Quédate con quien te quiera

“A Chorus Line” transportará la capital de la Costa del Sol al Broadway de los años 70 haciendo realidad el sueño de Antonio Banderas

Lo voy a decir de entrada y sin rodeos: por propia voluntad, no recuerdo haber visto entera una película protagonizada por Antonio Banderas. No lo hice de jovenzuelo cuando era chico Almodóvar –personaje, por cierto, de la progresía y la otredad cuyas tramas evidencian que debe hacérselo mirar– ni cuando puso un pie en Hollywood y se ligó a esa musa que era Melanie Griffith. No me interesa su filmografía, no puedo con ese acento andaluz impostado que le salió cuando perpetró aquel bodrio que fue «La máscara del zorro», me ha chirriado siempre esa pose izquierdista de la-cultura-somos-nosotros que les dio a muchos cuando lo de la ceja... pero no tengo empacho en reconocerle un mérito: Antonio Banderas quiere a Málaga mucho más, muchísimo más, que la mayoría de pantuflos que hoy ocupan cargos de poder en el Consejo de Gobierno que se reúne cada martes en San Telmo.

Porque cuando muchos de su edad ya andan de retiro dorado en casoplones en Miami o navegando con su velero, va Antonio Banderas y se empeña –de modo literal y figurado– en abrir un teatro en el corazón mismo de su Málaga para mayor gloria de una ciudad que ha puesto la cultura –o el marketing cultural, que esto da para debate– a la proa de su presente y de su futuro.

Amiga, quédate con quien te quiera como Antonio Banderas quiere a su Málaga. Cómo venera él su Semana Santa, sus tronos y la Hermandad de Lágrimas y Favores, sus playas y sus espetos, su calle Larios, cómo ama la obra entera de Picasso, al que ha interpretado en «Genius», nos dicen, con poca fortuna si no fuera por los departamentos de maquillaje y peluquería. A su paisano, sabemos, que lo visita de cuando en cuando en el Museo Picasso Málaga, escondido bajo una gorra, cuando los guiris andan embobados frente a los retratos de Olga Khokhlova o, desde hace unos días, absortos frente al diálogo que establecen las obras del malagueño con las de norteamericano Alexander Calder.

No nos desviemos. Decía, amiga, quédate con quien se entregue a ti con el mismo afán con que ahora lo hace este malagueño en una aventura por la que tiene más que perder que ganar.

Pienso en todo esto mientras paseo por las inmediaciones del Teatro del Soho CaixaBank –que así se llama el invento por mor de sus patrocinadores y del influjo anglosajón– que se abrirá finalmente en la sede del antiguo Multicines Teatro Alameda, después de que no llegara a buen puerto llevar este proyecto a los antiguos cines Astoria de la Plaza de la Merced, fruto de unos de esos líos clásicos de permisos urbanísticos en los que se enfanga el Ayuntamiento de Paco de la Torre.

Finalmente, el sueño de Banderas se está haciendo realidad en la calle Córdoba, en el corazón mismo de una Málaga diferente a la que conoció de mozo Miguel Ramírez, septuagenario enjuto con una vitalidad y un buen color que ya quisiera la vejez que en poco llama a mi puerta. Viene de caminarse, a este sol delicioso de final de septiembre, unos pocos de kilómetros por el Palmeral de las Sorpresas, el paseo marítimo, luminoso y abierto que ha acercado el Puerto a la ciudad y donde atracan los cruceros por donde bajan miles de guiris ávidos de encontrar la esencia misma de la vida en el Sur, o ese modus vivendi que creen que disfrutamos a diario: arte, sol y playa. En nuestra conversación, Miguel recuerda un tiempo en blanco y negro. «Yo conocí el estanque de las barquitas que había aquí y el ambigú del cine de verano de Terraza Alameda, venía de chavalito, con la que fue mi mujer, ya estoy viudo... el andar me ha salvado de una depresión». Preguntamos si tiene interés en el teatro que abrirá sus puertas a mediados de noviembre. No lo parece. «Esto está inventado para el extranjero, no digo yo que no vaya a ir gente de Málaga, pero sobre todo es para la gente de la Costa y de fuera. Yo hace mucho que no piso un teatro, recuerdo una vez que vino Arturo Fernández y llevé a mi mujer», nos confiesa.

Hay trajín en la puerta, operarios que salen y entran, queda mucho trabajo por hacer todavía para llegar a punto al estreno de «A Chorus Line», en la que los espectadores que ocupen esas butacas se transportarán al Broadway de los años 70, a una audición en la que buscan nuevos talentos para un musical (metateatro se llama). Un musical, género inopinadamente de éxito y absolutamente ridículo, que pondrá a bailar y a cantar a Antonio Banderas casi rozando los 60. Si esto no es querer a Málaga, ay, que me lo digan.