«García Lorca no fue justo con la Guardia Civil»

Lorenzo Silva
Lorenzo Silva

Casi nadie había oído hablar antes de ese país donde las mujeres iban tapadas por un burka y mandaban las leyes tribales de los pastunes hasta que un día Estados Unidos señaló a los talibanes como su principal enemigo e inició una guerra apoyada por la ONU. España entró de pleno en el conflicto del que salió con 100 militares muertos, 89 heridos y con la sensación de no saber muy bien qué hacían allí su tropas. Lorenzo Silva (Madrid, 1966) lleva a sus agentes Bevilacqua y Chamorro hasta la base de Herat para descubrir un misterioso incidente en su última novela, «Donde los escorpiones».

–¿Los españoles qué hacíamos en Afganistán?

– Es una buena pregunta, pero creo que era muy difícil no estar o no haber ido. Otra cosas es pensar sobre lo que se hizo allí una vez que se fue. Creo que el 11M puso sobre la mesa una amenaza que había atacado directamente a Estados Unidos y que tenía un potencial que se extendía a todo el mundo. De hecho, lo vimos muy poco después en Madrid, pero una vez que se interviene y se acaba con el régimen talibán la duda que me atrae es qué hacíamos todos en ese lugar, qué plan había para Afganistán.

–Y en Siria, ¿por qué no estamos?

–Porque aquí la ONU no tiene la capacidad que tuvo en Afganistán, ya que aquí entran en juego los intereses de Rusia, que tiene en Siria su puerto principal en el Mediterráneo y las Naciones Unidas funcionan con el veto de Estados Unidos y de Rusia. En Afganistán no hubo veto de nadie, pero aquí sí.

–¿Pero España estuvo en guerra?

–Sí, claro, lo que pasa es que las guerras ahora no se declaran, eso es algo del siglo XIX, ahora directamente se desplaza a la gente armada a los países. ¿Tú cómo llamarías a que unos señores vayan a un fuerte perdido en mitad de las montañas y que la primera noche les ataquen y tengan que disparar?

–EE UU insiste en que nunca hizo la guerra en Vietnam. Oficialmente sólo había asesores...

–Ya, pero eso es una guerra. En Afganistán nunca se ha acabado la guerra, siempre están así. Llevan más de cuarenta años de guerra civil y por ella van apareciendo actores distintos, los soviéticos, luego los americanos con todos los que les acompañamos, pero dista mucho de ser un país en paz. Sólo hay que pensar lo que sucedió en una de las zonas teóricamente más seguras del país, Kabul, donde la embajada española estuvo asediada diez horas.

–¿Qué impresión tuvo cuando viajó hasta allí?

–Es una impresión intensa, de dureza en el clima, la gente, el paisaje, en la situación de la mujer respecto del hombre, dureza frente a los recursos de los que dispone. La verdad es que tiene un cierto magnetismo, no me extraña que la gente que haya pasado por allí quede marcada porque las sensaciones son intensas. Por otro lado, piensas que aquello tiene muy poco remedio, hablamos de un país cuyas estructuras sociales y políticas no tienen mucho futuro. Allí hay una economía de subsistencia que se complementa con la venta de droga.

–¿Y los personajes de su novela qué pintan allí?

–Para poder enviarlos, lo que hago es matar alguien, me invento una historia de ficción en la que hay un crimen que nunca ha llegado a suceder en la realidad, al menos en una base española que yo sepa, pero que está entretejido con elementos que son reales. Me sirvo de mis personajes para lanzar una mirada un poco más compleja, para llevar al lector no sólo a una base española en Afganistán en 2014, sino también a lo que ha sido el conjunto de esa intervención.

–Esta pareja empezó su trabajo hace 20 años, ¿cómo han cambiado en este tiempo?

–Bueno, se han hecho mayores, que es algo que tenía muy claro desde el principio, porque hay series criminales en las que los personajes se quedan como congelados en el tiempo. Han ido ganando responsabilidad, experiencia y madurez; así como serenidad para enfrentarse a situaciones complejas. No me interesa ese discurso de la novela policíaca del bien contra el mal, porque no creo ni siquiera que ésa sea la función del policía, que es un servidor del Estado que intenta suministrar materiales para que la Administración de Justicia tome decisiones lo más fundadas posibles. Al final, la realidad es otra y muchas veces mis personajes me permiten contar mejor lo que realmente pasa.

–¿La Guardia Civil es un buen Cuerpo para la novela negra?

–Cuando yo lo elegí, me parecía que era el mejor literariamente. Son militares, lo que les da una idiosincrasia distinta, y tienen mucha antigüedad. El Cuerpo se funda hace 172 años con valores decimonónicos, pero que son más antiguos todavía. Cuando leo los textos fundacionales de la Guardia Civil parece algo del Siglo de Oro, porque es casi quijotesco: «El guardia civil será un pronóstico feliz para el afligido», casi parece algo medieval.

–¿Y la mala prensa en la literatura, la ha perdido?, porque el romance de García Lorca todavía sigue ahí.

–Bueno, García Lorca es el poeta español más importante del siglo XX y el de mayor proyección internacional y claro ése es un arquetipo muy pesado. Creo que el lector español está más preparado que hace 20 años para entender que la realidad a la que se refiere García Lorca es muy diferente de la de principios del siglo XX. Pero voy más allá, no creo que García Lorca fuera justo con la Guardia Civil en los años veinte y treinta. Tengo mis objeciones.

–Entonces eso de que «por donde animan, ordenan»... ¿No era verdad?

–Todo es un poco más complejo, yo tengo un libro sobre la historia de la Guardia Civil y tengo conocimiento de las inquietudes internas de los guardias civiles en ese periodo de tiempo. Hay una realidad que refleja García Lorca y otra simultánea que está documentada. Mientras escribe ese poema en el que salen como unos desalmados, había oficiales que pedían que se dejaran de disolver las manifestaciones con fusiles por las muertes que se causaban.

–También hay gente que piensa que la Guardia Civil es lo único que funciona en España.

–Bueno, funcionan otras cosas también, pero es de los elementos más funcionales del Estado español y, desde luego, el único que está desplegado en todo el territorio español.