Margarita vs Harry: La princesa que abrió la puerta a los escándalos

La serie «The Crown» vuelve a poner el foco sobre la que fuera hermana de la reina Isabel y tía abuela del príncipe Harry. Ambos tienen en común que fueron carne de paparazzi y se saltaron las normas de una rígida corona, de la que hoy Harry es uno de los miembros más queridos

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16 de diciembre de 2017. 00:02h

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15/12/2017

Cuando la princesa Margarita falleció en 2002, su sobrino nieto el príncipe Harry no había aún cumplido los dieciocho años. Por la diferencia generacional, la influencia de una en el otro no pudo ser muy acusada, pero lo cierto es que el ponerse el mundo por montera es una actitud que lleva en la sangre Enrique de Gales, como en su tiempo la portó la única hermana de Isabel II. Muchos se sorprenden de que dos tan cercanas en edad y educadas a la vez, como fueron Isabel y Margarita, fueran tan diferentes. Las memorias de su común institutriz Marion Crawford reflejan ya a una niña muy diversa a su más circunspecta y centrada hermana mayor. Pero esta diferencia se explica fácilmente si tenemos en cuenta el carácter de la primera y las tempranas y pesadas responsabilidades que cayeron encima de Isabel II tras la muerte de Jorge VI.

Los segundogénitos no siempre sobrellevan bien su obligado relegamiento, como tampoco, muchas veces, los consortes de reinas titulares. Lo vimos en la España de Isabel II, con el rey Francisco de Asís o en la Dinamarca de hoy con el príncipe Enrique, esposo de Margarita II. Ahora bien, nuestra Margarita tuvo una vida marcada por el truncado romance con Peter Towsend. Su alma con pretensiones de libertad –que algunos calificarían de libertinaje– y cierto espíritu contestatario ya se manifestaba entonces, pero la condición de divorciado del galán militar de la Royal Air Force impedía su matrimonio con la princesa, del mismo modo que años antes, en 1936, el matrimonio de su tío Eduardo VIII con la divorciada Wallis Simpson forzó su abdicación a la corona británica. Cuestión bastante chusca si tenemos en cuenta que el anglicanismo se origina con una pataleta de Enrique VIII por querer declarar nulo su matrimonio válido, lícito y legítimo con Catalina de Aragón, para seguir su capricho de casarse con Ana Bolena.

Margarita intentó rehacer su vida sentimental primero con John Napier Turner, que luego fuera primer ministro de Canadá, hasta que en 1960 se casó con el fotógrafo Antony Armstrong-Jones, más tarde convertido en conde de Snowdon y padre de sus hijos David, actual II conde de Snowdon, y lady Sarah. Tony hacía gala de un desenfreno poco consecuente con su condición de consorte. Quizás ella no superó la ruptura obligada con Townsend o la separación por motivos de trabajo de ambos consortes no ayudó a afianzar la unión. Tal vez tanto a Margarita como a Tony les gustaba demasiado ser el perejil de todas las salsas. Lo cierto es que el matrimonio fue un desastre, adobado por consumo de sustancias poco convenientes y por peleas que terminaron en divorcio en 1978, introduciendo en el «affaire» a un tercero en discordia, Roddy Llewellyn.

«I am Harry»

Enrique de Gales, por su historia vital y su relativamente corta edad, no ha tenido tiempo de tanto. Pero hasta su compromiso con su exótica novia, cuyo enlace se fechó ayer para el próximo 19 de mayo, ha dado más que hablar en sus 33 años de lo que la mayoría de príncipes y princesas de Europa en toda su vida. La trágica muerte de su madre la princesa Diana no ayudó mucho. En el Ejército dio muestras de arrojo cuando afirmó que nunca permanecería en retaguardia si sus compañeros estaban en primera línea de fuego. Como se le impidiera en todo caso, sus compañeros desplegados en Irak llevaron una camiseta con la frase «I am Harry». Pero logró servir en zona de guerra en Afganistán, al igual que su tío Andrés lo había hecho en la guerra de las Malvinas.

En el esporádico consumo de algunas drogas, por blandas que sean, se parece a su tía Margarita, y no le hace ascos al alcohol como tampoco ella se los hacía. Pero uno de los cúlmenes de sus curiosas salidas de tono fue cuando se le ocurrió acudir a una fiesta de disfraces vestido de oficial del Africa Corps nazi, «faux pas» imperdonable para el bisnieto de quien comandó las fuerzas británicas contra Hitler. Su rebeldía juvenil, sus conflictos con los «paparazzi», sus «pilladas» en paños menores o sin estos en Las Vegas, son caras de una moneda. Pero ambos tienen un gran corazón que han expresado no solo en sus enamoramientos respectivos, él con Chelsy Davy, Cressida Bonas o Meghan Markle, ella con Robin Douglas-Home, Peter Sellers y David Niven, sino en saber disculparse cuando han metido la pata o en la actividad humanitaria que han llevado a cabo. Harry fundando en 2006 la organización de caridad Sentebale dedicada a niños y jóvenes de Lesoto afectados por vih/sida, discapacitados o víctimas de abusos, dando su patronazgo a organizaciones como WellChild, Dolen Cymru y MapAction, o participando en competiciones deportivas para recaudar fondos para actividades caritativas. Y Margarita apoyando organizaciones dedicadas a prevenir el maltrato infantil o luchar contra el sida. Vidas con claroscuros, como las de muchos y quizás por eso, apasionantes.

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