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Elogio de la bisagra

Resulta imposible entusiasmarse con una bisagra si no cumple con su papel de abrir una puerta y por eso auguran las encuestas una caída con tendencia al derrumbe de Ciudadanos en las próximas, que además están muy cercanas, elecciones generales. La vida nos ha enseñado a desconfiar de la demoscopia excepto si concurre la circunstancia de la unanimidad, y no hay sondeo que salve a Albert Rivera de la concatenación de errores que ha perpetrado en los dos últimos años. De modo que... Al contrario que su jefe, Juan Marín sí logró que aquí se percibiese la utilidad del partido centrista
–la bisagra–, cuando el premio por sostener durante una legislatura al PSOE con sus nueve diputados autonómicos fueron los veintiún escaños que hoy le permiten manejar la mitad del Presupuesto de la Junta presidida por el PP. No ganó ningún premio nacional de debate el sanluqueño, pero sí ha mostrado tener la cintura y el sensato pragmatismo necesarios para que su partido cumpla con su propósito esencial: gobernar para solucionar los problemas de sus administrados. O, al menos, influir como lo hizo durante el último trienio de Susana Díaz en San Telmo, nada menos que manteniendo a los comunistas lejos del poder. Nadie se extrañe si es Andalucía el único territorio en el que, el 10-N, se sostienen los naranjas a pesar de que sus consejerías están sufriendo el síndrome del socio minoritario: los focos iluminan a Moreno Bonilla y a su valido, Elías Bendodo, que no deja un resquicio mediático sin ocupar. Estas batallas, sin embargo, pertenecen al politiqueo de baja estofa porque, spindoctors aparte, lo que percibe el votante andaluz es que meter la papeleta de Ciudadanos en el sobre sí sirve para algo. Justo al revés que cuando el candidato es Rivera, el hombre permanentemente cabreado con las dos Españas.

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