«La familia Berlín»: cuando Andalucía descubrió el «surrealismo mágico»

El periodista Fede Durán traza una historia delirante sobre dos generaciones de judíos en un Cádiz imaginario

El escritor y periodista posa en el Espacio Caótica de Sevilla, donde presentó su última novela / Foto: Manuel Olmedo
El escritor y periodista posa en el Espacio Caótica de Sevilla, donde presentó su última novela / Foto: Manuel Olmedo

El periodista Fede Durán traza una historia delirante sobre dos generaciones de judíos en un Cádiz imaginario

Una comitiva adolescente –que integra a un futuro ministro de Cultura– acude en misión diplomática secreta a un pueblo vecino para acabar con una enemistad de años. En su accidentada excursión se ven obligados a resguardarse en casa de un vecino, huyendo de la embestida de un jabalí con las horas contadas. En ella, un hijo pusilánime está intentando acabar con la vida de su madre alcohólica. «Venimos a ver al alcalde, señor parricida», le explican sin aspavientos.

El «surrealismo mágico» –en palabras de su autor– que vierte a lo largo de sus casi trescientas páginas «La familia Berlín» se destila puro en esa frase, pronunciada minutos antes de que el buscado alcalde muera fulminado al beber el aguardiente de Rute que debía ejercer de bálsamo, obligando al «cuerpo diplomático» a emprender a paso rápido el camino de vuelta. Éste es sólo un episodio de la impecable y divertida novela de Fede Durán, periodista gaditano empeñado en que su profesión de escritor deje de existir a costa de invertir su tiempo libre.

Él imaginó para los Berlín una Andalucía desdibujada, pero reconocible, donde las expulsiones religiosas no se hubiesen producido. Con la irrupción del primogénito en agosto de 1977, arranca el trazado de esta familia judía afincada en un pueblo de casas blancas junto al Atlántico. Alrededor de la familia nuclear –padre, madre y dos hijos– transcurre esta novela coral donde determinados personajes se aferran a la singularidad de sus nombres para explicarse. La pandilla de amigos de la infancia –Sansón Berlín y su hermano pequeño, David, Joselito Caimán, Juanito Mohamed, Valentín Bidasoa y Casimiro Wolfe– aporta el toque inocente del despertar antes de que la vida adulta devore las aspiraciones de unos y cumpla –ay– las del resto.

De dos decenas de post-it, uno por capítulo, emergió una historia enraizada en el origen, salpicada por tramas políticas y periodísticas. «Mis personajes se quedan cortos porque todo lo que hacen nuestros queridos líderes lo supera», asegura el autor. Su brevísima incursión en ese ámbito, como responsable de comunicación de un partido al que «alquilaba mis servicios profesionales», terminó por alejarlo de esa faceta.

«Lo que vi me pareció tan terrorífico que me fui. No deberíamos depositar nuestras esperanzas en la política», dice descreído, pese a los muchos años –o quizá por ello– que pasó cubriendo esa información en prensa. «Siempre he dicho lo que he pensado en mi carrera y cuando no he podido, me he ido de los sitios. Mi firma como periodista es incorruptible», suelta con el mismo convencimiento del que ha impregnado a su protagonista.

La novela le ha permitido vaciarse. «Qué menos que sentirte en pelotas en mitad del campo al acabarla. Luego el editor hace que ese nudismo se maquille», explica. Con la libertad que concede la literatura frente al periodismo, desliza retratos reconocibles de políticos actuales, en especial una líder socialdemócrata de apellido Fontanero que no duda en irrumpir en medios de comunicación para acallar voces discordantes.

La historia de Luna Creciente es la primera de una saga de la que el segundo capítulo se escribió en los dos años y medio que dedicó a ambos borradores. San Rufián y Chillida completan el triángulo geográfico y la trilogía que el autor tiene en la cabeza. «Es mi trabajo más duro y más bonito, debes combinarlo con otros porque si no te mueres de hambre», reflexiona en voz alta. «Hay que revisar la cadena de suministro en el mundo literario porque quien menos se lleva es quien escribe. A todos los escritores les sale a pagar».

La sinopsis de su editorial, Reservoir Books, lo ha emparentado por su punto mágico con los Buendía de «Cien años de soledad» y con José Luis Cuerda por su surrealismo, pero Luna Creciente se asienta sin artificios comerciales en el acantilado de la literatura, justo al lado del niño que escribía cuentos para animar los días a sus compañeros de colegio.