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La Kidman se ríe

La actriz estadounidense vuelve a estar en lo más alto al protagonizar «Destroyer», una película en la que interpreta un papel inesperado y aparece irreconocible al encarnar a una detective policial

  • Nicole Kidman durante la gala de los Hollywood Film Awards
    Nicole Kidman durante la gala de los Hollywood Film Awards

Tiempo de lectura 4 min.

07 de noviembre de 2018. 14:17h

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Julio Valdeón 7/11/2018

De Nicole Kidman llegaron a decir que estaba acabada. Incluso especulaban con que algunos directores consagrados bromeaban con su rostro tan operado, tan sometido a los rigores del bisturí, que parecía haber perdido cualquier expresividad. Aquella gélida dulzura, aquella sonrisa «vamp», que le permitió ser «sex symbol» en los ochenta. La capacidad cameleónica para resugir como Virginia Woolf en «Las olas». O la belleza de porcelana rubia con la que conquistó el poema final de Stanley Kubrick.

Pero la diva que enamoró a Tom Cruise y trabajó con Alejandro Amenábar no está jubilada. Ni muchísimo menos. Y tiene juguete nuevo. «Destroyer», dirigida por Karyn Kusama, de la que conocíamos títulos como «The invitation», «XX», «Jennifer´s body» y «Girlfight», y donde comparte reparto con Toby Kebbell, Sebastian Stan, Bradley Whitford y Tatiana Maslany. Para entendernos, se trata del típico papel que permite a las diosas y dioses de Hollywood exhibir un rictus dolorido y demostrar que también ellos lloran. Una actualización de todas las palizas que recibió en su día Marlon Brando, quizá el actor que mejor sabía encajar y hasta disfrutar los golpes. En el caso de «Destroyer» se trata de la historia de una agente de la policía de Los Ángeles, atrapada en un explosivo y sangriento relato de narcotráfico y venganzas.

Desaparecer por completo

Nada de lo que Kidman haya hecho antes te prepara para este papel, viene a decir el crítico Petyer Debruge en «Variety», que añade que la cinta, deudora de la dureza de un director tan potente como Don Siegel, permite a la australiana desaparecer por completo en su papel. Hasta el punto de que no le sorprendería que algunas personas tarden en reconocerla. Durante uno de los pases del preestreno, y a preguntas de Pete Hammond, de la revista «Deadline», Kidman explicó que algunos personas requieren una dosis extra de audacia. Interpretarlos en sumergirse casi en «un reino diferente». «Hay rabia y vergüenza», añadió, «desconfianza y dolor, y también una persona muy sensible allí». Durante el mismo encuentro el director de la cinta, Kusama, comentó que llevaba tiempo con la idea de trabajar en un relato centrado en asuntos como «la responsabilidad personal» y la «responsabilidad moral».

Material combustible, lejos de las facilidades morales del posmodernismo, para un «noir» poco arquetípico. «Con una mujer realmente interesante y complicada en el centro». Con una actriz, claro, que a estas alturas del partido trata de ganar lo más complicado. El derecho a seguir aspirando a grandes papeles a una edad peligrosa para las actrices. Relegadas por unos productores miopes y un público adicto a la efebocracia. En su contra, y a pesar de la exhibición interpretativa, un guión que por momentos no sabe bien hacia dónde dirigirse. La sobredosis de hipérbole, el exceso de maquillaje y grasa, los subrayados, el gusto por el feísmo, la confusión entre autenticad y miseria amenaza con descarrilar la aventura. Pero ahí está Kidman, imperial, intocable, madura y bellísima, inteligente y dura, mucho, para carcajearse la última y demostrar que el futuro nadie sabe, pero desde luego el presente todavía le pertenece.

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