Jane Auer: A un paso de la desesperación

Jane sólo publicó una novela. Tenía 26 años y las galeradas estaban llenas de faltas de ortografía y errores sintácticos. Anais Nin le escribió una carta con un balance demoledor de «Dos damas muy serias» y al coincidir con Auer en la Sexta Avenida de Nueva York, la abroncó durante una hora. Ella se lo tomó a la ligera. Las semblanzas al uso la catalogan como escritora, porque resulta obligado acotar, aunque sea así, a los vivos notables. Desde su infancia traía la traza de la desesperación; los avatares de su existencia la agudizaron hasta la muerte. Una neumonía juvenil la marcó con la secuela de una cojera y, con los años, se le fueron ensanchando miedos. Temía a los trenes, a los túneles, a los ascensores y llegó a pensar que cualquier paseo acabaría fatalmente, con un balcón sepultándola sobre una acera.

Contrajo matrimonio con Paul Bowles en Nuevo México en 1938, tan sólo unos pocos meses después de conocerse. Según su propia explicación, «si ella se casó conmigo fue porque huía de su madre más de lo que huía de los hombres. Yo nunca huí de las mujeres. Me bastaba con ignorarlas».

Este matrimonio novelesco, el de los Bowles, era un baúl donde se mezclaban,la individualidad sexual, los excesos, el barbecho de las separaciones y una trupe de devotos literarios yendo a Tánger en peregrinación (Gore Vidal, Truman Capote, Kerouac, Burroughts...). Los devotos, los aquí nombrados y cientos de anónimos, siguieron yendo a ver a Paul hasta el final de su vida. Con más de ochenta años, los recibía con el batín puesto y encamado, en un cuarto atestado del pequeño apartamento del edificio tangerino de Itesa. Allí, como en un caótico piso de estudiantes abandonados por sus padres, vivió sus últimos días Paul. Jane había donado a Cherifa, su amante, la gran casa que ambos compartían en el barrio Amrah, mirando al mar. Cherifa fue la más cruel de las decenas de «dominadoras» de la escritora. Se habían conocido cuando la marroquí, vestida a la traicional maenera rifeña y con una «chachía», ejercía como vendedora en un angosto y asfixiante puesto de grano. Enjuta, fea, conspiradora, Jane se agarró a ella como a la escoba de una bruja. Los amigos de los Bowles (también los españoles José Carletón y Emilio Sanz de Soto) aseguraron en su día que los problemas mentales de Auer se incrementaron sin remedio debido a que Cherifa le suministró paulatinamente en las comidas «tewkal», un veneno que cita expresamente Mohamed Chukri en su retrato «El recluso de Tánger». En 1957, Jane sufrió un episodio de apoplejía. Su debilitado estado físico y psíquico se agitó con el consumo de grandes cantidades de alcohol y otras sustancias y le produjo un bloqueo mental definitivo. Desde entonces avanzó la trama de algunas novelas y otros escritos, pero en su cartas íntimas reconocía que «incluso estando con alguien al que conozco desde hace años olvido repentinamente sus nombre. Otras no encuentro la palabra que tengo que utilizar». El total de su producción literaria se salda con una novela, un libro de relatos y una obra de teatro. Lo único que importa es que todo lo escribió desde su gran personaje, bohemia y loca.