Política

Dogville y el anticristianismo

Silvia Munt y Pau Miró firman una adaptación teatral de la célebre película de Lars von Trier

David Verdaguer y Bruna Cusí protagonizan la obra
David Verdaguer y Bruna Cusí protagonizan la obra

Silvia Munt y Pau Miró firman una adaptación teatral de la célebre película de Lars von Trier

En 2003, Lars von Trier estrenaba «Dogville», su tratado moral sobre el llamado «ojo por ojo». La película estaba protagonizada por una excelente Nicole Kidman, una mujer que acababa en un pequeño pueblo donde era humillada, linchada, violada sin que nadie del pueblo moviese un dedo en ayudarla. La escena final descubría que Kidman era la hija del más peligroso mafioso del mundo, que llegaba al pueblo abrumado por la narración de todo lo que esa gente le había hecho a su hija. «¿Qué quieres que haga con ellos?», le preguntaba. «¡Mátalos!», exclamaba ella y todos morían acribillados por los matones de su padre. En todos los pases de la película se aplaudía la determinación de acabar con aquella gente tan vil y cruel. Los aplausos eran generales. Y, sin embargo, el 85 por ciento de aquellos que habían vitoreado la venganza de Kidman, aseguraban que ellos no creían en la pena de muerte.

La película tesis por excelencia de Lars von Trier nació como teatro filmado y tenía todo el sentido del mundo que volviera a su espacio más propio. El Teatre Lliure acoge ahora «Dogville: un poble qualsevol», que el 9 de mayo se estrena bajo la dirección de Silvia Munt en una adaptación teatral que firma junto al dramaturgo Pau Miró. Sin cambiar prácticamente la historia, Munt sí que ha decidido actualizarla, ya que la original estaba situada en los años 30 y la Gran Depresión. Además, la acerca más a la cultura mediterránea, lejos de las hipocresías protestantes del original, y se intenta ensalzar el papel de la mujer. «Queríamos diferenciar la obra de teatro de la película y avisar al espectador de que no van a ver lo mismo que en el largometraje», señala Munt.

La obra está protagonizada por Bruna Cusí en el papel que inmortalizó Nicole Kidman, mientras que David Verdaguer da vida al líder del pueblo, ejemplo de la cobardía y parálisis de ciertas mentes bienpensantes y ejemplo prototípico del mal radical. «La diferencia es que mi personaje es más joven e ingenuo. Busca una nueva familia y tienen ganas de creer y confiar, por eso se implica en todo lo que le pasa, lo vive profundamente y no tiene la conciencia ética con la que Nicole Kidman se distanciaba del maltrato que sufría», afirma Cusí.

La directora ha concentrado la historia en la hipocresía de la gente del pueblo, eliminando cualquier paralelismo religioso y señalando con el dedo a todo el mundo y no sólo a sus elementos radicalizados. La idea detrás de la degradación moral de esta gente es que se sienten autorizadas a explotar a una emigrante porque la han acogido cuando podían haberla rechazado y por lo tanto consideran que están en deuda con ellos.

Por tanto, el mal propio, el mal que no se considera, el que aparece como un cáncer, es el auténtico protagonista de una historia que sigue poniendo los pelos de punta. «Es el mal que Arendt señalaba que es fruto de la banalidad», señala Munt.