Los cómplices del depredador sexual de Hollywood

Todo apunta a que en la meca del cine eran de sobra conocidas las escandalosas prácticas de Harvey Weinstein. Mientras Oliver Stone calla, Jane Fonda asegura que se arrepiente de no haber hablado antes.

Gwyneth Paltrow junto a Harvey Weinstein en 1998, año en que ganó el Oscar por su papel en «Shakespeare in Love»

Todo apunta a que en la meca del cine eran de sobra conocidas las escandalosas prácticas de Harvey Weinstein. Mientras Oliver Stone calla, Jane Fonda asegura que se arrepiente de no haber hablado antes.

No hay paz ni perdón para el ángel caído. Tampoco la hubo antes para la interminable lista de actrices a las que habría acosado, maltratado e, incluso, violado. Harvey Weinstein (Nueva York, 1952) mandarín áureo del Hollywood forjado en los noventa, que plantó cara a los estudios tradicionales y edificó un imperio, caballero de la Legión de Honor, amigo de los Clinton y los Obama, rutilante mecenas del partido demócrata y gran campeón de las causas liberales en EEUU, descubridor y valedor de iconos del calibre de Matt Damon, Ben Affleck, Quentin Tarantino, Kevin Smith y Steven Soderbergh, acumula ya tal cantidad de denuncias y repudios en las últimas horas que parece improbable que algún día regrese de entre los muertos. Ni las declaraciones de sus portavoces, que aseguran que Weinstein está convencido de que en esos encuentros siempre medió el consentimiento mutuo, ni su anunciado viaje a una clínica europea para tratarse su adicción al sexo, parecen suficientes para salvarle de la vergüenza pública. Veremos si no acaba delante de un juez y enfrentado a penas que podrían ir de los 5 a los 25 años de cárcel.

Según le contó la actriz Asia Argento a «The New Yorker», Weinstein la aterrorizó y la obligó a mantener sexo oral. Consciente de que estaba ante el hombre más poderoso de Hollywood, Argento cedió al chantaje. Su peripecia, vieja como las colinas de Hollywood, recupera la figura sombría del productor que acosaba a las camareras que soñaban con firmar autógrafos.El cuento, mil veces repetido, por algo será, del tiburón que acudía a las pruebas para elegir reparto con la mirada líquida del carnívoro al acecho. Siempre pendiente de las debilidades de las aspirantes. De nada le sirvió a Weinstein su angustiado correo electrónico del pasado domingo dirigido a varios de los pesos pesados de la industria del cine para suplicar socorro. Sabía que faltaban días para que el «New York Times» y el «New Yorker» publicaran sendos reportajes donde explican al detalle su catadura de depredador sexual sistemático. Nadie salió a apoyarle.

Audiciones al desnudo

Entre las actrices totémicas que habrían sido víctimas de sus insinuaciones y abusos figuran Angelina Jolie y Gwyneth Paltrow. También Rosana Arquette y Mira Sorvino. Y Tomi-Ann Roberts, a la que siendo menor de edad habría recibido desnudo en su suite e instado a desnudarse como parte de la audición. Y Louisette Geiss, actriz que afirma que en 2008 le prometió que le aprobaría un proyecto si se quedaba en la habitación del hotel donde la había citado y le miraba masturbarse. Y Ashley Judd, a la que repetidamente habría pedido que le contemplara ducharse, y que en declaraciones al «New Yorker» señala que el asunto del productor era bien conocido y que «ya es hora de que empiece a hablarse de ello públicamente». Y Dawn Dunning, a la que habría prometido protagonizar tres películas, y tenía los supuestos guiones delante suyo, si ella aceptaba mantener sexo «por tres vías distintas» en ese momento. Y Emma de Caunes, a la que acosó en 2010. Y Ambra Battilana, a la que sobó en 2015 y que acudió a la Policía para luego retirar los cargos. Y Judith Godreche, a la que habría manoseado en Cannes, en 1996. Y Katherine Kendall, a la que habría perseguido desnudo por la habitación de un hotel en 1993. Y Lucia Evans, a la que habría forzado a realizarle una felación. Y por supuesto un reguero de aspirantes a actrices, modelos sin portadas y maniquíes que nunca ganaron el Óscar. Y Rose McGowan, a la que supuestamente asaltó en 1997 y que acabo firmando un acuerdo de confidencialidad a cambio de una indemnidación de 100.000 dólares. McGowan, por cierto, ha acusado a Affleck de haber ejercido como cómplice necesario. Según la actriz, el protegido de Weinstein sabía lo que ocurría y nunca hizo nada. De hecho, ella misma le habría contado su caso, y según ha confirmado en un intercambio de correos con el «New York Times», no solo calló, sino que habría mentido en su comunicado de esta semana, en el que lamentaba las actuaciones de Weinstein y añadía que nunca dio motivos de sospecha. «Estás mintiendo», le respondió McGowan en Twitter.

A las actrices que denuncian hay que añadir a varias colaboradoras de su estudio, como Laura Madden, a la que habría chantajeado para mantener relaciones y Emily Nestor, que según el mismo periódico solo duró un día en su puesto después de que el «boss» la amenazara con represalias si no se acostaban juntos. A todas ellas, y posiblemente a muchas más, Weinstein las habría situado en la tesitura de optar entre «darse un masaje juntos» y/o practicarle una felación o resignarse a entrar en una implacable lista negra que con seguridad arrasaría sus posibilidades profesionales. El modus operandi se repetía con implacable insistencia. El productor, solo o en compañía de varios ayudantes, se reunía en un hotel con la actriz para hablar de su papel. A final acababan solos y Weinstein, que a veces aparecía con un albornoz, proponía acabar en el dormitorio. No era necesaria enemistarse, solía repetir, por apenas diez minutos de placer.

Tanto Arquette como Sorvino se han declarado convencidas de que su negativa a complacer al productor tuvo consecuencias tóxicas en sus carreras. Ambas destacaron en los noventa y ambas, después de evitarle, habrían sido víctimas de una industria que valoraba por encima de todo el sacrosanto respeto a un hombre acostumbrado a que sus películas fueran minas de oro. Mejor no perjudicar al tipo que nos hacía ricos a todos. Para terminar de redondear las miserias, dentro de sus compañías, primero Miramax y después de Weinstein Company, a medias con su hermano y en la actualidad encuadrada en Disney, operaba una omertá feroz.

Un paso al frente

«Cualquier hombre que humilla de esa forma tiene que ser condenado y asumir su responsabilidad, con independencia de su riqueza y su situación», ha comentado Obama, que llama a celebrar el coraje de las mujeres que «han dado un paso al frente para relatar estas dolorosas historias». Historias como la que Cara Delevingne ha contado en Instagram: «Tan pronto como nos quedamos solos [en una audición, en el lobby de un hotel] comenzó a presumir de todas las actrices con las que se había acostado y cómo había lanzado sus carreras y habló de otras cosas, de contenido sexual, inapropiado, y me invitó a subir a su habitación. Le dije que no rápidamente y pregunté a su asistente si mi coche ya estaba fuera. Ella me respondió que no y que tardaría un rato y que debería ir a su habitación. En ese momento me sentí muy frágil y asustada pero no quería que se dieran cuenta, en la esperanza de que me estaba equivocando». Una vez en la habitación Delevingne descubrió que había otra mujer. Weinstein las ordenó besarse. Afirma que después de un rato logró escapar y que «a pesar de todo conseguí el papel en la película. Siempre he pensado que me lo dio por lo que había pasado (...) Dudé respecto a hablar de lo sucedido... No quería dañar a su familia. Sentía que yo era la culpable. También me aterrorizaba que esto le hubiera ocurrido a tantas mujeres a las que conocía y que ninguna hubiera hablado por miedo». Al fin cayó el muro. «No hay nada que decir», ha comentado George Clooney a «The Daily Beast», «excepto que es indefendible». Cara Buckley y Melena Ryzik, del «New York Times», se preguntan dónde están otros colaboradores de Weinstein, como Tarantino o Robert Rodriguez. Permanecen callados, como tantos, al parecer, durante años.