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El libro de los muertos

Pocas culturas en la historia de la humanidad han despertado tanto interés por su tratamiento de la muerte como el Antiguo Egipto.

  • El jucio de Osiris en el papiro de Hunefer, Museo Británico
    El jucio de Osiris en el papiro de Hunefer, Museo Británico

Tiempo de lectura 4 min.

28 de agosto de 2018. 09:58h

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Por Gustavo García Jiménez - Desperta Ferro Ediciones.  28/8/2018

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Lo cierto es que los egipcios destinaron grandes esfuerzos a instruir a los vivos para enfrentarse a la vida en el Más Allá, pero además mostraron una fuerte voluntad de preservar sus cuerpos con dicho fin, legándonos de este modo magníficos testimonios de sus creencias y sus expectativas más trascendentales. El Reino Nuevo, en la cumbre de la evolución de la civilización egipcia, es uno de los periodos más explícitos en dicho sentido, un momento en el que buena parte de dichas creencias se plasman en la forma de esa guía para el tránsito por el inframundo que es el «Libro de los Muertos».

Una de las versiones más completas y conocidas del «Libro de los Muertos» (o «Libro de la salida del día», como parece más correcto llamarlo) es el papiro de Hunefer, «Escriba real al oeste de Tebas», «Escriba de las ofrendas divinas», «Supervisor del ganado real» y mayordomo del faraón Seti I. El papiro tenía 5,50 m de largo por 39 cm de ancho, y se puede datar en torno al 1300 a. C.

Según el «Libro de los Muertos», para poder trascender hacia la vida eterna, el fallecido debía superar grandes retos en su travesía por el inframundo, pero la prueba más importante a la que debía enfrentarse era sin duda la del juicio de Osiris, en la que el difunto daba un repaso de su vida ante la presencia del dios de la resurrección. Durante el mismo, el corazón del difunto es pesado en una balanza frente a la pluma de la diosa Maat, principio del orden universal, bajo pena de ser condenado a la «segunda muerte» (no-existencia) y devorado por Ammit, un monstruo con cabeza de cocodrilo, patas traseras de hipopótamo y melena, torso y patas delanteras de león, si no es hallado justo. Anubis, de cabeza de chacal, dios asociado a la vida de ultratumba y a la protección de las necrópolis, calibra con delicadeza la balanza bajo la atenta mirada del dios Tot, de cabeza de Ibis, dios de la sabiduría, que anota los resultados. Superado el lance, Hunefer es acompañado por Horus, de cabeza de halcón, en presecia de su padre Osiris, que observa desde su trono, y las diosas Meskhenet y Renenet, vinculadas al renacimiento. En el friso de arriba se observan algunos de los jueces ante los que el difunto ha tenido que declarar su inocencia respecto a ciertos delitos (muchos de ellos relacionados con las formas correctas de realizar algunos ritos).

Sin duda, el papiro –generosamente ornamentado con ilustraciones explicativas muy coloridas y detalladas– fue en su día un objeto funerario muy preciado, que durante los funerales era cuidadosamente enrollado y depositado en una estatuilla contenedora.

La tumba de Hunefer, cuya localización desconocemos, fue saqueada por expoliadores en el siglo XIX, pero por suerte la estatuilla y su preciado contenido llegaron a manos del médico francés Antoine Clot, que cedió el papiro al Museo Británico.

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ALQUITRÁN Y PLUMAS PARA LOS LEALES

Era la segunda vez que el pobre John Malcolm era sometido al alquitrán y las plumas, una dolorosa humillación pública que consistía en sujetar a la víctima por la cintura, untarla de alquitrán y luego arrojarle plumas encima o hacerle rodar sobre ellas, para finalmente pasearla, montada en un carro, por la ciudad. Sin duda, su trabajo, recaudador de impuestos del rey Jorge, ayudaba, pues le puso en el punto de mira del gentío furioso de Boston, pero al menos el proceso no era mortal. Esta brutalidad, normalmente aplicada por multitudes descontroladas a quienes demostraban ser demasiado leales al monarca, desvelaba el rostro menos amable de los rebeldes norteamericanos que propugnaban la independencia de Gran Bretaña. Otras técnicas menos gravosas consistían en obligar a la gente a hacer un juramento de lealtad a la rebelión junto a alguno de los «postes de la libertad» (liberty poles) que se fueron alzando en todas las localidades, como le sucedió, por ejemplo, a William Cunningham, quien tuvo que huir al HMS Asia, en el puerto de Nueva York, y luego a Boston, para volver, lleno de ansias de venganza y convertido en el jefe de la policía militar británica. Su trato a los prisioneros de guerra ha pasado a los anales de la rebelión como ejemplo de maldad y brutalidad. Dicho esto, no solo las turbas atacaron a los lealistas, también algunos generales de alto rango, como Charles Lee, propusieron medidas tan draconianas como encerrar en Nueva Jersey a todos los lealistas conocidos de dos de los condados de Nueva York. Pero, al menos en este caso, la idea fue rechazada.

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