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Michelle Obama revela que sus dos hijas nacieron por fecundación “in vitro”

La ex primera dama publica sus memorias en las que deja ver su lado más íntimo y también su posición política. Afirma que nunca perdonará a Trump por propagar el rumor de que el ex presidente no había nacido en Estados Unidos.

  • Barack Obama y Michelle Obama en un acto en Washington este año. REUTERS/Jim Bourg
    Barack Obama y Michelle Obama en un acto en Washington este año. REUTERS/Jim Bourg
Nueva York.

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10 de noviembre de 2018. 04:18h

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Julio Valdeón.  Nueva York. 9/11/2018

Michelle Obama, la mujer anhelada, la comandante de un ejército que nunca será, tiene libro de memorias, «Becoming». Una autobiografía por la que ha cobrado millones, que presenta ya por los platós y que la llevará de gira por EEUU y el resto del mundo. Un libro que, cuentan, responde a las expectativas y encaja en el subgénero de las memorias políticas sin entregarse al panfleto ni rehuir los rincones íntimos. No esperábamos menos de alguien tan brillante y con acceso a cuantos profesionales del sector resulten necesarios a fin de abrillantar el producto.

Como resulta natural, la promoción debe adobarse con su pizca de escándalo. Confesiones, confidencias, sonrisas, reproches, lágrimas. En el caso que nos ocupa, la primera revelación ha sido descubrir que sufrió un aborto involuntario hace 20 años. Lo explicó en «Good Morning America», el programa de televisión de la ABC. Michelle se sintió «perdida y sola». «Sentí que fracasé», dijo, «no sabía lo frecuentes que eran los abortos espontáneos porque no se habla de ellos». A su entender, el silencio conduce a la culpa y la culpa a la asunción de unos errores solo achacables al azar biológico. «Nos encerramos con nuestro propio dolor, pensando que de alguna manera estamos rotas». Para la ex primera dama, «es importante hablar con las madres jóvenes sobre el hecho de que ocurren abortos involuntarios. Lo peor que nos hacemos a nosotras mismas es no compartir la verdad sobre nuestros cuerpos y sobre cómo funcionan». La segunda gran noticia llegó al explicar que «cuando tenía 34 años comprendió que el reloj biológico es real» y que «la producción de óvulos es limitada». Resolvió someterse a un tratamiento de fertilización in vitro. Hubo también tiempo para la política. A semejante nivel y con esas exigencias deja poco espacio para la vida personal. Exige y chupa energías. Hasta el punto de que coloca a sus protagonistas en una realidad al margen de lo que fue su antigua vida. En su caso el problema fue doble porque al principio de todo ella seguía con su trabajo como administradora, no participaba de las tareas de Barack, con el resultado de que apenas se veían. Especialmente desde que él fue elegido senador. Recurrieron entonces a un consejero matrimonial. Gracias a su ayuda, comentó, «aprendimos cómo expresar nuestras diferencias». «Conozco demasiadas parejas jóvenes que luchan y piensan que de alguna manera les pasa algo. Quiero que sepan que Michelle y Barack Obama, que tienen un matrimonio fenomenal y se aman, trabajaron por su matrimonio. Y recibimos ayuda cuando lo necesitamos». El comentario tiene valor añadido habida cuenta de que pocas parejas proyectan semejante hálito de indestructibilidad. Nadie como ellos parece haber sobrevivido a todos los impedimentos sin renunciar a la compenetración de quienes se saben equipo.

Jalear el odio

La descendiente de esclavos, que hizo historia al alcanzar la misma Casa Blanca que levantaron esclavos dos siglos antes, aún hechiza a América. Todavía más si tenemos en cuenta el trauma que viene suponiendo la presidencia de su sucesor, con el que incluso ha entrado en un cuerpo a cuerpo. Michelle lo acusa de jalear el odio. Incluido y en primerísimo lugar el resentimiento contra su propia familia. Trump le respondió con ironía y acusó a su marido de poco menos que arruinar el prestigio y las reservas morales del ejército estadounidense.

En otro registro, delante de las cámaras de la NBC, explicó que trata de disfrutar de la vida después del chute diario de estrés durante ocho años en Washington, ciudad en la que siguen viviendo, pero lejos del rigor de entonces. Le pidieron ejemplos. «Abrir la puerta, salir al patio, disfrutar del clima sentada en mi él. Asistir a las competiciones deportivas de mis hijas, ser una madre». Todo lo contrario al primer año en la presidencia de su marido. Cuando, obsesionada con lo mal que podían pasarlo las niñas, necesitó «varios meses en la Casa Blanca hasta que logré respirar: sabía que la transición no podía ser fácil. Pensé, “¿qué diablos les estamos haciendo? Han pasado la mayor parte de su vida en el centro de la atención internacional, con todas las críticas y los juicios. Pero son sensatas, son humildes, son normales. Ha sido un gran alivio». El alivio de mirar a tu alrededor y comprobar que el peaje no fue letal y que sobrevivirán lejos de la pasarela política. Será complicado, por no decir imposible, que logren convencerla para que vuelva a la arena de los gladiadores. Allí donde la recompensa es grande, la adulación casi infinita y la presión insoportable.

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