Andalucía

Francisco K.

La reciente lectura de «Sidi», novela con la que Arturo Pérez Reverte ha vuelto a poner de moda la figura de Ruy Díaz de Vivar, influía en el ánimo de los comensales de la céntrica taberna donde, espalda con espalda y ante idéntica ración de chicharrones, Francisco Serrano rumiaba su irrelevancia. «Al destierro con doce de los suyos...», habría escrito el Machado derechista al contemplar la digna figura del juez mil veces vapuleado y nunca vencido, ahora también apartado de la portavocía de un partido al que acaudilló de la nada hasta la docena de diputados decisivos para el fin de régimen en Andalucía. Con siete llaves quieren cerrarle la mazmorra estos regeneracionistas de la nada que, tras apartarlo a causa de la misma locuacidad que los condujo al parlamento, ayer renunciaron a presentar la (muchas veces) anunciada enmienda a los presupuestos de los juanes, Bravo y Marín. Cuánta verdad en el cínico recordatorio de que «quienes desembarquen en Normandía jamás desfilarán por París». Yace, en efecto, el Vox primigenio en las playas donde la izquierda totalitaria extendió su cordón sanitario con aquella alerta antifascista, artillería municionada con demagogia de grueso calibre: Omaha de las leyes de igualdad, Utah de las políticas migratorias, Juno de la apropiación partidista de los medios públicos... Hasta que quedaron limados los colmillos del dóberman y su líder, sustituido por mayordomos de la respetabilidad y la corrección política, reducido a caricaturesco ultra al que unos pocos fieles le jalean las ocurrencias acodado a una barra. Hasta un escandalillo de polichinela le han buscado, porque dicen que no ha devuelto un préstamo que vence dentro de siete años, para tenerlo ocupado en la defensa de un, de otro, proceso kafkiano. Qué ingrata es la política. También la nueva.

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