Famosos

Lequio, un jugador de golf que está en el ojo del huracán

Lequio y su mujer, María Palacios
Lequio y su mujer, María Palacioslarazon

Recomendaría a mi querido Dado Lequio que obligase a tomar medidas. Conocer la extensión acreditaría la fama bien ganada de los Borbones. A veces superó a la de sus reinados. Hizo época y creó leyenda. Sería prueba concluyente de lo soltado ligeramente por Olvido –un nombre premonitorio– Hormigos. Lo hizo sin avergonzarse, a estas alturas, ante su marido, casi complacido en publicitar algo que debía resultarle patético, oprobio, vergüenza pública y sentirse un cero. Pero se mantuvo estoico, sonriendo en momentos, acaso en vengativo regocijo oyendo las presunciones de una mujer a la que admite todo. Me pregunto por qué, por qué esa pachorra mientras ella añadía una muesca en su disparadero sentimental. Parece inacabable y siempre le sirven de operación rescate. La relanza tan canallesca posibilidad casi antifemenina sin ninguna consideración a la próxima maternidad de María Palacios. Oí decir que María al principio creyó lo que parece un cuento bien urdido, y ojalá lo fuese –no sé, no sé–, abundante en pistas reveladoras que cualquiera podría conocer. Y dudo, conociendo lo ordenada que es la joven condesa Lequio, ya 17 años con Dado, que tuviera su ropa colgada frente a la cama. Doctores tiene el caso y ellos sabrán. Pero ni Sherlock Holmes haría un caso con tan poca precisión –más bien maliciosa y jorobadora imprecisión diría yo– que sé cómo se las gasta caro Dado.

Lo descubrimos tras su aterrizaje como relaciones públicas en la Fiat española, a donde llegó recomendado por los Torlonia. Aún son linajes en la República italiana. Conservan estas sagas dinásticas con el mimo que dedican a la Fontana de Trevi, las termas de Caracalla o el napolitano castillo del Ovo, allá en la Santa Lucía tan cantada por grandes voces. Un clásico del repertorio musical italiano, como estos lances de Dado desde que abandonó a su esposa Antonia Dell’Ate, prendado de una retozante Ana Obregón. Del enganche nació el insociable Álex, que en su más tierna infancia se zampaba los micrófonos. Con los años y la experiencia americana no cambió, más bien lo contrario. Igual que crecía de estatura, aumentó su autoritarismo. Hace pocas semanas comprobé que Ana se dirige a él con paños calientes, no vaya a molestarse y tenga uno de sus arranques.

Pero vuelvo a mi amigo el conde conquistador, que tanto juego dio en un tiempo mostrando semivergüenzas en la portada de «Interviú», que le pagó 45 millones de pesetas, y eso que abarataron el reportaje porque incluía a Sonia Moldes fingiendo leer un libro que estaba boca abajo. Causó cachondeo general. Comí con ellos varias veces, ella estaba rendida y colmada. Pero le aburrió atosigándolo con memeces que Lequio detestaba. Rompieron tras exprimir la larga historia, igual que la descarada Hormigos hace ahora, parece que aplaudida por su pareja. Verlo tan consentidor sentado en el plató del trinque producía sonrojo. Como el comentario de alguna tertuliana, también en la lista de enamoradas y fugaces rendidas víctimas del donjuán «made in Italy». Supe de esa relación, intuí que no pasaría de un «aquí te pillo» lleno de curiosidad informadora –al fin de cuentas comparten estudio– y sé que algún malvado ya proyecta recuperar instantáneas de la época enfrentando ese intrascendente caso al maquinado por la ex concejala impúdica.

Tres años después alucina que exhume detallando tres meses de encuentros nada furtivos donde sólo retozaban los miércoles, al contrario de un Berlanga glosando que «los jueves, milagro». Mientras tanto, María y Alessandro pasan unos días en el norte de Irlanda jugando al golf... porque la distancia es el olvido. Elegantes, al fin y al cabo. No dudo de que Dado cayese en la trampa, pero me cuesta digerir que lo hiciese con alguien más aparente que interesante. Él es cultivador de buenas maneras. «Ni quitábamos la colcha, lo hacíamos encima de la cama», precisó la toledana. No sé si ofende más la posible infidelidad que el hecho de hacerlo con semejante ser. No lo creo tan barato.