Del avión gratis al taxi

«La otrora omnipotente mujer de hierro lampaba por un taxi libre en los aledaños de una estación ferroviaria»

Magdalena Álvarez / Foto: Efe
Magdalena Álvarez / Foto: Efe

«La otrora omnipotente mujer de hierro lampaba por un taxi libre en los aledaños de una estación ferroviaria»

Mucho antes de que una querida compañera con casa en La Algaba y fonda en la competencia nacional la tildase de «ministra macarra», en tiempos de Zapatero, Magdalena Álvarez ya era uno de los personajes emblemáticos del poder omnímodo e inmarcesible del socialismo andaluz. Cómplice de José Borrell cuando el hoy titular de Asuntos Exteriores practicaba el terror fiscal desde la Agencia Tributaria, destrozó plusmarcas nacionales e internacionales de gratuidad total mientras era consejera de Aviaco, compañía que perdió la cuenta de los vuelos de gañote que le curraron tanto ella como su parentela. Bajo Chaves, fue la consejera de Economía que instauró la «paz social», eufemismo que emboscaba el reparto masivo de dinero a cambio del silencio de los «agentes sociales», otra expresión sinuosa para no nombrar a los gangs presuntamente obreristas y presumiblemente empresariales. Con el tiempo, ese inocente sistema terminó con sus responsables en el juzgado acusados de un monumental desfalco que ella (y los demás) niega ahora. La dimensión de la caída del PSOE meridional se comprueba en la peripecia de Álvarez, o sea, pero no por la distancia sideral entre la cumbre de las instituciones que holló y las profundidades del banquillo en el que hoy se sienta, sino porque esta misma semana, la otrora omnipotente mujer de hierro lampaba por un taxi libre en los aledaños de una estación ferroviaria. Trocar las reverencias de un séquito rendido por la indiferencia del conductor que, ignorante del pasado glorioso de la dueña de la mano pedidora, la remitía a la cola de la parada es un duro aterrizaje en el mundo de los mortales para quien, con Mandatela por buen mote, ejerció el poder con total desprecio hacia el que no lo ostentaba. Sólo por contemplar escenas así habrá merecido la pena el cambio.