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Julio Iglesias se une a la desbandada de la jet-set marbellí

«Descontento por la “alcaldada” de negarle permiso para dos nuevos caminos hacia su casa, se marcha siguiendo los pasos de Deborah Kerr y Sean Connery.

  • Julio Iglesias se une a la desbandada de la jet-set marbellí

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17 de marzo de 2018. 04:13h

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17/3/2018

Confrontación en puertas de la Semana Santa, ya más vacacional que piadosa. Marcará la temperatura de nuestros gustos veraniegos, mientras entristece y también alarma que Julio Iglesias anuncie que vende su casa de Marbella, y no parece que por necesidad económica. Habrá algo más. Compró hace diez años y pretendía convertirlo en su cuartel general. Está en las alturas de Ojén, zona más barata y menos super-vip, bastante alejada de Puerto Banús, que sigue como eje principal de ese centro del ocio, el exhibicionismo y el lucimiento barroco de dorados, algo consustancial de la ciudad que, aunque muy playera, se pirra por un rebrillo. Le da carácter y, como ocurre con el paseo principal de St. Tropez, que tanto se asemeja a nuestro foco veraniego, sirve de ojeo entretenido desde el Torreón, donde siempre amarraba su Giralda don Juan de Borbón, hasta las proximidades del Hospital de la Costa del Sol.

El censo marbellí se resiente y acusa la baja que, sin duda, afectará al abarrote agosteño, aunque ya no sea el Julio de antes. Abundan los que huyen de la costa ante la incómoda avalancha visitadora. Es indigesta fruta de estación, como sucede también con Ibiza, donde muchos habituales han cambiado la isla, antaño hippy. Recibió la primera expedición «bocacciana», considerada como tal en un vuelo nocturno desde Barcelona que duró cinco horas y que hizo historia no solo por cuánto se estiró, sino también por el ambiente despepitado promovido por el aburrimiento de tal desplazamiento, que hoy no dura más de cuarenta minutos. Hablamos de otros tiempos. Nadando hubiésemos llegado antes.

La demora dio pie a mucho descorche, bien se acuerda Carlos Martorell, entonces llamado «príncipe de Ibiza», y al pisar tierra fue consigna menear las botellas de champán con el consiguiente resultado explosivo. Las autoridades locales, que pese a ser madrugada esperaban a los proclamados vips –inolvidables las consortes arrebujadas en toquillas–, reaccionaron y consideraron al grupo indeseable y «non grato». Así lo comunicaron a los hoteles que los esperaban y, ante la imposibilidad de volver a la Ciudad Condal porque el avión siguió otra ruta, tomaron la solución menos dramática: instalarse con el estigma de «non gratos» de bailoteo en el Lolas Club, el local que cerraba más tarde.

En plena euforia champanera y excitados por la inesperada aventura, se entregaron al baile hasta que Anna Maio y Rosa Regás avisaron de que ya habían logrado nuevos alojamientos. Encabezado por Antonio de Senillosa, fue un escándalo en esa Barcelona cinco estrellas y aquello marcó con sentido lúdico los sucesivos viajes de la discoteca que marcó récords llevando hasta Nueva York a 500 pasajeros o algo tan imposible como reunir muchas noches a Vargas Llosa y García Márquez, entonces amigos y vecinos en la barcelonesa Bonanova porque Carmen Ballcels acunaba el «boom» hispanoamericano.

Marbella siempre fue diferente, con más estilo, aire y vestimenta a la madrileña; con mucho cuello duro y encorbatamiento nada playero, uniformando con blazer. Ibiza imponía aire «decontracté» y arremangada camisa. Mientras en Ibiza sus residentes se divertían de puertas adentro, Marbella se hizo para la noche rutilante con Gunilla de musa, odiada por Jesús Gil. Luego llegaron los jeques. El saudita rey Abdullah cogía hoteles enteros para su séquito de quinientos servidores. Todo eso cambió, variaron tales exhibicionismos y lo que antes solo era para élites se masifica y abarata en verano. Quizá por eso Julio Iglesias, que durante muchos años odió Marbella porque allí veraneó sus primeros tiempos con Isabel Preysler, al final rectificó ablandado por el dinero. Vende en 150 millones, descontento del parece que maltrato al negarle permiso para trazar dos caminos nuevos hacia su casa.

Algo que tomaron por «alcaldada» –y no manda ya Gil y Gil–, así lo padecieron años atrás el príncipe de Hohenlohe, que fundó Puerto Banús y acabó marchándose, al igual que Deborah Kerr, actriz afectada por otra negativa, ella tan inolvidable en señorío, a quien le partieron el jardín, o el Sean Connery con licencia para matar y no para cambiar límites. Se fueron jurando en arameo. El caso de Julio, en sus 450 hectáreas de casoplón comprado a Curro Romero, no creo que marcharse empeore aquello. Mira al Mediterráneo –alejado pero en la alturas– con siete habitaciones, ocho baños y hasta helipuerto. Julio la usó poco, al contrario de la que tiene en el miamero y popular Indian Creek, tan diferente al que conocí cuando secuestraron a su padre un final de diciembre. Al bendecirla, su santa madre recomendó al sacerdote: «Aquí, padre, eche mucha agua bendita, porque habita el demonio». Lo vi y así lo cuento, doña Charo era de un catolicismo exacerbado y nos obligaba a ir a la misa dominical. El cantante ahora apenas lo visita –allí viven Miranda y los niños, para ellos la agrandó–, él prefiere el tomateo social más desinhibido, ardiente y excitante de Punta Cana.

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