Lo importante es amar

Marcelo Piñeyro habla de «Ismael», su nuevo e intimista filme con Mario Casas, Belén Rueda, Sergi López y Juan Diego Botto. Un niño abandona Madrid con destino a Barcelona para conocer a su padre, que no sabe ni que existe. Pero querer lo llevamos dentro

Complejas Relaciones. El director argentino Marcelo Piñeyro, durante el rodaje de su nueva película con Belén Rueda, que encarna a una mujer que mantiene una fría relación con su hijo hasta que se entera de que es padre

Marcelo Piñeyro habla de «Ismael», su nuevo e intimista filme con Mario Casas, Belén Rueda, Sergi López y Juan Diego Botto

-Atravesamos una época difícil de crisis a numerosos niveles, y su película nos lo recuerda de algún modo.

-No fui consciente de introducir ese tema en ella. Los personajes tienen los mismos problemas que el resto de la gente, sobre ese principio nacieron las ideas.

-Pero hay muchas maneras de entrar en recesión, y en ocasiones una lleva a la otra. También está la de los valores, los afectos...

-Bueno, sí, la de los vínculos emocionales. Y, la más primaria, la familiar. Es cierto: la postal idílica de aquellas de los años 50 está en riesgo, pero no la necesidad del ser humano por tener su nido. Que no se trata del paraíso y acarreará nuevos conflictos, pero dejas de estar solo y posees unos referentes. Si lo piensas, lo esencial sigue siendo lo mismo.

-«Ismael» refleja, en ese sentido, cuán complejas son las relaciones paterno filiales...

-En efecto, y la de los padres sustitutivos, y habla de la soledad de Nora (Belén Rueda), y la necesidad de permitirse un cariño. Al cabo, de la soledad de todos. Y luego está esa historia de amor no resuelta de su hijo, Félix (Mario Casas), una joven, el ignorar qué conexión les une en realidad. Todo parecía que estaba bien en sus vidas, pero, de pronto, descubren que no y te preguntas que harás con esa herida. Algunas personas la toleran, otras no.

-Y muchos prefieren no ver los problemas emocionales, engañarse.

-Estos personajes se hallan encapsulados emocionalmente, anestesiados, pero el movimiento del pequeño Ismael provoca que estallen, y que descubran que están vivos, lo que también los llena de miedo. Porque cuando estás dormido te sientes cómodo. Félix se está castigando por no haber estado a la altura y paga el que se dejase ganar por dicho miedo.

-Lleva ya años de una carrera aplaudida por crítica y público. Me pregunto si continúa manteniéndose fiel a la idea primigenia que tenía sobre el cine que deseaba hacer.

-No produzco mis películas porque trato de que esa parte del negocio no tenga que ver en mi toma de decisiones, para no tener que pensar: si pongo la cámara más atrás me costará una mayor cantidad de pesos... Y, por suerte, lo estoy pudiendo conseguir hasta ahora. Mi primera cinta, «Tango feroz» (1993), fue un éxito enorme, y eso ha sido para mí estupendo. Un día antes del estreno no querían darme ni sala... Sigo fiel desde entonces al concepto de contar historias sobre las preguntas que me importan porque creo que lo que me preocupa también le interesa a mi público.

-Pero el tiempo pasa...

-Sí, claro, y no soy exactamente el mismo que era hace 20 años, el tiempo me ha cambiado como persona y como director. No obstante, sigo pensando que si a mí me aburre el cine que habla de nada, cuyos personajes parecen marcianos, entonces a mis espectadores les pasará igual. Hago en lo que creo.

-Tiene doble nacionalidad, la argentina y la española. Hablábamos antes de la crisis, ¿cómo nos ve desde fuera y desde dentro?

-Sigo viviendo casi todo el tiempo en mi país de nacimiento. La crisis la leo en los diarios y sé por ellos que existe, en la vida real me topo menos con ésta porque no estoy cerca de los núcleos más afectados. Aunque la veo casi como un juego de niños si la comparo a la argentina. Sin embargo, no quiero que se me malinterprete, sé que está ahí.

-Hay escenas de la cinta que me recuerdan la comedia norteamericana clásica. ¿Lo buscó adrede?

-Me encanta que digas eso, porque durante la escritura del guión elucubramos cómo podíamos construir el vínculo entre Rueda y Sergi López, y tomamos como referente la realizada de los años 40 y 50 aunque puesta al día, ya sabes, al estilo de Howard Hawks de diálogos afilados y con una tensión sexual parecida.

-Que no quede por pasión.

-Sin ella no hay manera, cuando la pierda dejaré el cine.

-Para el personaje del niño eligió a un debutante que, sin embargo, da la impresión de tener muchas tablas.

-Es un milagro, un regalo del cielo. Posee una comprensión de la escena increíble, y una mirada vivaz, esperanzada.

-¿Y por qué Ismael debía ser negro?

-No hubo ningún motivo, pero todo resulta diferente por ese detalle. Me gustan Madrid y Barcelona, dos ciudades más parecidas de lo que creen ustedes. España es una sociedad post cuestiones raciales, ya está en otro punto. La aceptación de la otredad es aquí mayor que en otros países. Y eso marca hacia dónde va a ir España. Se trata como una sensación de vivir el futuro que se encuentra en la película. Hace 20 años habría sido distinto. La madre de Ismael es negra y no tiene papeles, aunque no por motivos sociales, sino para subrayar su vulnerabilidad.

Carisma argentino

Piñeyro siempre se caracterizó por su personalidad para ofrecer cine de autor. El espíritu aventurero de «Caballos salvajes» o «Plata quemada», la crítica socio-política de «Tango feroz» o «Kamchatka» , o la medida intriga de «Cenizas del paraíso» o «El método» se enmarcaban en un contexto que se preocupaba más por definir a los personajes que por darle rapidez a la trama. Se le podría achacar cuidar más la estética que el fondo, se le podría recriminar esa falta de ritmo presente en toda su filmografía, y hasta se le podría echar en cara una cierta reminiscencia al cine de Alan Parker, pero jamás nadie dudará del carisma del argentino, siempre concienciado en ofrecer algo diferente. En «Ismael» abandona la senda para ofrecernos un melodrama sensiblero. Llama la atención que en esta obra se desvincula por primera vez de Héctor y Ernesto Alterio; siempre había trabajado con padre o hijo, y siempre le habían dado buen resultado. Quizá sea por el poco «feeling» que despertara la relación director-reparto el que el nivel interpretativo medio no sea muy lucido. Ciertamente, me cuesta predecir el futuro de Piñeyro, porque con este filme ha roto mis esquemas, y ahora ante el cineasta se abre un interrogante que sólo él puede resolver. Borja Díaz