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Fernando Sánchez Dragó: «El día en que entramos en la Unión Europea pedí el estatuto de apátrida»

Desde que descubrió Castilfrío de la Sierra, en Soria, no es extraño encontrarle por allí cuando no tiene trabajo en Madrid o en cualquier otro lugar. En este enclave del interior de España está creando su propia «Utopía» cogiendo un poco de las dos culturas que le fascinan, Occidente y Oriente.

  • «El español es un lobo para los españoles. Hay que despoblar el país»
    «El español es un lobo para los españoles. Hay que despoblar el país»

Tiempo de lectura 8 min.

12 de agosto de 2016. 03:15h

Comentada
Julio Valdeón.  10/8/2016

Fernando Sánchez Dragó, lobo feroz de la literatura española entre el epicureísmo y Confucio, la heterodoxia y la Hélade, escribe y lee en su refugio de Castilfrío, Soria. Gasta suelas de argonauta, de viajero libérrimo. Su camino lo jalonan libros imprescindibles, artículos bomba y reflexiones a porta gayola. Siempre dispuesto a jugarse la femoral, caiga quien caiga y le pese a quien le pese.

–Va usted a cumplir 80 años, ¿la procesión va por dentro?

–Y por fuera, pero se trata de una procesión alegre, como las de Sevilla en Semana Santa, llena de vestales, sacerdotisas y coplas. ¡Con decirle que acabo de entregar mi próximo libro y que su título es «Shangri-La. El elixir de la eterna juventud»! Lo sacará Planeta en septiembre. Si llego, claro. Y si no llego, también, porque ya está en imprenta. Stevenson decía que siempre se muere joven.

–¿España tiene remedio?

–¿Remedio? Pero ¡si su enfermedad es congénita, de ésas que llaman raras y no tiene cura! El español es un lobo para los españoles. La única solución que se me ocurre es despoblar la Península, pero no es hacedera.

–Aquí, ¿casi peor que fracasar es triunfar?

–Triunfar es malo en todas partes, porque a los ojos de quienes te aúpan dejas de ser persona y te conviertes en personaje. Pero en España es peor, porque el pecado capital de los españoles, origen de todas sus guerras civiles, es la envidia, la aristofobia, el odio a la excelencia y, por supuesto, la holgazanería. ¿Generalizo? Sí, claro. Escribir consiste en generalizar, en exagerar y en citar.

–Usted es uno de los firmantes del manifiesto «Libres e iguales». ¿Lo somos?

–Lo firmé con escepticismo y citando ese toro muy de lejos, pero no podía decir que no a Cayetana Álvarez de Toledo. Siempre he andado enamoradillo de ella. La igualdad, por otra parte, no es cosa que me parezca deseable. El igualitarismo es una de mis principales bestias negras. La libertad, no, pero es un hecho interior y no guarda relación alguna con las circunstancias políticas, económicas y sociales. Con las familiares, sí. En ellas se topa con su mayor impedimento, fuera del que impone el carácter.

–¿Y los que piden negociar?

–Negociar es pastelear y, en cualquier caso, obliga a renunciar a parte de las propias convicciones. Eso es estúpido e inmoral. Va en contra de mi máximo principio, el de permanecer fiel a ti mismo.

–El auge nacionalista y populista, ¿sorprende?

–El hombre es un animal depredador y en él, como en todo, pesa mucho más la naturaleza que la historia, la cultura, la religión, las ideologías y todas esas vainas. No cambiará nunca. Como oía decir Sinuhé por las calles de Tebas: «Así ha sido siempre y siempre será así». Después del delirio podemita, igualitarista y buenista de Akenatón, volvió el culto de Amón y el mandato de Horemheb. ¡Menos mal!

–Una de las primerísimas veces que Pablo Iglesias copó los titulares fue tras un encontronazo con usted en la radio.

–Sí, lo recuerdo. Fue un encuentro anecdótico. Isabel Gemio me lo soltó sin avisar, a portagayola. Él estaba muy enfadado. Aún no se había puesto la piel de cordero de la socialdemocracia. Me llamó bufón al servicio del poder. Me pareció muy gracioso y ni me inmuté. Estudié en el Colegio del Pilar. Soy muy elitista. Procuro no perder nunca la buena educación. No hay insulto que consiga sacarme de mis casillas. Aplico a esas bravatas la pacífica indiferencia del elefante. ¡Con tal de que no me llamen provocador o crítico literario! Eso sí que me molesta un poquito, pero enseguida se me pasa.

–¿Tenemos los políticos que merecemos?

–Por supuesto... Ése es uno de los peajes de la democracia: la plebe siempre elige lo peor, y hay en la sociedad muchos más plebeyos que patricios. Cosa bien distinta es el pueblo, cuando está educado, como en Japón, por ejemplo. Pero el pueblo sin educación, y ése es nuestro caso, se convierte en plebe.

–¿El tiempo le ha dado la razón con la UE y el euro?

–Salta a la vista que es así, ¿no? Fui el primer euroescéptico. El día en que entramos en la Unión Europea envié un telegrama al ministro de Justicia pidiéndole el estatuto de apátrida. Se armó una buena. Europa está liquidada. Es cochambre tercermundista, buenista, multiculturalista y relativista. Y socialdemócrata, que es la ideología común de todos los partidos imperantes en ella. Le quedan cuatro días. El euro, ese juguetito económico de los políticos, fue como poner una ametralladora en manos de un niño. A los españoles nos costó una pérdida del sesenta por ciento de nuestro poder adquisitivo; ahora, cuando se acabe y volvamos a la peseta, la devaluación subsiguiente nos costará otro tanto. ¡Menudo negoción!

–¿El futuro pasa por China, Rusia, India, etc.?

–El nuevo orden mundial constará de tres grandes bloques: el de China y el sureste asiático, el de Rusia y el del islam. Estados Unidos volverá a la doctrina Monroe y se encerrará en sus fronteras (¡qué alivio!), y Europa se convertirá en un parque temático para que los nuevos dueños del mundo disfruten de nuestros monumentos, nuestra gastronomía, nuestros vinos, nuestros paisajes y nuestras mujeres.

–El otro día le escuché que al fútbol va la plebe y a los toros el pueblo...

–No me lo escuchó. Me lo leyó, supongo, en una de las columnas del «Lobo Feroz». No es necesario explayarse. ¿Hay «hooligans» en los toros? El fútbol es algo equivalente a lo que en Roma fueron los espectáculos de fieras, cristianos (va sin segundas) y gladiadores.

–¿Los ecologistas no deberían defender la existencia del toro bravo?

–Así es. En ningún lugar he palpado más amor a los animales que en los ambientes taurinos. Los antitaurinos, sépanlo o no, son tauricidas: quieren exterminar al animal más hermoso, junto al gato, que queda en la tierra. Se lo dice, amigo Valdeón, alguien que, como yo, aprecia a todos los animales no humanos mucho más que a los humanos. Los ecologistas, en efecto, deberían defender las dehesas y no lo hacen, pero también deberían estar en contra del aborto y, por lo general, no lo están. O, al menos, no lo dicen.

–Usted siempre ha hablado de la dimensión arquetípica de la Fiesta...

–He escrito cientos de páginas sobre eso. No puedo resumirlas aquí. Búsquense en mi «Gárgoris y Habidis» o en «Y si habla mal de España... es español». Añadiré algo: la función del torero es la del héroe en el mundo antiguo... Suministrar a la sociedad la ejemplaridad pública de la que habla, por ejemplo, Javier Gomá en uno de sus últimos libros. ¡Ojalá fuesen los políticos seres tan morales como lo son los toreros!

–¿Hay lugar para el toro, o el lobo, en este mundo?

–En el mundo no queda ya lugar para nada ni para nadie. Estamos en caída libre de entropía. Internet, a la que yo llamo la araña, se lo ha cargado todo. Yo, casualmente, asistí a la aparición del Anticristo: vi a Bill Gates, en el verano del 98, cuando vino a España para anunciar el imperio de la araña... Sus autopistas son las de la desinformación (pues el exceso de información es deformación), la incomunicación móvil en mano, el autismo, la agresividad, la mentira, la injuria, la calumnia, la sustitución del Homo sapiens por el Homo festivus y la barbarie ética y estética.

–¿Veremos alguna vez el fin de la cruzada contra las drogas?

–Esa cruzada, en gran parte, ya ha terminado. Los prohibicionistas han perdido esa guerra en el mundo occidental, aunque en el sureste asiático sigan en ella hasta extremos que rozan el delirio (hablo de Tailandia, de Indonesia, de Malasia, de Japón...). Es una cuestión de sentido común, y al final éste siempre se impone.

–En Soria, concretamente en Castilfrío de la Sierra, ¿encontró Innisfree?

–La diferencia entre un soldado y un guerrero estriba en que el soldado, cuando conquista una posición, se encastilla en ella, y el guerrero vuelve a su montura para conquistar otra. Yo no soy soldado. Soy guerrero. Castilfrío es una etapa y un campamento. Otros vendrán. O no. Ya veremos.

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