Mr. Caja registradora

Barak Obama, en Sevilla / Foto: Manuel Olmedo

Casi tres años después de su espantada, cuando hasta dejó compuesto y sin ser servido un semifrío con forma de hamburguesa que le habían preparado en la mítica heladería La Florentina, Barack Obama se hizo carne mortal en la capital de Andalucía para promocionar un congreso de viajes, WTTC por sus siglas en inglés. Previo cobro de una cantidad que se oculta cual secreto de Estado y de la que sólo trasciende que es de seis cifras, «of course», pues para eso se ha erigido en el santón laico más venerado por la progresía mundial, y no vamos a perder el tiempo ahora en abundar en la relación estrecha entre venalidad e idolatría, sino constatemos simplemente que un jugoso cheque a un señor particular ha hecho posible la visita que no pudo auspiciar el compromiso institucional del XLIV presidente de los Estados Unidos. Éste es el mundo en el que vivimos, o sea, el que concede el Nobel de la Paz al gobernante que ordena la ejecución extrajudicial de una persona residente en un país aliado y el que dimitió del liderazgo internacional que se le supone al inquilino de la Casa Blanca para convertir sus dos legislaturas en el infierno terrorista más mortífero de la Historia. Por no hablar la crisis económica. Trump es más feo, seguro, pero su administración ha pacificado (relativamente) el planeta y reactivado la economía. Pues nada, resulta que traérselo es muy «cool» porque jugaba al baloncesto, como Pedro Sánchez, y porque se deja retratar en mangas de camisa comiendo en restaurantes de comida rápida, como Juanma Moreno. Para chisgarabises sinsorgos teníamos de sobra con los autóctonos, digo yo, no había por qué importarlos y mucho menos a precio de eminencia. Hubo un tiempo en el que por Sevilla paseaban Orson Welles o Ava Gardner. Ésas sí que eran «celebrities» de primera división.