Málaga

En el mundo flotante de Edo

El Museo Carmen Thyssen Málaga acoge hasta el próximo 23 de abril una exposición sobre arte japonés

En el mundo flotante de Edo
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Entre mediados del siglo XIX y las primeras décadas del siglo XX un fervor coleccionista por el arte japonés invadió Europa. Con la apertura a Occidente en la era Meiji (1868-1912), una ingente cantidad de productos artísticos salieron de Japón para venderse en las tiendas de París o Barcelona, para integrarse en las colecciones de aficionados y artistas y para influir poderosamente en el rumbo de las artes europeas, en manos de numerosos creadores que vieron en las estampas japonesas ukiyo-e o en las delicadas piezas de artes decorativas un estímulo para la renovación de sus obras. Los amantes del arte japonés acumularon sobre todo grabados del período Edo (1615-1868), xilografías, habitualmente en color, cuyas temáticas ilustraban la cultura urbana de la antigua Tokio, llamada del «mundo flotante» (ukiyo), en la que los entretenimientos y el hedonismo eran protagonistas. La «pintura del mundo flotante» (ukiyo-e), con sus encuadres peculiares y libres, sus formas perfiladas y sus colores planos se divulgó así en Europa, y artistas como Manet, Van Gogh, Gauguin, Toulouse-Lautrec, o, en España, Ramón Casas, Santiago Rusiñol y Anglada Camarasa, dieron cabida en sus obras a nuevas formas expresivas, que sentaban las bases de la vanguardia, curiosamente sobre un arte que en Japón era tradicional y popular. Gracias a la llegada masiva de estampas ukiyo-e, también se convirtieron en iconos del arte maestros como Hiroshige, Hokusai o Utamaro, cuyas imágenes son hoy universalmente conocidas.

Entre los coleccionistas españoles de arte japonés, es muy relevante el nombre de José Palacio, cuyas obras de arte oriental pertenecen hoy al Museo de Bellas Artes de Bilbao y de las que una selección de 50 piezas, prestadas por este museo, se puede ver hasta el 23 de abril en el Museo Carmen Thyssen Málaga. Palacio, un diletante de origen uruguayo asentado en Bilbao, adquirió la mayor parte de su colección a principios del siglo XX en París, centro europeo del comercio de objetos artísticos orientales, y reunió un conjunto de piezas especialmente significativo por su calidad y singularidad, fruto de un buen conocimiento y una gran sensibilidad. Además de grabados ukiyo-e, también atesoró una buena muestra de artes decorativas, con piezas de diversos usos y preciosistas acabados, sobre todo en las lacas urushi, uno de los géneros más hermosos del arte japonés.

Si la fascinación por estas obras dio lugar a un verdadero fenómeno de japonismo en la Europa de aquel entonces, término que ha pervivido para referirse a la recepción e impronta del arte japonés en el europeo, contemplarlas hoy sigue cautivando y, por qué no, despertando un deseo de poseerlas, una inspiración artística y una emoción ante la belleza. Nada mejor que ver la exposición del Thyssen malagueño para comprobarlo.