El regreso de los restos de los reyes a Italia abre la polémica

Algunos sectores de la sociedad transalpina siguen repudiando, 70 años después, a unos monarcas a los que consideran traidores

  • Elena de Montenegro y Víctor Manuel III, el día de su boda en 1896, cuando él eran entonces príncipe de Nápoles
    Elena de Montenegro y Víctor Manuel III, el día de su boda en 1896, cuando él eran entonces príncipe de Nápoles

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17 de diciembre de 2017. 23:37h

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17/12/2017

Italia sigue hoy sin perdonar la traición de sus últimos reyes. Han pasado siete décadas desde la última vez que Víctor Manuel y Elena de Saboya pisaran suelo italiano. Tras un reinado que contribuyó a poner fin a la monarquía y la vida y muerte de ambos en el exilio, este fin de semana, los restos mortales de los que fueron los reyes que no impidieron el fascismo han vuelto, rodeados de polémica, a suelo transalpino, donde finalmente serán enterrados juntos.

Tras años de negociaciones diplomáticas entre Italia y la Casa de los Saboya, la presidencia de la República ha aceptado la vuelta de los restos mortales de los monarcas italianos. El pasado viernes llegaba el cuerpo de Elena de Saboya al Santuario de la Natividad de María, en la localidad de Vicoforte (Piamonte), después de un viaje desde Francia donde había fallecido. Y, en el día de ayer, aterrizaba en un vuelo militar desde Egipto el féretro con los restos mortales de Víctor Manuel III cubierto por la bandera tricolor con el escudo de la monarquía italiana.

No han sido pocas las reacciones ante la noticia. Parte de la casa real del país se ha mostrado contenta con dicho gesto y así se lo ha agradecido públicamente al presidente de la República, Sergio Mattarella. En el mensaje, María Gabriela de Saboya, nieta de los reyes, expresa, además, la esperanza que tiene en que «el retorno a Italia de los monarcas ayude a recordar el 70 aniversario de la muerte de su abuelo, Víctor Manuel III».

Las reacciones de la comunidad hebrea tampoco se han hecho esperar. Tal como recoge el periódico «Corriere della Sera», Noemí di Segni, presidenta de la Comunidad Judía de Italia, ha mostrado su preocupación por la llegada de los restos de los soberanos aludiendo a que Víctor Manuel III nunca obstaculizó el ascenso del régimen fascista en Italia. Di Segni argumenta que con ello se está fomentando «la pérdida progresiva de la memoria histórica y los valores fundamentales». Además, explica que «la llegada de los reyes a suelo itálico coincide con la víspera de un año marcado por muchos aniversarios, como los 80 desde la firma de las Leyes Raciales». Controversias aparte, es un hecho que los restos de los últimos reyes transalpinos reposan ya en Italia. Un país que, a pesar de ofrecerle la sepultura eterna, no olvidará que fueron traicionados a la suerte del fascismo.

Los Saboya: Volver después de muertos

Hace años me invitaron a ser «Guardia d’Onore alle Reali Tombe del Pantheon», institución formada en 1878 para custodiar las tumbas de la Familia Real italiana y mantener viva su memoria. Sus miembros hacen guardia ante las sepulturas de los Saboya. Las hay por doquier, desde Redipuglia, donde está Manuel Filiberto de Saboya-Aosta, o Kenya, donde se encuentra su hijo Amadeo, a la catedral de Turín, donde yace Manuel Filiberto de Saboya, «Testa di Ferro» o la catedral vienesa de San Esteban, donde está Eugenio de Saboya. Cuando falleció Humberto II, hijo de Elena, fue sepultado en la Abadía de Altacomba, Alta Saboya. Más tarde enterrarían a su mujer María José, cuyo exilio les separó y la muerte reunió. Allí descansan los condes y duques de Saboya: Aimone, Amadeo IV, V y VI, Filiberto I, Felipe I y II o Umberto III. Cerca de Turín está Superga, en cuya cripta Víctor Amadeo II, rey de Sicilia y de Cerdeña, hizo ubicar las tumbas de 62 Saboyas: Víctor Manuel I de Cerdeña o Fernando de Saboya, duque de Génova, hermano de Amadeo I de España, y padre de Margarita de Italia, esposa de Humberto I. Amadeo I y la reina María Victoria yacen también en Superga, al igual que Carlos Alberto, que concedió en 1848 el «Estatuto Albertino», así como su mujer María Teresa de Austria-Toscana; o María Clotilde de Saboya, esposa de Jerónimo Bonaparte, que tanto la hizo sufrir y que reposa junto a ella.

Viviendo en Buenos Aires, visité las sepulturas de Aimón de Saboya, fugaz rey Tomislav II de Croacia, hoy ya en Superga, padre del actual Duque de Aosta. El marido de Elena, Víctor Manuel III, fallecido en el exilio en Alejandría, Egipto, fue enterrado allí, en Santa Catalina. Setenta años más tarde, sus restos fueron trasladados al Santuario de Vicoforte, donde está enterrado Carlos Manuel I, y donde ha sido trasladada Elena de modo sorpresivo para muchos miembros de la familia, que esperaban que el Panteón de Agripa fuera su última morada, como lo es la de Víctor Manuel II, Humberto I y la reina Margarita. Asistí en Florencia, en el Palazzo Vecchio, a la entrega póstuma a la reina Elena, ya «Sierva de Dios», del Florentiae Rubrum Lilium, roja lis símbolo de la ciudad, en premio a sus desvelos por enfermos y necesitados. Lo recibió Mafalda de Hesse. Afecto y buenas obras permanecen, «al di là della morte».

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