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¿Por qué los astronautas ven lucecitas voladoras?

Los que no hemos salido del planeta no vemos estas luces porque la atmósfera y el CET nos protegen de los flashes del exterior Electromagnético Terrestre nos protegen.

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Tiempo de lectura 4 min.

28 de agosto de 2018. 09:50h

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Jorge Alcalde 28/8/2018

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Christer Fuglesang, astronauta de la Agencia Espacial Europea, en diciembre de 2006 flotaba mecido por la ingravidez, con los ojos cerrados, en su saco de dormir en la Estación Espacial Internacional. De repente, le sorprendió un punto de luz blanca de gran intensidad que le hizo despertar. Aquella minúscula estrella se desvaneció en un instante, pero Fuglesang se dio cuenta inmediatamente de lo que era. «Había oído hablar de estas cosas y por fin experimenté una». Aldrin y Armstrong informaron por primera vez de estos flashes durante la misión Apolo 11. Desde entonces, docenas de astronautas los han experimentado. En aquellos años, una investigación de la NASA concluyó que las causantes de esos fosfenos son partículas de alta energía, muy probablemente rayos cósmicos, que atraviesan el globo ocular de los astronautas, afectan al sistema visual y hacen que el cerebro genere una «ilusión óptica», con una forma parecida a la de una estrella.


Los principales causantes de que estas lucecitas no nos afecten a los humanos que no levantamos los pies del suelo son la atmósfera y el Campo Electromagnético Terrestre, que detienen las partículas en cuestión antes de que lleguen a nuestros ojos. Pero cuando el astronauta abandona esta bondadosa influencia, su sistema visual se expone a un bombardeo incesante.

Durante un experimento en la estación espacial Mir se registraron hasta 233 flashes en 26 horas. La cifra se redujo en un recuento posterior realizado en la Estación Espacial Internacional (ISS). Unos 20 flashes por astronauta en 7 horas.

Según han podido determinar los físicos, las partículas de alta energía se mueven a la velocidad de la luz en el vacío. Pero cuando entran en el humor vítreo del ojo la velocidad disminuye abruptamente. Este «frenazo en seco» genera un destello, del mismo modo que cuando un avión supera la barrera del sonido se escucha un estruendo.

A este efecto se le conoce como «radiación Cherenkov» y gracias a varios experimentos fisiológicos hoy podemos saber cómo y dónde exactamente se generan. Al parecer, las partículas chocan contra células nerviosas justo detrás del ojo. En este violento choque se producen microfragmentos que golpean electrones de los átomos cercanos, lo que provoca una sutil corriente eléctrica. Este «chispazo» podría ser recogido por el nervio óptico e interpretado en el cerebro como un flash de luz.

La idea es coherente con algunos estudios realizados con el fin de crear asistentes visuales para personas ciegas. Al parecer, si se implantan electrodos cerca del córtex visual de un invidente la corriente eléctrica generada puede provocar flashes de luz que algunos voluntarios han referido como «una estrella en el cielo».

La primera investigación de la NASA sobre el efecto de las partículas de alta energía sugería que no son dañinas. Ahora esto se pone en duda. Todavía no sabemos si hay efectos en la salud de los astronautas a largo plazo.

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¿CUÁNTO TIEMPO PUEDE PASAR UN CÓNDOR SIN COMER?

Es una de las aves más resistentes a la falta de alimento. El cóndor de California (Gymnogyps californianus) puede ingerir de una «sentada» 5 kilos de carne y luego pasar hasta 5 semanas de ayuno. Lo habitual es que coma a razón de 1,5 kilos de carne y tuétano de huesos cada tres días, pero la amenaza de su hábitat ha hecho escasear el alimento. Su «primo» el cóndor de los Andes (Vultur gryphus) es el ave voladora más grande del mundo (el avestruz no es capaz de volar). Mide 20 cm más de alto, tiene 30 cm más de envergadura y es 5 kilos más pesado, pero no aguanta tanto sin comer.

LA CIFRA

902 millones de euros costará construir el estadio de fútbol más caro, el nuevo coso del Zenit de San Petersburgo.

¿POR QUÉ INCLINAMOS LA CABEZA AL BESARNOS?

Los fetos y los recién nacidos ya tienden a dormir con el cuello inclinado hacia la derecha. Y el 80% de las madres acunan a sus bebés en su brazo izquierdo, lo cual deja libre la mejilla derecha para besos y caricias. De ahí en adelante, lo habitual será que adoptemos ese lado cuando recibimos o damos muestras de cariño.

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