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Arcabuces españoles en Pavía

En esta ciudad de Italia, los soldados de Carlos V fueron diestros con las armas de fuego.

  • La batalla de Pavía, óleo sobre tabla de un anónimo flamenco del siglo XVI, Bimingham Museum of Art.
    La batalla de Pavía, óleo sobre tabla de un anónimo flamenco del siglo XVI, Bimingham Museum of Art.

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26 de agosto de 2018. 10:05h

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Por Àlex Claramunt Soto - Desperta Ferro Ediciones.  26/8/2018

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Si en las Guerras de Italia los franceses se revelaron maestros en el uso de la artillería –no en vano, el cronista Philippe de Commines escribía: «Lo que más a los italianos espantaba era la vista de la artillería»–, los españoles se convirtieron en los más duchos en el uso de las armas de fuego portátiles –escopetas, espingardas y arcabuces–, que ya en tiempos del Gran Capitán habían probado su eficacia cuando se las usaba en gran número. En la batalla de Pavía (1525), Francisco I de Francia dispuso de la mejor caballería pesada de Europa y de una maravillosa artillería provista de una innovación que admiró a sus contrarios: afustes que permitían disparar los cañones sin desasirlos de los caballos de tiro. El ejército de Carlos V, en cambio, poseía una caballería mediocre y se vio privado de su artillería al comienzo del choque. No obstante, la coordinación entre las distintas armas fue nula en el campo francés y casi perfecta en el imperial.

En el clímax del enfrentamiento, Francisco I ordenó cesar el fuego de sus cañones y se lanzó al frente de su gendarmería, formada por 3.600 efectivos, contra la caballería imperial. Los franceses, más numerosos, montados en caballos más grandes y vigorosos, y mejor cohesionados, parecían imponerse. Entonces intervino el marqués de Pescara, que comandaba la infantería española. El cronista Juan de Oznaya, paje de lanza del marqués del Vasto –otro célebre capitán, primo de Pescara–, menciona el razonamiento de este, a quien cabe adjudicar, en buena medida, el triunfo de las armas imperiales: «Ya, señores, veis como nuestra gente darmas hacen como buenos lo que en sí es; y si revés o daño han de recibir, ha de ser por ser tan pocos, que largamente hay para cada uno tres de los contrarios; por tanto es menester socorrerlos; y porque no sería acertado ir todos a esto, salga el capitán Quesada con compañía de arcabuceros, y vaya a los socorrer».

Los arcabuceros de Quesada, a los que se fueron agregando refuerzos hasta sumar 800 bocas de fuego, flanquearon a los caballeros franceses y descargaron sobre ellos un fuego nutrido e incesante, «ques cosa de no creer –dejó escrito el soldado Martín García Cereceda– el gran daño que los franceses rescibieron, pues lo que la infantería hizo, en espicial la arcabucería, quiero callar, porque no bastaría mi pluma decillo».

Retirada

Cuenta Oznaya que «el ruido de la arcabucería y el humo puso gran temor a los caballos de los enemigos, tanto que enarmonados muchos dellos, se salían de la batalla sin podellos sus dueños señorear». Los franceses se replegaron para volver a la carga, pero en vano. El clérigo Pedro Vallés, que tradujo una biografía temprana de Pescara escrita por el milanés Paolo Giovio, refiere así lo que sucedió: «Mas los españoles, naturalmente diestros, y cubiertos de armas ligeras, luego se retrajeron atrás con presteza, y dando vueltas a una parte y a otra engañaban el ímpetu de los caballos, y acrecentándose el número [...] sin orden se extendían a escuadras por todo el campo. Era aquel modo de pelear, por sí, nuevo y no usado jamás, y sobre todo maravilloso, cruel y miserable».

Lo más granado de la nobleza francesa pereció acribillada o bien derribada y rematada en el suelo, razón por la cual el poeta galo Jean Bouchet (1476-1557) negó a los imperiales la gloria del triunfo, al considerar el arcabuz un arma indigna de cristianos. La muerte del caballero Bayard en 1524, de un disparo de escopeta (arma más primitiva y de menor calibre que el arcabuz), anticipó el fin de los códigos caballerescos –que tam-bién lamentaba Giovio, como es evidente a tenor de sus palabras–, y Pavía relegó la caballería a un papel secundario.

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EL IMPERIO ROMANO, A SUBASTA

Tras el asesinato del emperador Pértinax en el 193 d. C., Sulpiciano, que se encontraba dentro del campamento pretoriano, comenzó a intrigar para hacerse con la corona. Al tieacinto, comenzó a realizar ofertas monetarias a los soldaados a cambio de la corona. Entonces se desató la más lamentable escena en la que tanto la ciudad como el Imperio fueron puestos en venta. Los pretorianos llevaban la voz a Juliano: «Sulpiciano ofrece tanto dinero, ¿cuánto nos ofreces tú?», y a su vez respondían a Sulpiciano: «Juliano promete tanto, ¿cuánto más tú?». Sulpiciano tenía ventaja, pues estaba ya en el campamento, era prefecto de la ciudad y fue el primero en ofrecer la cifra de 20.000 sestercios. Pero entonces Juliano elevó la cuantía, de golpe, con 5.000 sestercios de más, gritándolo de viva voz y gesticulando e indicando la cantidad con los dedos. Ante esto la tropa, embriagada por la descomunal cifra ofrecida, y temerosos de que Sulpiciano pudiera vengar la muerte de Pértinax, llevaron a Juliano al interior y le aclamaron emperador.

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