Progenitores responsables, no culpables: «La culpa inmoviliza»

La Razón
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La asociación Meridianos insta a pedir ayuda cuanto antes, sin esperar a que el conflicto se «instale» en casa.

Incapacidad para desarrollar empatía o compasión, dificultad para mostrar arrepentimiento sincero por sus malas acciones, aderezado con conductas desafiantes. Son algunas de las pistas que pueden indicar a los padres que la semilla de la agresividad está germinando; ocurre en la primera infancia, entre los seis y once años, y es el mejor momento para solicitar ayuda externa. Así lo recomienda Meridianos, una entidad que ha cumplido quince años de estrecha colaboración con la Junta de Andalucía en el tratamiento de menores maltratadores.

La terapeuta Nazaret Martínez corrobora la valoración de las fiscales de menores sevillanas: en los últimos años los casos de violencia familiar ascendente han aumentado de forma significativa. «Cada vez son más los padres que acuden a profesionales demandando ayuda para educar a sus hijos y para resolver los conflictos intrafamiliares», relata la experta de Meridianos. Y coincide también en que hay que desmentir los tópicos porque «estas situaciones no solo surgen en familias desestructuradas o de nivel socioeconómico bajo. Tampoco siempre que ocurre se ha descuidado la educación de los hijos».

El desencadenante se sustenta sobre una doble base: «Suelen tener problemas para sentir emociones morales y para desarrollar la conciencia y un ambiente que no es lo suficientemente apropiado para inducir el autocontrol». Aquí no influyen sólo los progenitores, el entorno cercano y la sociedad aumentan progresivamente su influencia. Por ello, considera fundamental cuando reclaman asesoramiento «tratar de no culpabilizar a los padres por todo lo que está sucediendo en su familia. Es importante que sientan responsabilidad, no culpa. La culpa inmoviliza y mengua las capacidades», sentencia. Y no hay fórmulas magistrales para solucionar un conflicto. «Cada familia busca la suya, basada en sus creencias y capacidades», apunta.

Loslímites, concretamente la falta de ellos, figuran siempre como trasfondo. «Se ha confundido el hecho de que se mantenga un diálogo y una comunicación, que es algo muy positivo dentro de la familia, con el hecho de que todas las normas sean negociables –insiste–. Los padres deben posicionarse como figuras de referencia, fijar una serie de normas y límites coherentes, mantenerlos en el tiempo y mostrar un ejemplo positivo de conducta».

Martínez lamenta que «cuando piden asesoramiento profesional, muchas veces se sienten avergonzados, tienen la sensación de haber fracasado». Ése es el principal motivo por el que se dilata la petición de ayuda: «Siempre es más fácil atajar las dificultades cuando no se encuentran profundamente instaladas en el sistema familiar. Muchas veces el problema lleva sucediendo años».