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Gioconda,¿la ópera más cara del Liceu?

Pier Luigi Pizzi dirige escénicamente esta producción del coliseo lírico barcelonés y el Teatro Real que mueve a 250 personas en el escenario

  • Irene Theorin como la Gioconda en el momento de su suicidio
    Irene Theorin como la Gioconda en el momento de su suicidio /

    A. Bofill

Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

27 de marzo de 2019. 21:04h

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Carlos Sala.  Barcelona. 27/3/2019

Estamos en Venecia, a finales del siglo XVIII, cuando la ciudad ha caído en desgracia y parece condenada a convertirse en un mausoleo hundido en el mar de la que huyen hasta los peces carroñeros. La humedad ha convertido las calles en pestilentes olas de azufre y cal, y cuesta andar con la cabeza alta. La gente oculta su bajeza bajo fastuosos trajes de colores brillantes, como si la maldad y vileza pudiese desviarse a través de gasas, sedas y tul. La grotesca parafernalia de estas gentes es como una sonrisa macabra que se burle de la vida.

En esta ciudad o estómago de ballena malvive la Gioconda, cantante de corazón intrépido capaz de recompensar el amor incluso con su vida, aunque sea el amor de otros. Porque en la ciudad de la peste y la máscara, el amor es el único sentimiento real. Lo demás es atrezzo, moho y desfachatez. Gioconda ayudará a encontrarse a los amantes Enzo y Laura, aunque sea a su costa. Ella, con el cuchillo de la verdad, se quitará la vida antes de que el cruel Barnaba pueda cobrar su recompensa, el cuerpo de la cantante. Él le susurrará al oído que ha estangulado a su madre antes de ir a verla, pero ella ya ha muerto, y no hay demonios que persigan el silencio.

Antecedente del verismo, y con claros remitentes verdianos, «La Gioconda» de Amilcare Ponchielli es una de esas óperas más grandes que la vida misma, que con seis solistas, un gran coro y la impresionante presencia del ballet se ha establecido como un espectáculo de espectáculos. Con libreto de Arrigo Noito, basado en un relato de Víctor Hugo, la ópera explora los grandes temas de la literatura universal como el amor, el deseo, la traición, la venganza el sacrificio y la fealdad, y todo en una ciudad, venecia, que responde como ninguna a la vieja idea de la vida como escenario que se derrumba.

Tres lustros después

El Gran Teatre del Liceu recupera del 1 al 14 de abril el montaje de «La Gioconda» ideado por Pier Luigi Pizzi que ya deslumbró a propios y extraños en 2005. La grandilocuencia del espectáculo lo han convertido en «una de las óperas más caras en la historia del Liceu, sino la que más», como señalaba ayer el director técnico de la sala, Xavi Sagrera. La complejidad de la puesta en escena hace que se necesiten 80 técnicos en escena para que los cambios no se eternicen. «En los primeros ensayos, un cambio que nos pedían en 30 minutos tardamos dos horas y cuarto. Hemos mejorado la marca desde entonces», recordaba Sagrera. A esto hay que añadirle cantantes, músicos, coro y el ballet, lo que hace que en cada representación se suban 250 personas al escenario.

La producción que lidera Pizzi cuenta con la dirección musical de Guillermo García Calvo y tiene a Irene Theorin y Anna Pirozzie como dos impresionantes Giocondas. Junto a las sopranos están el tenor Stefano La Colla (Enzo Grimaldo), las mezzosopranos Dolora Zajick y Ketevan Kemoklidze, como Laura Adorno, y los bajos Ildebrando D’Arcangelo y Carlo Colombara, como Alvise. «El sentido de la muerte está impregnada en toda la obra. La puesta en escena es oscura, llena de niebla. La obra está inspirada en un movimiento literario basado en lo macabro, en lo sangriento, y es lo que hemos querido potenciar», aseguraba ayer Pizzi.

El director de escena, todo un referente en el mundo de la ópera, con sus 88 años, huyó de intentar recrear una Venecia realista y buscó golpes de efecto simbólicos para alterar la tranquilidad del espectador. Entre los cambios propuestos adelantó la acción del siglo XVII a finales del XVIII y buscó que el misterio cerrase los grandes espacios abiertos del escenario. «No quería que el espectador viera un cuadro de Canaletto, sino que buscaba que se sumergiese dentro de uno de Turner. Por eso, cuando el sol se cuela entre tanta niebla, el efecto es todavía mayor», dijo.

Pizzi también tuvo tiempo de repasar ayer su largo historial dentro del mundo de la ópera, como su amistad con Maria Callas o la primera vez que se encontró con Montserrat Caballé. «Siempre llegaba tarde a los ensayos por diferentes motivaciones, el padre de Montserrat murió tres o cuatro veces, siempre había una excusa para no llegar. Era un genio, una inteligencia extraordinaria», dijo.

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