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¿Es usted joviejo o viejoven?

Las etapas fijas de la vida se han diluido. Los valores sociales y, sobre todo, el cambio demográfico han provocado un deslizamiento en la percepción de la edad. El mito de la eterna juventud está más vivo que nunca, pero siempre hay quien se siente viejo a los 40.

  • Brad Pitt en la película «El curioso caso de Benjamin Button», un personaje inspirado en un relato de F. Scott Fitzgerald y a quien el paso de los años le hace más joven.
    Brad Pitt en la película «El curioso caso de Benjamin Button», un personaje inspirado en un relato de F. Scott Fitzgerald y a quien el paso de los años le hace más joven.
Madrid.

Tiempo de lectura 8 min.

24 de agosto de 2018. 09:38h

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Por Goyo G. Maestro.  Madrid. 24/8/2018

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¿Siempre joven o un viejo prematuro? Disimular la edad es el sino de los tiempos, ya sea para fingir ser mayores, como hacen los «viejóvenes», o para rejuvenecer a toda costa. Estos últimos son los «joviejos». Se visten, hablan y viven como adolescentes y son adictos a las tendencias, algunos pasan por el quirófano para maquillar la edad y se gastan fortunas en cremas. Aquí cabe una amplia panoplia de personajes, desde Cher, Alaska y Mario Vaquerizo hasta Letizia Sabater y Mick Jagger. En el otro extremo aparecen los «viejóvenes», aquellos que aún son jóvenes pero adoptan costumbres y gustos de mayores. Su afán es escapar de esa adolescencia prolongada en la que se ha convertido la treintena para vivir ajenos a los usos de su generación. Se sienten viejos. Un adolescente les consideraría señores y los viejos les ven como críos. Hay psicólogos que meten en este segmento a personajes tan variopintos como el pequeño Nicolás o Julián Contreras (hijo).

Todo este baile de nombres tiene mucho que ver con la actitud ante la vida, pero también con el movimiento en las edades en un mundo cambiante y sometido a una revolución demográfica casi constante. Eurostat habla del joven como aquella persona que llega hasta los 25 años, pero la clave no es tanto ser joven sino sentirlo y parecerlo, y que te reconozcan socialmente así. En el ámbito de la política se ve claramente: Albert Rivera (38) y Pablo Iglesias (39) son el recambio generacional, jóvenes políticos dispuestos a enterrar a la gerontocracia.

Percepción

Psicólogos y otros expertos en la materia explican cómo esta obsesión ha provocado un retraso aproximado de un decenio en la percepción de la edad. Así, la crisis de los 40 ocurre ahora a los 50. El septuagenario de antaño es el octogenario de hoy, del mismo modo que el treintañero ahora es el veinteañero de antes. El retraso en la madurez de los jóvenes, más dependientes actualmente del ámbito familiar por razones económicas, está en el origen de este cambio, explica el escritor, sociólogo y crítico literario de LA RAZÓN Antonio Puente: «Cuando surge el mito de la eterna juventud tenía su razón de ser por el rejuvenecimiento de las costumbres en general, cuando se decía ‘‘mientras el cuerpo aguante’’. Pero lo que antes fue subversivo hoy puede devenir perverso. En el pasado imperaba la reflexión, el pensamiento y la empatía hacia el otro. Ser eternamente joven tenía ese componente vivencial. Eso es lo que ha dado al traste», lamenta. Puente cree que el mito de la eterna juventud nació en los aires contraculturales de los años sesenta y que sigue al alza, pero advierte que esta voluntad «se ha vuelto patética» al quedar convertida «en un asunto meramente protésico y cosmético».

Existe un factor clave, ajeno a las modas y a las transformaciones culturales, que explica este cambio de paradigma, y es el salto demográfico. «La esperanza de vida ha subido de una manera tremenda y la tasa de mortalidad infantil ha bajado. Como consecuencia, las etapas fijas de la vida se han diluido», explica Julio Pérez, sociólogo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC). Se invierte más dinero en los hijos, en su educación, y eso se traduce en un aumento de los años de formación. Hace no mucho las cosas eran radicalmente distintas. «La juventud era una noción que no existía antes de los cincuenta del siglo pasado; de hecho, es algo que surge después de la guerra», añade este científico.

Ese proceso de mejora del bienestar ha repercutido también en los mayores, que llegan a esa etapa de la vida con unas condiciones de salud y económicas bastante mejores. Muchos quieren ser «joviejos». Van al gimnasio y con 60 años pueden presentar una condición física casi tan buena como uno de 30. Cuidan su imagen y visten a golpe de tendencia, ven las mismas series que sus hijos y se enganchan al Candy Crush. Así, no es extraño, por ejemplo, que una mujer de 50 pase por una de 35.

El afán por ser eternamente joven ha existido siempre. «La novedad radica en que por primera vez la gente se puede permitir invertir en salud y bienestar. Hay una demanda absorbente y está creando unos mercados en auge en la estética y en la sanidad. Y el público objetivo de esto es la gente mayor», asegura el experto del CSIC.

Cada vez más personas están enfrascadas en una lucha por esquivar el envejecimiento. Cuando este miedo se convierte en exceso e irracional, los psicólogos tienen un nombre: la gerascofobia, o miedo a envejecer, que induce a quien la padece a evitar cualquier conducta o acción que lo pueda relacionar con hacerse mayor. Este es uno de los síntomas, pero hay más: someterse a operaciones de estética o iniciar tratamientos de envejecimiento y una focalización excesiva en el aspecto físico. «Vivimos en una sociedad en la que hemos convertido la juventud y la belleza en valores importantes y construido la falsa creencia de que esto nos da la felicidad», asegura la psicóloga Isabel Serrano. Varios estudios han tratado de demostrar que el envejecimiento y la enfermedad no es solo oxidación y anomalía celular. La actitud es un factor influyente. Los «viejóvenes» lo saben. Se suele asociar a este estado síntomas como la pérdida de la curiosidad, esa capacidad por verse seducido ante lo nuevo y desconocido, o las dificultades para generar humor y sonrisas entre los que nos rodean así como la falta de apasionamiento.

La placa tectónica de la adolescencia ha sufrido un corrimiento que alarga ese periodo hasta edades insospechadas, un fenómeno determinado, según los expertos, por un retraso en la incorporación al mercado de trabajo, en abandonar el hogar familiar y por el retardo en el momento de tener hijos. Así, con 40 años se es un joven, cuando hace un siglo se era viejo. Como dice la escritora Pamela Druckerman: «Técnicamente, tener 40 ya ni siquiera es ser de mediana edad. Una persona de 40 tiene un 50 por ciento de posibilidades de vivir hasta los 95 años». Y añade que ésta sigue siendo una edad clave porque «te conviertes en quien eres. Y si para entonces no sabes quién eres, nunca lo sabrás».

Diferencias

«Hay muchas diferencias generacionales –explica Pérez, del CSIC–. El cambio social ha sido rapidísimo, se nota en cosas tan objetivas como la estatura: hay una diferencia de 10 centímetros entre los que tienen 20 años y los de 60. Otro aspecto es que las redes de parentesco eran en el pasado muy horizontales. Antes uno tenía muchos primos y hermanos, y ahora tienen más abuelos y bisabuelos que antes. La mitad de los niños que nace en España tienen ya bisabuelos. Esto no había pasado nunca y modifica la percepción sobre la etapa de la vida en la que uno está». Y a todo esto, ¿cómo ha afectado el retraso de las edades a la vejez? Cada vez es más común llegar a los 75 e incluso 80 años sin achaques propios de esa edad. Y aunque es verdad que se sigue discriminando a los ancianos, hay quien ve que su valor vuelve a estar en alza tras años en los que han sido devaluados: «Estuvieron devaluadas aquellas generaciones que tenían poco que ofrecer a sus hijos, que ya habían vaciado su vida de adulto. Cuando sus hijos emergieron en los 60, en un entorno urbano, ellos quedaron un poco arrumbados», sostiene Julio Pérez, que añade: «Todo eso ha cambiado muchísimo y se nota, por ejemplo, en el cine, donde grandes estrellas ya mayores siguen siendo teniendo mucha relevancia, como Clint Eastwood». La cuestión, nuevamente, es la demografía. No es arriesgado pensar que en poco tiempo las personas llegarán con facilidad a los 100 años. Ante ese horizonte, las franjas de edades seguirán bailando. El mercado y las tendencias se encargarán del resto.

LA EDAD YA NO ES LO QUE ERA

La edad siempre había estado ligada a términos biológicos. Se pensaba que correspondía a un determinado estado físico, pero los avances médicos, la mejora del bienestar y la presión social han desmontado esta idea. «El hecho de que maduremos más tarde, de que haya más sobreprotección y de que los medios de comunicación nos transmitan un canon de belleza tan estereotipado puede contribuir a que los más jóvenes se enfrenten a esa etapa de una forma más ansiosa», asegura la psicóloga Isabel Serrano.

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