El Cordobés y el salto de la rana de ida y vuelta

El diestro, con tanto desparpajo y una sonrisa con más dientes que las teclas blancas de un piano, generó controversia, ya que para unos era un fanfarrón y para otros toda una figura.

  • Manuel Benítez, en una de sus faenas: gloria para unos y astracanada para otros
    Manuel Benítez, en una de sus faenas: gloria para unos y astracanada para otros

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04 de agosto de 2017. 02:12h

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Cecilia García 3/8/2017

Algunos decían que era el torero yeyé por el pelo alborotado y ese flequillo que lucía y su desparpajo, pero era más antiguo de los reales. Sin embargo, con su amplia sonrisa –parecía que tenía más dientes que teclas blancas un piano– y su salto de la rana, ese lance más acrobático que taurino, sedujo a los españoles. Manuel Benítez, El Cordobés se convirtió en el torero más mediático de los 60, aunque nunca fue el más querido por los aficionados. Poco importaba porque abarrotaba las plazas. Los tendidos se llenaban de extranjeros y chicas forasteras veían en él a ese español asilvestrado con el que pasar una noche de pasión.

Embriagado por la fama, el 2 de febrero de 1967 anunció que se cortaba la coleta. «Nactuaré nunca más ni, en festivales. Me voy a dedicar a pintar», explico. Pero él era de los que se van, para quedarse, por lo que el retiro le duró poco. Al poco tiempo de anunciarlo, los empresarios taurinos empezaron a fibrilar porque los aficionados comenzaron a pedir que les devolviesen el abono de la Feria de Abril en Sevilla y en otras plazas. Para ellos, su ausencia era peor que si el Montoro de la época les hiciese una declaración paralela. Rápidamente los que manejaban el cotarro en ese momento –Barceló, Balaña y Canorea, entre ellos– para convencerle de que dónde iba a estar mejor que pisando el albero. Para mí que eso le entró por un oído y le salió por otro, porque El Cordobés era un Neymar de la época y si no veía más parné se pasaba cualquier consejo por la taleguilla. Así, el que se iba a retirar... toreó 109 corridas. De media ganaba 1,5 millones por cada una. En total, más de 163 millones. Yo si hubiera sido él, también estaría todo el día riendo hasta tener agujetas en el estómago.

Volvió y con él las faenas histriónicas tan ruidosas como el chupinazo de San Fermín y mucho más efímeras. Las crónicas afirman que más de una vez, y de 25, entraba con aplausos y salía con pitos.

Mi padre, por ejemplo, le podría haber silbado antes de que saliese del hotel. Camionero, aprovechaba para irse a un coso taurino cuando podía, pero no iba a pagar una perra por él. «Es un payaso», comenta y lo mantiene ahora. Ese salto de la rana a él le parecía la mayor tontería que había visto en un ruedo. Luego, el personaje en sí tampoco le gustaba, «era muy fanfarrón, un pobre venido a más», porque la mayoría de los toreros siempre habían venido de familias humildísimas pero ninguno vendía la pena tan bien como él. Mi progenitor prefería diestros más austeros como Paco Camino, El Viti, Antonio Ordóñez, Antoñete y El Litri, que ese año se despidió de los ruedos. A Curro Romero le tenía aprecio, le entraba por los ojos. Eso sí, solo cuando «El Faraón de Camas» quería, dada su querencia por esas tardes en las que se le cruzaba un cable y huía del toro como de la muerte, que para él era lo mismo. Creo que le veía para ver si daba la penúltima espantá. En San Isidro de ese año, Romero fue detenido y encarcelado en la Dirección General de Seguridad por negarse a matar un toro, por lo que el morbo era un aliciente más para verle durante ese verano.

El Cordobés no solo creaba controversia en el ruedo, también en lo hogares. Mis abuelos por rama materna, Cecilia y Gregorio, estaban embelesados con el joven desvergonzado al que veían por la televisión. Como ocurría entonces, e incluso, ahora, le consideraban como de la familia. Tan flacucho –¡qué hambre ha tenido que haber pasado!– y tan gamberrete... Para ellos era como uno de los sobrinos que se había quedado en Tallarrubias (Badajoz) cuando partieron de Extremadura a Madrid. En una ocasión, mi padre y el abuelo se enzarzaron en una discusión sobre El Cordobés con tanta vehemencia como si estuvieran peleando por las lindes de unas tierras. «¡No sabe ni dónde tiene la mano derecha», comentaba uno; el más mayor replicaba que iba a ser una figura durante muchos años... La conversación subió de tono hasta el punto de que mi abuelo le echó de casa, al tiempo que mi madre se quedaba llorando sabiendo que sí, todavía tenía esposo, pero ignorando si volvería a hacer el paseíllo hasta el salón familiar. Lo hizo. Muchas veces, hasta que esa casa se quedó vacía

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