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José Napoleón I o el conde de Survilliers

También se le puede llamar Monsieur Bouchard, uno de sus alias

  • Durante su viaje fue interceptado en dos ocasiones pero los pasaportes parecían estar en orden
    Durante su viaje fue interceptado en dos ocasiones pero los pasaportes parecían estar en orden

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20 de agosto de 2018. 06:11h

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Amadeo-Martín Rey y Cabieses.  20/8/2018

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Al caer definitivamente el Primer Imperio francés, José Bonaparte se ofreció en Rochefort para hacerse pasar por su hermano Napoleón I para que éste tuviera tiempo de huir a América. Cuando el emperador se negó a permitir este sacrificio, José decidió marcharse él mismo al otro lado del océano, creyendo que el resto de la familia se reuniría más tarde allí. Viajó bajo el nombre de incógnito de Monsieur Bouchard, con pasaporte falso y un séquito de cuatro personas a bordo del bergantín americano Commerce. Durante su viaje, fue interceptado dos veces por buques ingleses, pero los pasaportes de los viajeros parecían estar en orden y el capitán ignoraba la identidad de José. Así pudo desembarcar en Nueva York. Ya había estado antes en América como Plenipotenciario cuando Napoleón era Primer Cónsul. En este exilio americano, después de Waterloo, se hizo llamar conde de Survilliers y como tal vivió en los Estados Unidos durante años, mientras su mujer, Julia Clary, permanecía en Europa con sus hijas Carlota y Zenaida utilizando también el título de cortesía de condesa de Survilliers y que hacía referencia a Mortefontaine, una propiedad de José, ya que era el nombre del municipio del que dependía.

Al llegar a Nueva York, José se instaló en el City Hotel, huésped de Henry Clary. Más tarde tomó una casa sobre el Hudson y de allí se trasladó a Filadelfia, donde alquiló otra casa. Finalmente decidió adquirir por 17.500 dólares la propiedad de Point Breeze –Parque Bonaparte– sobre el Delaware, en Bordentown, en New Jersey meridional. Eran cerca de 105 hectáreas con una casa. La propiedad se extendía a ambos lados del camino que va desde Bordentown a Trenton. Cuando el gobierno americano aprobó una ley que le permitía poseer inmuebles en América, extendió la propiedad de Point Breeze hasta casi 900 hectáreas. Allí vivía rodeado de cuadros de pintores como Luca Giordano, Correggio o Rubens. La propiedad fue heredada por su nieto José, príncipe de Musignano, hijo de Zenaida Bonaparte. Más adelante Point Breeze fue vendida: la casa y el parque privado fueron adquiridos por Hamilton Beckett, casado con una hija del Lord Canciller Lyndhurst, aunque había sido el primer amor de la princesa Carolina Murat.

Mal recibido

A José Bonaparte los españoles, en general, no le recibieron con agrado en su condición de Rey de España y de las Indias. Le achacaron un excesivo gusto por las bebidas alcohólicas que distaba de ser real, y les faltó tiempo para endilgarle el remoquete de «Pepe Botella». Como tal –y como «Rey Intruso» –ha pasado a la historia. Hay quien dice que ese mote surgió cuando en la bodega de un noble de Calahorra, el soberano y su séquito bebieron más de la cuenta, o bien cuando el vino del convoy que le acompañaba fue robado cerca de esa ciudad y él ordenó requisar una importante cantidad de esa bebida. Lo cierto es que el 15 de febrero de 1809, José expedió un decreto autorizando la desgravación de los aguardientes y licores y bastó esto para que le motejasen de borracho poniéndole el apodo de Pepe Botella.

Pero no fue el único mote del Bonaparte. También se le llamó «Pepe Plazuelas»
por haber abierto varias en Madrid, y «Pepino el Tuerto». Se conserva en la Biblioteca Municipal de Madrid una caricatura de José en donde se le representa montado en un pepino y vestido con un traje formado de vasos de vino y naipes, como símbolo del concepto que el vulgo tenía
de él como aficionado al juego y al culto del dios Baco. Pero, como apuntó Cambronero hace años, «tienen propensión los pueblos a poner en ridículo, con razón o sin ella, la figura de todo extranjero que les causa perjuicio, en cualquier sentido que sea, y llevados de esta natural y explicable inquina, dieron en achacar a José Napoleón vicios y defectos que estaba muy lejos de poseer».

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