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Manuel Borja-Villel: «En el arte hay tanto postureo como en el ‘‘show business’’»

Director del Reina Sofía.

Un privilegio por encima de todos: poder visitar su museo cuando no hay nadie. A solas. Él y las obras

  • Manuel Borja-Villel
    Manuel Borja-Villel

Tiempo de lectura 4 min.

26 de agosto de 2015. 21:09h

Comentada
26/8/2015

El verano al director del Museo Reina Sofía se le está pasando entre traslados y cambios de casa, aunque encontrará su tiempo para descansar y leer, que el curso empieza fuerte en septiembre y todo tiene que estar dispuesto. Manolo Borja-Villel, que nació en Burriana y que, por tanto, es valenciano, es un hombre menudo y lleno de vitalidad. Y un gran visitador de museos al que no se le han caído los anillos por tener que coger una escoba y ponerse a barrer el suelo del suyo. Lean, si no.

–¿Cómo es el director del Reina Sofía como visitante asiduo de museos?

–Depende. No voy solamente una vez, sino que vuelvo para descubrir lo que no he visto en la primera toma de contacto.

–Vamos, que sigue como un plan de visita...

–Le explico. La primera ocasión me sirve para fijarme más en el dispositivo que en la obra expuesta. Después vendrá la siguiente etapa para percibir las piezas. Hay algo que tienen los museos y que no te da el cine o la música, por ejemplo, y es esa posibilidad de hacerlo acompañado, hablando y discutiendo sobre lo que ves.

–¿Con quién, por ejemplo?

–Verlo con artistas es estupendo y enriquecedor. Recuerdo una visita con Hans Haacke en la que vimos obra antigua. Tiene un ojo..., es una persona que ve. O con Luis Gordillo. Con ellos descubres cosas que se te habían pasado por alto.

–Y en esas visitas, ¿le molestan mucho los adictos al «selfie»?

–Yo le diré que siempre me ha producido cierto pudor aparecer en público y que por tanto procuro evitar los «selfies». Yo creo que hacerse uno con una obra de arte detrás es como ir a un concierto y taparse los oídos. Es una muestra clara del narcisismo que vivimos en esta época. Yo veo esta época narcisa no en el sentido de exaltación del ego, sino como un elemento de autismo, de relación escasa con los demás.

–¿Hay mucha impostura en el arte?

–Como en todo. El mundo del arte trabaja con símbolos e imágenes. Gente como Koons o Hirst tienen bastante que ver con una estructura tipo Hollywood. Desde tiempos de Vasari siempre ha habido una estrecha relación entre el arte y la vida. Hoy se añade un elemento de celebridad que cada vez tiene mayor peso. En el arte hay hoy tanto postureo como en el «show bussines».

–¿Disfruta su museo?

–Sobre todo cuando está cerrado. Es así como me gusta verlo porque se vive una experiencia única, aunque me gusta observar a la gente cuando lo visita, de qué hablan.

–¿Le enerva escuchar eso de «esto lo habría pintado mi hijo mejor» delante de un Miró, por ejemplo?

–Yo siempre digo lo mismo, pues que lo haga y así vemos si es mejor o peor. Cuando te excusas diciendo «no entiendo el arte» no pasa absolutamente nada. Uno no se puede molestar. Parece que existe un miedo a decir que no se comprende lo que se tiene delante de los ojos.

–¿A usted también le ha pasado?

–Pues claro. Yo le he llegado a preguntar a un artista si lo que tenía delante era una obra o algo que se había dejado olvidado. Y no pasa nada. Uno aprende porque no sabe.

–¿Enseña mucho un museo?

–Son necesarios, lo siguen siendo. En el mundo de las artes visuales puedes aprender y mucho con otra gente, descubrir al mismo tiempo y es así como se produce una comunidad de afectos. Y en una sociedad de «selfies», los afectos nunca están de sobra.

–¿Un recuerdo cuando pisó el Reina Sofía por primera vez?

–Fue hace muchos años. Yo estaba en la Fundación Tàpies entonces. Vimos la primera parte muy tranquilamente de una exposición de Tàpies y después hicimos el recorrido a toda pastilla con Tomás Llorens porque había una amenaza de bomba. No se me olvida.

–¡Caray! ¿Y ya en su mesa de director?

–Recuerdo una exposición de Nancy Spero. Faltaban algunas cosas por hacer y el tiempo apremiaba y se nos echaba encima, así que cogí el mocho y me puse a limpiar. Entró entonces Soledad Lorenzo y le divirtió la estampa: «Me he hecho toda la sala yo solito», le dije. Fue muy divertido.

–No me creo que no se haya perdido por este embrollo de escaleras y pasillos.

–Al principio sí. Tiene algo de laberíntico, pero no me ha molestado. Perderse es descubrir.

–¿Es un hombre de mar?

–Sí. Cuando miro por la ventana del despacho y veo los tejados de Madrid es como si tuviera enfrente el mar, me lo recuerda. No sé nadar y el agua simpre me parece que está fría. La verdad que no soy mucho de tocar el agua ni de hacer deporte.

–Si no nada seguro que guarda la ropa, pero, ¿a qué dedica el tiempo libre?

–A leer y escribir. Rock no escucho si es lo que me va a preguntar. Prefiero la ópera y, si es en vivo, mejor, porque me apasiona todo lo que tiene que ver con el arte total, siento una enorme atracción por ello.

–¿Echa de menos algo de las vacaciones de niño?

–Quizá aquellos años en los que podía tener tiempo de descanso de verdad. Ahora, si en vacaciones me quedo en Madrid, es un peligro porque siempre acabo volviendo al museo.

–¿Le cuesta desconectar?

–Saber hacerlo me cuesta porque soy un poco obsesivo. Lo consigo con las lecturas.

–¿Cómo ve usted a Manuel Borja-Villel?

–Es un tipo bajito y con bigote y a veces con pajarita.

–Curiosa definición.

–Me veo así.

–¿Cuántas corbatas tiene?

–Creo que nunca he tenido una corbata aunque parezca imposible y, es más, creo que nunca me la he llegado a poner.

–¿En serio?

–No le miento. Es así.

El lector

El director del Museo Reina Sofía es lector diario de periódicos, «y me interesa sobre todo la sección de Cultura. Me parece muy curioso que la gente busque, por ejemplo, las farmacias». Consulta los diarios cada día para hacerse una idea lo más amplia posible de la situación. Desde hace un año «soy un lector casi exclusivamente de tableta», confiesa.

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