Un paradójico camino de ida y vuelta

Este lunes hará 120 años de la firma del Tratado de París por el que se dio por finalizada la guerra entre España y Estados Unidos, lo que supuso «de facto» la independencia de Cuba y la entrega a la potencia norteamericana de Filipinas, Puerto Rico y la isla de Guam, situada en el Pacífico. La declaración formal de independencia tuvo lugar unos meses antes, el 12 de junio, pero España no renunció al gobierno del archipiélago hasta la firma de dicho Tratado. Filipinas creyó contar con el aliado norteamericano para conseguir su libertad, pero en realidad se inició una larga etapa de dominio estadounidense, al que también combatió, prolongado hasta 1946, cuando finalmente logró la independencia.

Durante ese periodo de casi medio siglo, Estados Unidos se dedicó a promover medidas para borrar toda huella del español tanto en las escuelas, como en los medios de comunicación, editados mayoritariamente en castellano. Por fortuna no lo logró y hoy en día perviven muchas palabras en el tagalo, la lengua mayoritaria del archipiélago, como los días de la semana, colores, números y algunas comidas (kaldereta, adobo, lechón, empanada o arroz caldo, por ejemplo), de uso cotidiano entre los filipinos. También la mayoría de las palabras relacionadas con el cine (pelikula, aktor, direktor y takillya) proceden del castellano porque fueron los españoles quienes lo introdujeron en el país.

Aunque ha pasado más de un siglo, aún quedan filipinos que añoran el vínculo con España y que tienen el castellano como lengua materna. Uno de los más destacados es Guillermo Gómez Rivera, periodista, poeta, dramaturgo y lingüista que a sus más de 80 años sigue activo en la defensa del español y en las continuas críticas a la que considera perniciosa etapa de dominio norteamericano. Apasionado hispanista, este intelectual promueve la cultura andaluza en Manila con su afición al flamenco y es uno de los más activos embajadores de la cultura española en todo el archipiélago. Es tan grande su reivindicación de la Hispanidad que la deuda moral que España tiene con él sólo sería satisfecha parcialmente incluso con el mayor de los reconocimientos.

La huella española en Filipinas sigue siendo muy patente en Intramuros, la zona colonial de Manila; basta adentrarse en su interior para hacerse una idea de cómo era esta capital cuando sus pobladores eran mayoritariamente españoles. Hoy en día, recorrer sus calles es como perderse en el tiempo y en el espacio en una zona aislada del caos de tráfico que supone la inabarcable metrópolis de Manila, donde conviven calles de marcado trazado occidental, como Makati, distrito financiero y sede de embajadas, con otras en las que todo el pavimento está levantado y donde se dan todos los elementos para asociarla con el Tercer Mundo. Para desesperación de investigadores y estudiosos en arquitectura, arte e historia, durante la II Guerra Mundial, Manila fue una ciudad fuertemente bombardeada y más aún Intramuros, donde se encontraba el Estado Mayor del ejército invasor japonés; no obstante, se conserva la Iglesia y el convento de San Agustín, de visita más que recomendable. En su interior hay un interesante museo y de sus muros de piedra cuelgan fotos de las numerosas iglesias levantadas durante los más de tres siglos de soberanía española y que aún se conservan por todo el archipiélago. Otro importante legado es la Universidad de Santo Tomás, fundada hace más de 400 años, lo que la convierte en la primera de toda Asia. Aún quedan dominicos españoles en puestos relevantes como el padre Ángel A. Aparicio, al frente de las bibliotecas de la Universidad, cuyos fondos albergan auténticos incunables.

Si el papel del Instituto Cervantes es fundamental en la promoción de nuestra cultura en el exterior, en Filipinas desempeña una labor aún más destacada. No es fortuito que desde mayo de este año cuente con dos sedes y que la más reciente se ubique en Intramuros, en la conocida como «Casa Azul», réplica de un edificio ancestral en la calle Real, a escasos cien metros de la Iglesia de San Agustín y que se sitúa en el mismo complejo donde se encuentra el Museo Casa Manila. La inauguración contó con la intervención de la expresidenta del país, Gloria Macapagal Arroyo, bajo cuyo mandato se recuperó la enseñanza del español en las escuelas y universidades.

Desde hace varios años ha aumentado notablemente la demanda del español; numerosas compañías norteamericanas contratan la atención telefónica en Filipinas y, dada la enorme presencia de nuestra lengua en Estados Unidos, las compañías pagan bastante más a sus trabajadores si además del inglés dominan el español. Así, en este peculiar camino de ida y vuelta, la lengua de Cervantes goza cada vez de más popularidad en Filipinas gracias, paradójicamente, a los que en su momento trataron de erradicarlo de la sociedad.

Resulta ineludible hablar de las variantes de nuestro idioma que más de un siglo después permanecen vivas en algunas zonas de Filipinas, como el «chabacano», hablado por más de un millón de personas en la isla de Mindanao, al sur del archipiélago, pero no sería justo dedicarle apenas unas líneas, así que será objeto de otro artículo.