El carrito del aceite

Susana Díaz, ayer en el Senado (Foto: Efe)
Susana Díaz, ayer en el Senado (Foto: Efe)

La diferencia entre un criminal al uso y un psicópata es que el segundo, por una carencia patológica de capacidad para la empatía, no tiene noción de estar causando un mal; de los primeros se ocupan las instituciones penitenciarias y de los segundos, los especialistas en psiquiatría. La diferencia entre un gobernante corrupto y un caudillo iluminado, del mismo modo, es que éste ni siquiera imagina la posibilidad de que la legislación lo ataña. De ambos han de ocuparse las urnas. Algo ha escuchado acerca de la existencia de las leyes, en algo tenían que notarse diez añazos en la universidad, pero cree que sólo incumben a los demás. Así, Susana Díaz pone ojos de búho en la sede de la soberanía nacional cuando alguien le pregunta por qué las empresas para las que trabajaban cuatro parientes directos suyos eran subvencionadas con prodigalidad por su Gobierno. «¿Es que nuestros familiares no tienen derecho a trabajar?», se rasgaba la camisita una consejera cuando le afeaban al imputado Chaves el dineral que resolvió darle, indebidamente, al empleador de su hija. Con idéntica impostura melodramática quiso defenderse la presidenta en el Senado, donde izó el patético escudo de «una persona empujando un carrito de aceite». ¿Será que el techo competencial de su marido y sus cuñados no alcanza para otras labores o por ventura sugiere que todos los andaluces que se ganan el pan con dignísimos trabajos manuales son lelos necesitados del empujoncito de alguien más listo? Hablaba Díaz con verdad, o sea, al anunciar que su comparecencia era «el primer acto de la campaña» porque ella misma estaba ensayando el tono entre marujil y condescendiente con el que pretende engatusar a unos votantes que toma por zotes o, en el mejor de los casos, por niños. Y a lo peor tiene razón, pero quizás no.