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Menacho, «el orgullo de las chocolatinas»

  • Javier Rodriguez Menacho
    Javier Rodriguez Menacho
Sevilla.

Tiempo de lectura 4 min.

02 de junio de 2013. 08:57h

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Sevilla. 2/6/2013

«Acercarse o alejarse del infierno. A eso se reduce todo. He hecho los mejores regalos de cumpleaños. He financiado proyectos faraónicos. He abierto los ojos en la oscuridad». A la cita/inventario de su admirado Roberto Bolaño en «Ratas asesinas», Javier López Menacho (Jerez de la Frontera, 1983) puede añadir los oficios de «escritor» –«versión romántica» y, de un tiempo a esta parte, totalmente fidedigna– y otros como «chocolatina humana, encuestador ante máquinas de tabaco, vigilante de metro o –uno de sus mejores pagados– animador en los partidos de la Selección Española». Con «Yo, precario» (Los Libros del Lince) recorre el país con un retrato de la realidad laboral en primera persona. Entre la ironía y el realismo trágico. «Pensamiento crítico, pero constructivo para crear una sociedad mejor», sello de la casa en la editorial.

En el Renacimiento, el trabajo se llamaba «tripalium», que también es el nombre de un instrumento de tortura. En la actualidad, la mayor tortura posible y el más grande de los miedos de los españoles es el desempleo. Javier López Menacho pertenece a esa generación que ahora dicen «perdida» y que en los tiempos de la felicidad del ladrillo, cuando creíamos que íbamos a romper los pespuntes del cielo, se sobrecualificó –ahora se dice así– para un futuro que ya es presente.

Tras una entrevista matutina con Gemma Nierga y Toño Fraguas, el fenómeno «Yo, precario» estalló. «Ha sido una bomba, nadie lo esperaba», asegura, con la tercera edición en el horno y muchas peticiones de entrevistas por todo el espectro mediático. «Un sueño» del que no quiere «despertar». Menacho ahora sobrevive «como redactor de ofertas publicitarias». Lleva «desde los 15 años escribiendo novelitas y relatos» y ha hecho de casi todo para sobrevivir sin perder nunca la dignidad ni los sueños. Menacho tiene apellido y hechuras de escritor bueno, pero para pagarse ese maldito vicio que tiene la gente de comer, a ser posible tres veces diarias, ha tirado de los más insólitos trabajos. La quimera de que no sobre tanto mes a final de sueldo. ¿Estafado por su tiempo? «Nos vendieron que esto era Ítaca, que si estudiábamos tendríamos un futuro laboral, buenas condiciones y no es así». La España de los seis millones de parados, y subiendo. «Las vértebras de esta sociedad no permiten un trabajo digno. Unas condiciones mínimas. Estafado, no. Desilusionado, sí» por más que «ahora esté más estable» como autónomo «colaborando con distintos medios». «Hay que construir entre todos algo mejor», sentencia.

Con una pagana propensión al rito, Menacho mandó a la editorial «el manuscrito casi de manera neandertal y a la semana me contestaron. Dos semanas después se iba a publicar. Como Disney, todo a pedir de boca». En «Yo, precario» hay «esperanza», «motivación», «ternura», «otros dicen que es muy duro». «A todo el mundo le genera emociones», resume Menacho, que, a raíz se su relato, ha recibido multitud de vivencias de otras personas que deambulan en el alambre entre la dignidad y el desempleo.

La precariedad tiene sus «claves». «Hay que conocer las técnicas de búsqueda de trabajo. Seleccionar lo más adecuado para cada oferta de trabajo. Según el puesto, pongo o no que he sido reponedor. Hay que adaptarse al empresario», comenta. El «homus laboralis» emparenta con el camaleón. «¿Cómo explicar a uno de recursos humanos que el bagaje es completo? He aprendido mucho siendo chocolatina y estoy orgulloso. Ojalá eso le llegara a los gerentes de recursos humanos en una sociedad tan competitiva como la actual», resume.

El «crack del 29» ya es historia, por más que «la desesperación sea la misma». Esta crisis «la están sufriendo los más pobres». «Cada vez hay más diferencias entre pobres y ricos. A los que tienen poco, le quitan lo poco que tienen», denuncia. «Hoy se suicidan», como entonces. «La misma desesperación», aunque alerta de que un día «pueden ir a un banco y liarla. Es peligroso el sendero que se ha tomado».

El «acento andaluz», lejos de perjudicarle más allá de Despeñaperros, en Valencia o Barcelona, «muchas veces» le abrió las puertas de la precariedad laboral. «Los responsables de recursos humanos valoran la espontaneidad, pese a no tener más cualidades que uno de Albacete». Ser andaluz ni le ha «favorecido ni perjudicado en otros trabajos». Sí le ha ayudado «en los precarios».

Menacho, siempre con el sueño de ser escritor en sus venas, montó una empresa de Turismo –su carrera– en Valencia. No le fue bien y después hizo un Máster en Creación Literaria. Ahora se prepara como community manager para ser «lo más competitivo posible». Su hermano gemelo es pedagogo y periodista, y se ha reciclado como diseñador gráfico. Hasta hace poco, con el doble de titulación venía teniendo los mismos problemas, o más, para encontrar empleo. «La sobrecualificación no es mala. Hay que generar empleo y sueldos dignos. Formar oficios. Y también es necesario más cintura por parte del trabajador», explica, señalando: «Hay que ir todos a una por unas mejores condiciones». Sigue viviendo en una habitación de estudiante, sin piso ni hipoteca que le aten: «Mi mayor activo laboral es que no tengo nada».

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