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Año rociero

  • La aldea almonteña /Foto: Manuel Olmedo
    La aldea almonteña /Foto: Manuel Olmedo

Tiempo de lectura 2 min.

20 de enero de 2019. 20:12h

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Rafael Peralta Revuelta.  21/1/2019

El invierno es una época que nos regala bellísimas estampas, a pesar de las inclemencias del tiempo. Las dehesas se mantienen verdes y el ganado se ve aún más lustroso. En estos días, en los que se alternan las mañanas grises con días soleados, Doñana muestra una espectacular panorámica con sus humedales y marismas inundadas. Muy cerca, en la aldea del Rocío, se eleva uno de los epicentros más universales de la devoción mariana. Junto a Fátima, en nuestra vecina Portugal, o Lourdes, en tierras galas, la aldea almonteña se convierte en uno de los lugares de mayor peregrinación. Pero para los grandes rocieros y devotos de la Blanca Paloma, estamos ante un año de enorme significado. No en vano, nos encontramos ante el Centenario de la Coronación de la Virgen del Rocío. Una efeméride que hace que este año jubilar tenga una especial importancia, con dos salidas de la Virgen. La tradicional de Pentecostés, con numerosos detalles por la singularidad del año. Y, en el mes de agosto, la Venida de la Virgen hasta Almonte (que se produce cada siete años), donde permanecerá hasta mayo del próximo 2020. El pueblo onubense ya comenzó el año con sus tradicionales salvas de escopetas, para anunciar dicha venida de la imagen hasta la Parroquia de la Asunción. Todo ello, enmarcado en un ciclo que coincide también con el XXV Aniversario de la visita de San Juan Pablo II al Santuario. Cuando el invierno dibuja acuarelas sobre la ermita, este fin de semana multitud de devotos peregrinarán a sus plantas, con motivo de la Candelaria de Triana. Y entonces, muchos recordarán aquellas antiguas coplas: «La Virgen del Rocío no es obra humana, que bajó de los cielos una mañana. Eso sería para ser Reina y Madre de Andalucía».

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