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Gente que odia a sus amigos

Las amistades tóxicas han conformado las mejores páginas sobre la amistad de la historia de la ficción

  • Los adolescentes problemáticos de «Rebeldes», de Susan Hinton o los amigos de Winnie the Pooh conforman prototipos de la figura de pandilla de amigos donde queda claro que eso de que los amigos se eligen es una tontería
    Los adolescentes problemáticos de «Rebeldes», de Susan Hinton o los amigos de Winnie the Pooh conforman prototipos de la figura de pandilla de amigos donde queda claro que eso de que los amigos se eligen es una tontería
Barcelona.

Tiempo de lectura 4 min.

01 de abril de 2019. 18:29h

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Carlos Sala.  Barcelona. 31/3/2019

Según el dicho, quien tiene un amigo tiene un tesoro. Sin embargo, el dicho también nos advierte que el dinero, o en este caso los tesoros, no dan la felicidad. Por tanto, el dicho en realidad nos asegura que la amistad no sirve un pimiento para el bienestar. Los dicho y refranes tienen una lógica aplastante, tanta, como un amigo gordo que te pisa el pie... y vaya si duele. ¡Cómo no vas a odiarle luego! En este caso el refrán sólo es una advertencia que asegura que quien se apoya en sus amigos para construir su bienestar, lo que está construyendo en realidad es una triste pobreza con tesoros que no tienen ningún valor. La imagen es terrible, un hombre rodeado de oro y brillantes y millones de dólares, pero todos falsos. ¿La amistad será la verdadera metáfora detrás del traje del emperador?

En la historia de la literatura, una especie de tablón de anuncios que dibuja con claridad la evolución sociológica del ser humano, por cada relato reconfortante de una amistad sólida existen al menos quince de amigos tóxicos que te llevan por el camino de la amargura. Este porcentaje es incluso peor que el ratio de historias de amor puro contra el negativo. Y, sin embargo, la sabiduría popular siempre prepondera la amistad por encima del amor cuando, según la literatura, el amor genera riqueza y la amistad, aturdimiento. Collette escribía: «Amigos aturdidos, sueños felices».

Y quien no crea en la literatura, que pregunte, que encueste, que interrogue a sus amigos. ¿Cuántas veces se habrán sentido engañados o traicionados por un amigo y cuántas por un amor? A nivel cuantitativo, el resultado, según las estadísticas, es aplastante, siempre ganan los amigos, aunque sólo sea porque son más. A nivel cualitativo, claro, no, pues una traición de un amor duele mucho más. ¿Por qué? Parece ser que porque uno se acostumbra a que los amigos te decepcionen, lo das por descontado. Las estadísticas son sabias, tienen muy pocos amigos.

La editorial Elba, por ejemplo, acaba de recuperar «Tratado sobre la amistad», de Madame de Lambert, una mujer muy señora, decorosa e ilustrada que nació en París a mediados del siglo XVII y que consiguió la glorificación definitiva del ideal de la amistad. «Los favores deben ser consecuencia de la amistad y no la amistad consecuencia de los favores», aseguraba con toda la razón. Ayudó a tantos sin esperar nada a cambio que la máxima aspiración de los salones parisinos del XVIII era ser amigo suyo. ¿Cómo no iba a serlo si sólo había que estar allí para esperar sus favores? Nunca una amistad resultó tan sencilla. No es extraño que ella misma asegurase que: «Todos los siglos sumados apenas nos ofrecen tres o cuatro ejemplos de una amistad perfecta». ¿Los demás son monstruos? La amistad, queda claro, idealizada, es el monstruo.

Uno de los éxitos literarios más clamorosos de los últimos años ha sido la serie de cuatro novelas bautizadas como «Dos amigas» de Elena Ferrante, firma anónima que mantuvo el corazón en un puño de millones de lectores a través de estas dos mujeres que ejemplifican a la perfección la imposibilidad de idealizar la amistad, pues sólo sirve como confirmación de la identidad propia. La misma Madame de Lambert ya pedía que la amistad estuviese basada en gustos comunes o circunstancias parejas reflejando la amistad como puro efecto espejo. Yo me miro, yo estoy allí, yo me siento bien. «La amiga estupenda», tituló Ferrante una de sus novelas.

El efecto espejo de la amistad nunca ha sido tan perverso como en «El talento de Mr. Ripley», de Patricia Highsmith. Aquí llega hasta el asesinato y la suplantación de la personalidad. Tom Ripley se convertirá así en su amigo Dickie Greenleaf, dejando evidente la cualidad retórica del concepto de amistad, un ruido de fondo, una voz en grito para notar el propio ser.

La historia de Ripley conforma un arquetipo de la literatura universal, la de la amistad del hombre/mujer bien con otro de una clase social inferior y cómo esto generará celos, intrigas, engaños, tribulaciones y un final de espanto. Desde las frivolidades sardónicas de «La feria de las vanidades», de William Makepeace Thackerey a la profundidad psicológica ad absurdum de «Las alas de la paloma», de Henry James.

Luego está la proliferación de historias en torno a la pandilla, que basan la amistad en un concepto de proximidad, negando ese tópico de que «los amigos se eligen». No se eligen, se soportan o no. Gente muy diferente que la casualidad une y que crea los afectos más fuertes por ello, pero también los ascos más rotundos. Desde los soldados de «Los desnudos y los muertos», de Norman Mailer, a los adolescentes problemáticos de «Rebeldes», de Susan Hinton, pasando por los alegres vagabundos de «Tortilla flat», de John Steinbeck.

Y después están los relatos infantiles, todos basados en la comunión. Los niños, desbordados por la inutilidad y sinsentido del mundo adulto, buscan su fuerza en la unión con sus semejantes, del pobre Chritopher Robin que se inventa sus amigos con su muñeco Winnie the Pooh al bueno de Huck Finn y su inseparable Tom Sawyer, lo que demuestra que las amistades más puras son las que certifican un «nosotros contra el mundo».

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