Andalucía

Igualitarismo reaccionario

Varios medios digitales se hacían eco ayer de un estudio recientemente publicado por el Banco de España que establece una relación milimétricamente paralela entre la riqueza de las regiones y su tasa de alfabetización en tiempos de Narváez, el Espadón de Loja. Para que se comprenda: si Madrid (33.627 euros en 2017) supera hoy en casi un 50% la renta per cápita de Andalucía (21.392), resulta que el diferencial del índice de escolarización en 1860 era muy similar. Disculparán la referencia doméstica, pero uno lleva años escuchando en casa la historia del ancestro que, a finales del siglo XIX, llegó desde una de comarcas más atrasadas de Francia a la campiña sevillana con la ropa que llevaba puesta por todo patrimonio y murió, mediada la centuria pasada, siendo uno de los hombres más ricos de la provincia. Él resumía, por lo visto, con cierta modestia las razones de su éxito: «Yo era el único en el pueblo, entre los que necesitaban trabajar para vivir, que sabía leer y escribir gracias a la imposición de la escuela gratuita y obligatoria de Jules Ferry». El conocimiento, o sea, es el único botón que un pobre puede pulsar para que funcione el ascensor social y por eso la reforma (eternamente) pendiente de la educación andaluza es su conversión en un sistema de extrema exigencia y feroz competitividad cuando la tendencia, ay, es la titulitis universal, una igualación por lo bajo que sólo beneficia a los estudiantes cuyos progenitores pueden pagarle una formación digna de tal nombre. Nada hay más reaccionario que regalar los diplomas, puesto que la inflación los desvaloriza e impide descollar a quien, teniendo cerebro, carece de recursos económicos y lo pone en situación de desventaja con el zoquete acaudalado, que ya vendrá papá en su auxilio con la morterada para pagarle el máster.

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