla con muebles que se trajo de Madrid y que compró por la zona. Su estilo es tirando a clásico con algún toque moderno, pero muy confortable.

Sin apego

Alfonso, con el tiempo, fue descubriendo Sanlúcar, que conserva el encanto de los pueblos del sur de España y su calidad de vida. Con Cayetana, mantener esta casa tenía un sentido, pero sin ella, aparte de alternar con las Bustillo, las Barbadillo o las Florido, que son residentes fijas y con las familias del verano como los Orleans, de la Cierva y Pilar de Gregorio, tendría poco que hacer allí.

Ahora que ya tiene su casa pagada y que no es su lugar favorito para retirarse, ni tampoco le unen lazos afectivos porque Cayetana la pisó poco, podría estar pensando en venderla; de momento, con comentarlo entre su círculo es suficiente. Aún no se ha puesto en manos de una inmobiliaria y tampoco quiere especular con la venta, que rondaría un poco por encima de lo que costó. Su venta le permitiría ahorrarse los gastos de tener otra vivienda y, aunque nunca contó con servicio doméstico fijo en la casa, sí que se ahorraría, por ejemplo, los 300 euros de IBI. Quizá es el momento de volver a su idea inicial, que comentó entre sus amistades: comprar un piso más grande en Madrid en el que poder recibir con más comodidad, y otro más pequeño en Sevilla. En la capital andaluza sí que ha heredado el grupo de íntimos de su difunta esposa y le gusta pasar unos días allí. Por cortesía no se aloja en la que fue su residencia, Las Dueñas, un palacio sevillano que al actual duque le gusta frecuentar. Sin ir más lejos, la semana pasada estuvo allí atendiendo compromisos y viendo la buena marcha de la apertura pública de una parte de su palacio. Por el contrario, Alfonso Díez prefiere quedarse en Las Casas de la Judería, que fueron propiedad del duque de Segorbe y que las vendió a un grupo hotelero.

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