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Bob Dylan en su metamorfosis

Como Dylan, Fuengirola recorre la segunda mitad del siglo XX y lo que despunta del XXI con la ventaja del aire. El artista va vestido como iría un cantante de country en un crucero de jubilados de Dakota del Sur en los años setenta

  • El cantante estadounidense Bob Dylan, mito y leyenda que se fagocita y resucita de sus cenizas a mayor gloria de su legión de fans / Foto: La Razón
    El cantante estadounidense Bob Dylan, mito y leyenda que se fagocita y resucita de sus cenizas a mayor gloria de su legión de fans / Foto: La Razón

Tiempo de lectura 4 min.

10 de mayo de 2019. 16:45h

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Lucas Haurie 11/5/2019

Un señor mayor, nacido durante la Segunda Guerra Mundial, plantó la semana pasada los pies en un trozo del siglo XXI. Lo hizo en Fuengirola (Málaga). Pasados unos minutos de las nueve de la noche, Bob Dylan irrumpió en el escenario con la banda, se deslizó de puntillas a uno de los extremos, se sentó detrás del piano y se dispuso a interpretar y a interpretarse una vez más después de casi sesenta años actuando, reactuando y sobreactuando frente a medio mundo. El circo ha llegado al Marenostrum Castle Park de Fuengirola.

Fuengirola habla en inglés, pero hablaría la lengua franca que fuera menester. Este pueblo de la costa malagueño es epítome de la posmodernidad. Aquí no hay nada nuevo ni viejo. Todo parece eterno, atemporal, un afiche de Chirico en el interior de un casino de Nevada. Como Dylan, Fuengirola recorre la segunda mitad del siglo XX y lo que despunta del XXI con la ventaja del aire, de los elementos. Es el Mediterráneo y, en el escenario, un Premio Nobel. A su vera, junto al piano, el busto clásico de una mujer mira en sentido contrario a todo, prácticamente de espaldas. Junto a la estatua, que queda iluminada por un foco, tal si fuera el sexto músico, hay una estatuilla. Parece el Oscar que ganó en 2000, aunque Matt, un profesor estadounidense de español que reside en Málaga, asegura que es el Grammy. Son los amuletos que el cantautor estadounidense pasea por la gira, como el altar de un torero.

Matt estuvo en el otro concierto en Andalucía, en Sevilla. También en Oporto. Y en Pamplona. Es lo más parecido a un seguidor de verdad. Dylan lo despreciaría sañudamente si coincidieran en un ascensor. Como hace con todos los demás el busto de la mujer junto al piano. No es de extrañar que Matt se conozca cada una de las canciones, lo cual es un mérito teniendo en cuenta que ni el mismo Dylan sería hoy capaz de reconocer las melodías que quedaron grabadas hace más de medio siglo en el «long-play». Todo es extraño. La banda es suprema y también fría; Dylan, sin embargo, es justo lo contrario.

El artista va vestido como iría un cantante de country en un crucero de jubilados de Dakota del Sur en los años setenta. La descripción no es superflua. Está vetado hacer fotos durante el concierto so pena de expulsión del recinto, incluso para la prensa. «Han pasado cincuenta años, pero parece que han sido cincuenta millones», intenta explicar María la evolución multiforme del cantante. «En realidad es un actor, una especie de Charles Chaplin mezclado con Steve McQueen», dice esta cuarentona sueca que veranea en Manilva casi seis meses al año.

Bob Dylan, durante el concierto, combina reinterpretaciones de sus clásicos con refundidos de sus últimos tres milagrosos discos que ha grabado de composiciones propias en este siglo. El resto del tiempo de esta era, en otro hito de eternidad, lo ha dedicado a reinventar a Frank Sinatra y reinventarse en él, manteniendo los malos pelos y las malas pulgas.

Podría pensarse que Dylan, a sus casi 78 años, no debería necesitar estas palizas diarias de autobuses, hoteles, escenarios, focos y acción. Así debería ser si el personaje en cuestión, coinciden sus más acérrimos (que los hay de todas las edades y todos los credos), no fuera una especie de Ulises embadurnado con la brillantina de una estrella del añejo Hollywood. Su figura, sostienen algunos, es el soplo de Homero sintiéndose al otro lado del Sol como una «big band» de veteranos de guerra con un letrero que dice «Soy bomb».

La noche se hace en el Marenostrum Castle Park de Fuengirola. En el interior de carpa de cartón piedra, frente al Mediterráneo, el repertorio de la banda va culminando en puntos álgidos por cortesía de «Scarlet Town» y de «Gotta Serve Somebody». Observado por vigilantes de oscuro que cuidan que nadie haga fotos, el respetable se limita a callar y aplaudir, como quien vitorea a un héroe nacional que anda de permanente gira de despedida.

Dylan sigue dando forma, hoy lo hace en Málaga, ayer en Viena y mañana en Oslo, a lo único que ha hecho durante toda su vida. Mirar adelante, hacer, rehacer, reciclar y seguir el pulso del continuo retorno. El artista se revela ágil en el escenario, sobre el que se mueve como una salamanquesa cuando agradece al público entre canción y canción, quieto e inquieto, vibrando como un electrón y mirando al respetable como el cowboy de un «Spaghetti Western». Dylan mismo.

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