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El órdago al paro: opositar a los 40

De jóvenes recién licenciados a profesionales con experiencia que buscan una salida al desempleo, así ha cambiado el perfil de quienes deciden encerrarse a estudiar para retomar su vida laboral. Dos opositores cuentan su experiencia

  • Opositores se preparan para un examen durante una convocatoria de la Junta /Foto: Manuel Olmedo
    Opositores se preparan para un examen durante una convocatoria de la Junta /Foto: Manuel Olmedo
Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

23 de febrero de 2019. 21:44h

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Marta Maldonado.  Sevilla. 24/2/2019

El año pasado empezó para Lucas Martínez con un examen y acabó incorporándose el 21 de diciembre a su destino de funcionario. En junio se había deshecho de la «mochila de piedras» que cargaba desde hace cinco años. «Fue alivio lo que sentí, más que alegría. Me dieron la nota el día 13 de junio de 2018, eso no se me olvida», rememora este almeriense de 44 años. En 2012, con 38 años, perdió su trabajo como responsable de la seguridad en obras. Recuperado del «shock» inicial, trató de reengancharse al mercado laboral. «Me iba bien, tenía estabilidad y me pagaban todo: coche, teléfono... No pensaba que pudiera quedarme en paro y me costó recuperarme», admite. Es ingeniero químico pero su profesión hasta entonces había discurrido por otro cauce. Apuró los meses de prestación buscando una oportunidad que, asegura, es muy complicado encontrar cuando se rondan los cuarenta. Agotado el paro, decidió junto a su mujer apostarlo todo a la única opción donde ni la edad ni la experiencia pesan: unas oposiciones.

Algo muy similar le sucedió a Esther, onubense afincada en Sevilla. Su despido se produjo cuando tenía 44 años. Licenciada en Económicas, hasta entonces había encadenado empleos de diversa responsabilidad y su último contrato fue con una agencia pública de la Junta. El proceso fue el mismo: buscó trabajo mientras agotaba el paro, hasta que la realidad le confirmó que más que difícil era imposible. Transcurrieron dos años hasta que eligió volver a estudiar. Fue también una decisión consensuada con su marido. Tanto Lucas como Esther coinciden en lo fundamental de ese apoyo para poder dedicar todo el tiempo necesario a prepararse. Ambos tienen dos hijos y dependían, en principio, de los ingresos de sus parejas. «Me puse a estudiar como una forma de encontrar trabajo. Nunca he querido ser funcionaria, pero era la única opción», admite Esther. Ella tiene reconocido un 48% de discapacidad y eso le permite optar al cupo reservado en cada convocatoria –un 7% como mínimo, del que muchas veces ni siquiera se cubre una plaza–. Tuvo claro desde el principio optar al grupo máximo, el del Cuerpo Superior de Administradores de la Junta, el A1, el mismo en el que Lucas ha obtenido plaza. Aunque ese es su objetivo, probó suerte como administrativo en el Parlamento andaluz. Su primer intento serio fue en 2017. No superó el primer examen. Su ritmo de estudio diario en horario de mañana y tarde continúa, ahora sin preparador después de dos años de madrugones los sábados. Esa fue la clave también para Lucas. «Tuve que privarme de todo. Durante el tiempo que estuve parado estudiaba todo el día, por las tardes mientras me quedaba con los niños. Esa dedicación exclusiva me permitió avanzar mucho. Luego lo compatibilizaba con el trabajo de interino –al haber aprobado sin plaza para administrativo–. No había ni fines de semana ni vacaciones», relata. Para Esther, es necesario al menos un año estudiando en exclusiva para dominar el temario. «Me gusta estudiar a diario, pero son temas muy densos y resulta pesada la insistencia en la misma materia», admite.

Las restricciones en las ofertas de empleo público al haber estado limitada al 10% la tasa de reposición han jugado en contra de los opositores desde 2012 y, pese a ello, los aspirantes han crecido de forma exponencial mientras menguaban las plazas ofertadas. A Lucas incluso le obligó a modificar su plan inicial de centrarse en la docencia, una elección basada en la seguridad de que se convocaban cada dos años. Aquel año se paralizaron y finalmente fueron suspendidas al ser recurridas por el Gobierno. Más de treinta mil personas vieron truncado su futuro. Lucas era uno de ellos. Cuando volvieron a convocarse, su especialidad no figuraba. Decidió cambiar su camino e intentar ser administrativo, a priori la categoría más accesible, pero también la más demandada.

«Mientras este sea el sistema de acceso, la Administración nunca irá bien –opina Esther–. Es una locura darle cincuenta vueltas a un mismo temario. Debería existir un sistema alternativo mixto que no sea solo memorizar». En sus casos, tener hijos supone una preocupación adicional, aunque ambos coinciden en que los niños se mentalizan y son un apoyo constante. «Tienes que competir con gente muy joven que vive en casa de sus padres, sin cargas. Sientes incomprewnsión porque incluso tus amigos piensan que debes buscar un trabajo para tener ingresos, pero yo no quería volver a pasar por lo mismo y quedarme en el paro en unos años», asegura Lucas, que se siente «un privilegiado porque he tardado en conseguirlo seis años». Esther, con 47, lleva ya tres dedicada en exclusiva a preparar unas oposiciones para las que, de momento, no hay fecha. ¿Hasta cuándo? «Cuando me presente creyendo que domino la materia y no supere los exámenes, ese será mi límite».

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