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Turismo enológico: ¿Postureo o catadores premium?

El «boom» del turismo enológico a que miles de jóvenes se han sumado en los últimos años ha generado un fenómeno de pseudacatadores que recorren la geografía española visitando bodegas y dándoselas de expertos gourmets.

  • De izqda. a dcha., Diego, José Luis, Laura, Estefanía (de pie), Rubén, Daniel y Nerea. Foto: Raquel Calviño
    De izqda. a dcha., Diego, José Luis, Laura, Estefanía (de pie), Rubén, Daniel y Nerea. Foto: Raquel Calviño

Tiempo de lectura 5 min.

29 de agosto de 2018. 23:59h

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Marta Boira/Ángel N. Lorasque.  29/8/2018

José Luis creó hace meses un grupo de WhatsApp con unos amigos al que se fueron sumando conocidos de éstos y así hasta un total de siete entusiastas del mundo vinícola. El objetivo era organizar escapadas enológicas y descubrir bodegas con encanto e ir catando y conociendo las bondades de cada uno de los caldos patrios. Una moda, la del turismo enológico, que aumentó un 24% el año pasado, según la Asociación Española de Ciudades del Vino (ACEVIN), y que generó entonces un impacto económico de 67 millones de euros. Tendencia a la que ningún modero de pro ha podido pasar por alto. Así, a diario nos encontramos con los típicos amigos listillos que preguntan al camarero por la temperatura del vino que sirven o la barrica en la que han fermentado. Una especie de «neoenólogos» en ocasiones impostados que desatan la risa de los verdaderos expertos cuando se encuentran ante semejantes especímenes. No es el caso de José Luis, que tiene buena nariz, ya que su familia es productora de vino y tiene incluso sus propias bodegas. «Desde pequeño me crié entre viñedos, para mí las vendimias eran casi tan importantes como la Navidad, así que es inevitable que me sienta atraído por él», reconoce este gallego de 37 años. Nos encontramos con él y sus amigos durante una de sus escapadas a las bodegas de Marqués de Vizhoja en Arbo, Galicia, un enclave de ensueño en el que los viñedos cubren la fructífera tierra gallega. «Yo soy un expertillo de andar por casa», dice entre risas Rubén, de 31. «Me gusta el vino y más aún el ambiente que se genera alrededor de una copa», reconoce. A Laura le encantaría aprender el arte enológico y «espero en unos años poder ser una entendida», afirma. «Catando pasas un buen rato, conoces a gente... es muy divertido», confiesa.

Unas barbaridades

Ante la curiosidad de sus visitantes, el enólogo Javier Peláez reconoce que el boom estas rutas han dado un impulso a este negocio y asevera que entre los visitantes hay más de uno que se cree experto en la materia y suelta «más barbaridades» que certezas. «El turismo del vino está viviendo un gran auge en los últimos tiempos porque cada vez son más las personas que quieren combinar su pasión por el vino con nuevas experiencias: visitas a bodegas, paseos por viñedos, o actividades al aire libre en las que el vino cobra un papel protagonista. Eso hace que nos parezca que dicho acercamiento nos convierte a todos en expertos. Aprendemos a coger la copa, a mover el vino, a ver su lágrima, a dar los primeros pasos de cata, a través del olfato, del gusto. Pero más allá de este ritual, la experiencia es un grado y con tan solo un movimiento de la copa, el tratamiento al moverlo, el acercamiento de la copa a la nariz e incluso las sensaciones de nuestra cara al probar uno denotan si estamos ante un experto o simplemente ante un apasionado», dice. Él, que no quiere ofender a sus clientes y afina su oratoria, confirma que definir los sabores de un vino, el tiempo en barrica, el tipo de madera o de lías, las variedades de las uvas y las combinaciones de las mismas no es tan fácil. «Hay que tener un control sobre los procesos y haber catado muchas variedades para saber marcar diferencias. Es muy fácil poner en evidencia a una persona que se cree experta y no lo es. Pero no se gana nada con ello. Lo más importante es atraer a la gente a este mundo tan especial y si para ello hay que apoyar los primeros pasos de esas personas», explica de manera didáctica.

Estefanía le escucha atenta y replica que el ir de «bodega en bodega» por la geografía española le ha servido para «no equivocarme en las elecciones. Yo procedo de la tierra del Albariño, así que es mi preferido, pero el viajar por todo el país y descubrir vinos es una maravilla. Conocer diferentes sabores permiten un toque especial en las comidas a través de los distintos componentes como el olor, el sabor...», comenta entusiasmada. Como es de esperar, el enólogo Peláez cuenta en su haber con infinitas historias de expertos en «postureo». « Hay muy variadas, desde confusiones con el tipo de uva, pensar que se está ante un Albariño o ante un Condado, a hablar de frutas maduras cuando estamos ante un vino de frutas frescas. Pero sobre todo hablar de añadas y años de buenas cosechas, cuando eso varía según las denominación de origen y darse por entendido en buenos vinos, llegando a hablar de combinaciones perfectas con determinadas comidas que no son de todo puristas. Incluso han llegado a confundir bodegas y bodegueros o vinos y zonas», analiza con ironía. Peláez, que es un apasionado de lo que hace y que tiene un sexto sentido para identificar un buen vino con una simple inhalación, aconseja a sus visitantes con paciencia porque según él «los aprendices son la base de los futuros expertos, por eso creo que educadamente hay que apoyarlos y darles información para que vayan creciendo y se preparen si realmente este mundo les atrae».

A los aprendices, un par de consejos: no piense que porque un vino tenga posos es mala señal ni le indique al sumiller que uno de sus caldos está malo. Pero si huele a una especie de manzana podrida, a la vista resulta turbio y al probarlo denota una acidez exagerada, dé por seguro que está picado. Los siete amigos, un poco más duchos en el arte de la cata que cuando empezaron hace una hora a saborear los manjares de Marqués de Vizhoja , se disponen a coger sus coches. «Esto es lo bueno de visitar bodegas, estás entre amigos y en plena naturaleza», apostilla Diego. Ellos no han venido a hacer «terapia» como sihicieron Paul Giamatti y Thomas Haden en su aventura californiana «Entre copas», sino a beber, literalmente, de la sabiduría de Javier Peláez, que los despide orgulloso de haber puesto un granito de arena en la cultura vinícola de los jóvenes. Él por su parte se pone manos a la obra en uno de sus futuros proyectos: el «Ice Wine», un vino que se produce con uvas congeladas a una temperatura de entre -16 y - 19 grados. Eso tí, todos los procedimientos son naturales. Un paso sofisticado que volverá locos a los instagramers y que pronto subirán la foto con el hielo de vino. Bendito postureo.

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