El calvario del cardenal Mindszenty

El primado conoció la brutal represión comunista y fue torturado por el mismo verdugo que en su día acabó con la vida de Andreu Nin

El primado conoció la brutal represión comunista y fue torturado por el mismo verdugo que en su día acabó con la vida de Andreu Nin.

La vida del cardenal primado de Hungría, József Mindszenty (1892-1975), simboliza el Gólgota. El destino cruel quiso que uno de los verdugos que desollaron vivo a Andreu Nin, líder del Partido Obrero de Unificación Marxista (POUM), en plena Guerra Civil española, se cebase también de modo inhumano con este príncipe de la Iglesia Católica doce años después. Aludimos a su paisano húngaro Ernö Gerö (1898-1973), alias «Pedro», que estuvo a las órdenes del general soviético Alexander Orlov como responsable de la policía secreta soviética (NKVD) en Cataluña. Enigmático e implacable, Gerö fue el principal promotor de las checas barcelonesas.

El 3 de febrero de 1949 se celebró en el Palacio de Justicia de Budapest un juicio que atrajo la atención del mundo entero. El cardenal Mindszenty era el reo acusado de los delitos de traición, espionaje y conspiración para derribar al gobierno comunista. Un año antes, el Kremlin había ordenado a su virrey en Hungría, Mátyás Rákosi, que liquidase el llamado «problema Mindszenty». Rákosi nombró un grupo de hombres sin piedad encargado de cumplir a rajatabla la orden de Moscú. Gëro era uno de ellos, entonces ministro de Transportes y luego de Hacienda.

- Brutalidad sin límite

Aquel grupo de hienas se puso manos a la obra enseguida. Sus métodos, de una brutalidad sin límites, surtieron finalmente el efecto deseado. El juicio duró seis días y el cardenal fue condenado a cadena perpetua. Los observadores se horrorizaron al ver a Mindszenty en la sala del tribunal. Era una caricatura de sí mismo. Célebre por su valor, el verbo fogoso y dramático a la hora de condenar todos los abusos del régimen comunista se había tornado ahora vacilante y sumiso. Caminaba a pasos cortos, como si llevase bolas de plomo en los zapatos. Rara vez levantaba la vista del suelo. ¿Qué fuerza tan sobrehumana había metamorfoseado de aquel modo al vigoroso y enérgico prelado hasta convertirlo en una piltrafa humana?

La noche del domingo 26 de diciembre de 1948, el cardenal fue detenido sin oponer resistencia en su casa de Esztergom, siendo conducido al cuartel de la policía secreta húngara. Empezaron los interrogatorios en su celda ventilada por un solo ventanuco de treinta centímetros de diámetro. Los policías le llevaron pluma, tinta y papel para que redactase un resumen meticuloso del periodo de su vida que arrancaba en octubre de 1945, cuando fue designado cardenal primado. Una hora después, Ivan Boldizsár, portavoz del gobierno, comunicó al pueblo húngaro que el cardenal había confesado todas sus culpas, incluida la de traicionar a la democracia, ser un espía enemigo y lucrarse con moneda extranjera. La noche del jueves, después de permanecer cuarenta horas en pie frente a una pared blanca iluminada con focos, el cardenal se tambaleaba. Tenía los ojos cerrados; le ordenaron dar media vuelta y no se movió. Entró el doctor Gerson con lo que parecían dos grandes vasos de café, pero que contenían en realidad actedrón, una droga sintética que vigorizaba las funciones físicas a pequeñas dosis, produciendo en cambio vértigos y dolores de cabeza si se administraba sin medida. Trajeron una silla e hicieron sentar a la víctima. El médico le sostuvo la cabeza y le llevó el vaso a los labios. El cardenal bebió el contenido de un golpe y abrió los ojos. Poco después, hizo lo mismo con el segundo vaso. El interrogatorio continuó toda la noche. Al día siguiente, cuando llevaba ya sesenta y seis horas de pie, el cardenal estaba desfallecido. «Acaben de una vez conmigo. ¡Mátenme! Estoy preparado para morir», imploró.

- Inyecciones y café

La noche del viernes bebió veintisiete vasos de «café». Tenía los pies y las piernas tan hinchados, que cayó varias veces al suelo. Le quitaron los zapatos y le obligaron a ponerse de pie. Horas después, el coronel Kotlev irrumpió en su celda con dos monjas. Sus cuerpos y rostros desfigurados por la tortura eran terribles. El cardenal trató de juntar las manos para rezar, pero la derecha no acertaba a encontrar la izquierda. Se le inundaron los ojos de lágrimas.

Convertido en un despojo humano, el prelado fue preparado para el juicio tras firmar una confesión. Le administraron entonces varias inyecciones, tratándole los pies y piernas. Pese al suplicio, uno de los ministros comunistas se mostró escéptico con el coronel Kotlev ante la posibilidad de que el cardenal recobrase su actitud normal ante el juez: «Créame –replicó el militar–, si alguna vez tuviéramos que someterle a usted a nuestro procedimiento, ni su misma madre lo reconocería». Gracias a Dios, Mindszenty fue liberado durante la revolución húngara de 1956.

«Confesaré todo lo que quieran»

Cierto día, los guardias llevaron al secretario del cardenal Mindszenty, el padre André Zakár, hasta su misma celda. Tenía el rostro tan hinchado que era imposible reconocerlo. Los cabellos estaban apelmazados por la sangre seca producida por los golpes. Grandes moratones le cubrían brazos y cuello. Los agentes lo sostenían en pie. El coronel Kotlev tuvo que revelarle al cardenal que tenía delante de sí a su secretario, el cual había confesado todas y cada una de las acusaciones. Zákar cayó al suelo y cruzó arrastrándose el cuartucho hacia donde estaba el cardenal para pedirle perdón. Cuando los guardias trataron de ayudarle a levantarse, gritó: «¡No me hagan daño! Confesaré todo lo que quieran. Les suplico que no me atormenten más». El cardenal, conmovido, sólo acertó a balbucear: «Hijo mío...». Poco después, se llevaron al sacerdote y Mindszenty permaneció en silencio dos horas, como si suplicase a Dios su ayuda.

@JMZavalaOficial