Literatura

Madrid

El regalo de Preysler a Vargas Llosa: un gran danés

El Nobel festejó sus 80 años junto a 390 invitados en el Villa Magna, pero el detalle más especial fue el cachorro llamado Céline que le obsequió su pareja

El homenajeado llega a la celebración en Madrid junto a Isabel Preysler
El homenajeado llega a la celebración en Madrid junto a Isabel Preyslerlarazon

El Nobel festejó sus 80 años junto a 390 invitados en el Villa Magna, pero el detalle más especial fue el cachorro llamado Céline que le obsequió su pareja

Isabel Preysler y Mario Vargas Llosa llevan una semana festejando el cumpleaños del premio Nobel. Apenas tres horas antes de que llegase la hora H, esa que reunía en una cena a 390 personalidades llegadas de medio mundo para conmemorar la onomástica del escritor, Isabel atendía a LA RAZÓN y nos contaba que las celebraciones comenzaron «hace siete días y creo que aún estaremos quince más en ello». El trasiego por la casa de la urbanización madrileña de Puerta de Hierro es un no parar de regalos que le están llegando desde todas las partes del mundo. Pero, sin duda, como dice Isabel, «los que Mario más agradece son los sentimentales, y que tantos amigos hayan venido para estar con él». En especial su hijo mayor, Álvaro, que es el que representará a todos los que tuvo con Patricia, su ex mujer, y que se aloja en el piso madrileño del Nobel.

Por parte de Isabel iba a ser Tamara Falcó la que acudiría a la cena en el hotel de la Castellana, pero una alergia repentina le impidió acompañar a la pareja. Tampoco Ana Boyer pudo acercarse porque está en Estados Unidos con su novio, Fernando Verdasco. Sin embargo, el día estuvo lleno de sorpresas para el escritor. Ayer, sobre las seis de la tarde, se presentaban en el domicilio de la pareja Enrique Iglesias y su novia, Anna Kournikova. Bromeo con Isabel sobre la suerte que tiene su novio de que el cantante internacional le obsequie con un mini concierto privado y me quita de la cabeza tal idea: «Enrique y Anna vienen porque están de paso por Madrid. Tenían tan sólo una hora libre y han querido venir a casa para felicitar a Mario». Contó también que «hemos comido Tamara y yo con él y en el postre ha subido todo el servicio y le hemos cantado todos delante de la tarta de chocolate, que es su favorita, mientras soplaba las velas. Se la hemos hecho en casa, la cocinera hace unas tartas buenísimas. A Mario le gusta el chocolate igual que a mí, menos mal que coincidimos en muchas cosas», dice.

Después de la comida familiar, Vargas Llosa se retiró a ultimar los detalles del discurso de agradecimiento que pronunció por la noche durante la cena, e Isabel siguió con su rutina diaria. A las cinco en punto, Blas, su entrenador personal, estaba listo para ponerla a punto, pues Isabel es tan minuciosa que ni en un día tan estresante como el de ayer perdonó sus ejercicios.

La celebración más especial del escritor no sucedió anoche, sino la jornada anterior. Justo cuando el reloj daba las doce y un minuto del día 28 de marzo, Isabel y Mario descorchaban una botella de champán y brindaban por ellos durante una cena romántica para dos en la casa de Puerta de Hierro. El vino lo escogió Mario y el menú lo ideó Isabel, sabiendo que en el hotel cenarían merluza. Los dos solos, con su música, sus velas y su charla –ambos son grandísimos conversadores–, cenaban tranquilamente en casa. Ése era el mejor regalo. Un poco diferente al que tuvo Preysler, hace apenas un mes, cuando era ella la que cumplía 65 años. En esa ocasión, la celebración fue una comida familiar en casa «con las niñas (Tamara y Ana), Fernando y mis sobrinas, las hijas de mi hermana Beatriz. Luego nos fuimos solos un fin de semana a la Finca Cortesín en Málaga porque queríamos estar tranquilos y pasear –que aquí en Madrid no podemos porque nos siguen un montón de fotógrafos– y nos apetecía dar grandes paseos los dos, tranquilos», recuerda.

- «No me ocupé de la cena»

La cena de anoche fue el acto social e institucional previo al seminario que tiene lugar hoy en la Casa de América de Madrid. No es una fiesta de amigos de la pareja, de hecho, «sus íntimos» estarán ausentes. En el evento no ha tenido nada que ver Preysler: «No he tenido que ocuparme porque fue preparado por la Fundación Internacional para la Libertad y la Cátedra Mario Vargas Llosa. Habrá discursos y, por supuesto, Mario también hablará. No es una cena de gala de trajes largos y esmoquin, como se ha dicho. Por supuesto que es elegante, pero a los hombres se les pide traje de chaqueta. A nosotros nos han citado a las ocho y veinte, pero Mario es muy estricto con los horarios y él siempre quiere llegar antes, aunque nos han pedido que no vayamos tan pronto», explica.

Cuando le pregunto qué le ha regalado a su pareja, no suelta prenda: «Pregúntaselo a él», dice. Le apunto a que es un buen momento para pedirle matrimonio o que, incluso, el escritor ya se lo hubiese pedido: «No, no ha sido eso. ¿Por qué quieres casarme?» «Bueno, Isabel, porque él está loco de amor por ti», le digo. Sin respuesta. Así acaba nuestra conversación, que retomamos tres horas después, pero ya en la puerta del hotel Villa Magna, rodeados de cientos de periodistas y donde, por cierto, ayer a las seis de la tarde cuando me acerqué por el hall no se notaba que horas después fuera a concentrarse allí tal cantidad de académicos, presidentes, ex presidentes y empresarios. Ni más seguridad, ni trasiego de floristas, ni perros husmeadores, ni photocall que identificase que en ese espacio iba a tener lugar la cena por el ochenta cumpleaños de un hombre que está entrando en la mejor época de su vida.

Sin embargo, el ambiente era otro cuando, quince minutos antes de las nueve de la noche, entraban cogidos de la mano Vargas Llosa e Isabel, que lucía un ceñido traje de Andrew GN. Salió a recibirles su hijo Álvaro y, en ese momento, ella me ve y me presenta al celebrado, que me coge con las dos manos y me dice que Isabel le ha hecho el regalo que más deseaba: «Un cachorro de gran danés que ya tiene nombre, Céline, y se criará en España». A su vez, su hijo cuenta que él le ha traido un hipopótamo de piedra comprado en Ecuador, «porque mi padre es un enamorado de esos animales y los colecciona». En ese momento llegan Mar García Vaquero y Felipe González, que le regalan una joya creada por el ex presidente.

Las mesas llevaban los nombres de las obras y ensayos del peruano y se sirvió, además de merluza, timbal de pollo escabechado y verduras primavera. De postre, capricho de queso y corazón de frambuesa con su sorbete.